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domingo, 28 de febrero de 2010

Los sueños III (b) – El significado de los sueños: Freud y el psicoanálisis

Freud
Hay algo que une a Freud con Darwin, Stephen Jay Gould, Hans Zinsser o Goethe, por citar unos pocos, y es que además de grandes científicos todos ellos fueron grandes escritores. El caso de Goethe es extremo y, de vivir hoy, lamentaría que su fama como literato haya eclipsado su importancia para el mundo de la ciencia, pues él mismo consideraba que su estudio sobre la percepción del color era muy superior a cualquiera de sus novelas, dramas o poemas; y sus precursoras aportaciones a la teoría de la evolución tampoco resultan desdeñables. Y el hecho de que la obra capital de Zinsser, «Ratas, Piojos e Historia», siendo este año el 75 aniversario de su publicación, aún no se hayan traducido a nuestro idioma pende como un vergonzoso baldón sobre el criterio editorial de nuestras colecciones de divulgación científica.

Volviendo a Freud, leerlo, por muy discutibles que nos puedan parecer sus teorías, supone un gran placer y pone de manifiesto lo bien que la ciencia admite (y agradece) la calidad literaria en su exposición. Esa extraordinaria prosa, persuasiva, ilustrada, agradable… caló profundamente entre sus colegas médicos y el gran público en general, siendo uno de los pilares en que se sustentó el éxito del psicoanálisis.
Los otros fueron la capacidad de Freud para sintetizar toda una serie de teorías anteriores, sus propias e ingeniosas aportaciones y el que todo ello coincidiese en el momento —ese principio de siglo XX tan plagado de contrastes y cambios— y el lugar —Centroeuropa, el corazón de la psicología y la psiquiatría mundial— adecuados. Sería demasiado extenso hablar de cómo fueron surgiendo y modificándose todas las teorías y planteamientos de Freud, conque me centraré exclusivamente en lo que concierne a la interpretación de los sueños.

Con el avance de la medicina y sus métodos de diagnóstico y tratamiento, el uso de los sueños para adivinar los males del paciente fue cayendo en desuso a lo largo del XIX. ¿Por qué Freud retomó ese prodecer galénico para descubrir la enfermedad e intentar curarla? Las fuerzas que movieron a Freud a ello fueron varias, su talento y su ingenio, sin duda, entre ellas, pero también hubo una, muy poderosa, pero que, usando su propia terminología, «reprimió inconscientemente» a la hora de exponer sus hallazgos: era un hipnotizador muy, muy malo. Malísimo.

Desde principios del siglo XIX la hipnosis, junto a algunas drogas que se iban descubriendo, se había convertido en una de las principales herramientas de la psiquiatría a la hora de abordar el tratamiento de las neurosis. Por hacer una distinción muy genérica, digamos que en la psicosis el paciente pierde la conciencia de que está enfermo y se pierde en su mundo de delirios—el clásico «loco»—, y que en la neurosis es consciente de que le pasa algo anormal: una fobia, una compulsión, una parálisis sin causa física… Y como Freud era tan malo hipnotizando, tuvo que buscarse otras herramientas para lidiar con esas neurosis.

Una de ellas fue la asociación libre de ideas, otra el ya celebérrimo método del diván y de hablar, hablar y hablar —el psicoanálisis propiamente dicho—, y otra, la que aquí nos toca, la interpretación de los sueños.

La interpretación freudiana de los sueños
Para Freud el origen de las neurosis estaba en los deseos y pulsiones que nacían en los lugares más profundos de nuestra mente. Freud organizó la mente en varias estancias. En su «primera tópica» eran el consciente y el inconsciente. En su «segunda tópica», el Ello —la parte más primitiva, origen de los deseos de placer y de destrucción—, el Yo y el Superyo —la interiorización de las normas sociales—. Estas tópicas no se sustituían la una a la otra, sino que se complementaban; eran diferentes formas de organizar las operaciones y energías que se movían en el interior de nuestra mente; de hecho, todo el Ello, y buena parte del Superyo y del propio Yo, estarían en el inconsciente. Pues bien, en ese inconsciente y, sobre todo, en ese Ello, nacían los deseos y pulsiones que nuestra mente consciente reprimía, bien porque fuesen vergonzosas y prohibidas o bien porque fuesen imposibles de realizar. Y esa poderosa energía psíquica debería liberarse de alguna manera, encontrar algún punto de salida. Lo normal sería que se sublimase en tareas constructivas (como el arte) o se descargase de algún tipo de forma no dañina para la persona (pequeños vicios u otras actividades), pero también podría darse el caso de que se manifestase en forma de neurosis, que no vendría a ser otra cosa que una forma simbólica o sustitutiva que esas pulsiones usarían para descargarse. Por ejemplo, un hombre que en su infancia hubiera deseado matar a su padre, podría descargar esa pulsión reprimida en sus cuadros, en la caza, el ejército… o de forma neurótica en la fobia a algo que le recordase a su padre (como los perros, por algún tipo de asociación directa —su padre tenía perros— o indirecta —asocia el carácter guardián del perro al rol de su padre en la familia—). Según su teoría, muchos de esos poderosos conflictos latentes nacerían en nuestra más temprana infancia, que es cuando la mente se está formando.

Los sueños serían otro lugar en el que, a través de símbolos, esas pulsiones podrían ser canalizadas y satisfechas de una forma simbólica. Digamos que del inconsciente viene el deseo, y que el consciente lo disfraza para hacerlo tolerable, dando lugar a esas imágenes y situaciones oníricas.

El sueño que puso a Freud sobre la pista de esta teoría fue uno propio, el conocido como «la inyección de Irma». Había soñado con una antigua paciente, Irma, y en él sufría unos enormes dolores a causa de una inyección contaminada que le había administrado otro doctor. Al analizarlo Freud se dio cuenta de que, a través de ese sueño, había descargado sus sentimientos de culpa ante los padecimientos de Irma, que aún no había sido capaz de aliviar, al culpar de ellos a otro médico rival. Así, su sueño, había dado salida a esos sentimientos de culpa, aliviándolos mediante ese sutil disfraz.

Y así habría de ser tanto con los pequeños conflictos diarios de una persona sana como con los más graves de un neurótico. Por eso, al analizar los sueños y desentrañar su simbología, se podría dar con los conflictos latentes que habrían desencadenado la neurosis. La catarsis que supondría enfrentar esos traumas originales llevaría a la liberación de esas energías y la curación. Tan bonito y elegante… como falso o, por lo menos, discutible.

La práctica clínica ha demostrado sobradamente que el conocer el origen de un trauma y expresarlo de forma catártica apenas tiene propiedades curativas. Las personas que han sufrido abusos sexuales en la infancia, ni suelen reprimir esos acontecimientos en el olvido (más bien, al contrario, reaparecen en forma de vívidos y horribles recuerdos) ni el hecho de reconocerlos les ayuda a superarlos; las actuales terapias que les ayudan a recuperar una vida afectiva y sexual suelen ir por otra línea.
De hecho, el gran caso que sirvió a Freud de ejemplo y demostración de cómo funcionaba su uso terapéutico de los sueños, el conocido como «hombre de los lobos», probó ser un fraude. En esta historia clínica Freud trató a Sergei Pankejeff (en la imagen anterior, con su hermana), un joven aquejado de depresión y serios problemas de estreñimiento. Tras varias sesiones Freud analizó una pesadilla recurrente en la que Pankejeff veía, desde su cama y a través de la ventana, un grupo de lobos blancos encaramados a las ramas de un gran nogal.
A través del análisis, Freud llegó a descubrir que esa imagen simbolizaba el traumático momento de la infancia en que su paciente había descubierto a sus padres haciendo el amor (en la posición «del perrito», de ahí los lobos); y esa revelación habría contribuido a curar a Pankejeff en un proceso que no había llegado a durar más de un año. Sin embargo, se acabó sabiendo que Pankejeff siguió acudiendo a terapia —con otros psicoanalistas— durante casi 70 años y que no sólo no se curó, sino que empeoró significativamente a lo largo de toda su desgraciada vida. Es más, Pankejeff siempre negó la posibilidad de que hubiese descubierto a sus padres haciendo el amor, pues él dormía vigilado por una niñera y sus padres en otro cuarto cerrado con llave.

Pero este duro revés, que tiraría por tierra cualquier otro hallazgo científico, apenas supuso nada contra lo que ya se estaba convirtiendo, más que en un disciplina científica, en una ideología. A través de los discípulos y seguidores de Freud (y otras corrientes paralelas), lo que originalmente nació como un método clínico para combatir las neurosis acabó por convertirse en una especie de religión de pago basada en la palabra de sus diferentes padres fundadores —«revelada» y sin casi apoyo experimental—, en la que se supone que todos arrastramos traumas y conflictos reprimidos y que debemos someternos a largos y caros procesos de psicoanálisis que, con suerte, pueden durar media vida. Hasta los propios psicoanalistas han de someterse a un psicoanálisis; como si un cirujano tuviese que extraerse el apéndice para poder operar, vamos. Woody Allen se rio de esto en «Annie Hall» al decir que llevaba 15 años con su psicoanalista y que, si en un par de años no se curaba, probaría suerte en Lourdes.
El psicoanálisis, en la actualidad —y en mi opinión—, se ha convertido en una especie de ocupación paralela de las clases medias y altas de ciertos sustratos culturales, como ir al campo de golf o al club de lectura; no se va porque realmente haya un problema (y si lo había, suele desaparecer en el marasmo de otras mil cosas) si no porque mola, y los pacientes acaban yendo en busca del sentido de la vida, del porqué de las cosas, de una palmadita en la espalda, de simple desahogo o de otras cosas que, más que ver con la psicoterapia, tienen que ver con la filosofía y la literatura, y, sinceramente, creo que encontrarían más y mejor consuelo (y mucho más barato) entre las breves páginas de William Maxwell o de Robert Walzer que en las carísimas horas y horas de psicoanálisis.

Dejando atrás esta pequeña diatriba, han de reconocérsele a Freud dos méritos muy importantes. El primero es que expulsó de forma contundente a la superstición del mundo de los sueños. Se dice, exagerando un poco, que si Copérnico desplazó a Dios de la mecánica celeste, Newton de las leyes físicas y Darwin de la biología, Freud lo desterró de nuestra mente… y nuestros sueños. Nada de posesiones, premoniciones o mensajes divinos; los sueños son el producto de nuestra actividad mental. El segundo es que dio la materia prima para el nacimiento del que seguramente sea el movimiento artístico más importante del siglo XX: el surrealismo.

El surrealismo
El surrealismo —del francés «surréalisme», súper realismo— parte de la imaginería de los sueños, de las extrañas e inesperadas asociaciones que surgen en ellos, tanto para crear una nueva forma de expresión como para la búsqueda de nuevos temas e historias.
Si el psicoanálisis pretendía acceder a los contenidos inconscientes y reprimidos del individuo a través del análisis de los sueños, el surrealismo utiliza ese tipo de imágenes oníricas para acceder, en palabras de Breton, «al funcionamiento real del pensamiento en ausencia del control de la razón y de toda preocupación estética o moral». No es extraño descubrir que el propio André Breton, fundador y líder de esta corriente artística, había estudiado medicina y psiquiatría y trabajado en un hospital mental donde tomó contacto con las teorías freudianas.

Más allá de esa definición de Breton, el surrealismo supuso una liberación de la imaginación y la creatividad que, en lugar de romper por romper con las viejas formas o del simple experimentar por experimentar —como sí hacían otras vanguardias—, buscaba acceder a nuevas y sólidas formas de expresión. El viejo sistema de simbolismos, así, se rompió para dejar paso al uso de la metáfora y la imagen, visual o verbal, para crear una sensación pura y evocar —o más bien provocar— diferentes reacciones y lecturas.

Por poner un ejemplo, el armiño, un símbolo clásico, significaba la pureza. A la famosa imagen buñueliana de la Luna atravesada por una nube para, a continuación, ver un ojo cortado por una navaja de forma similar, se le pueden buscar simbolismos directos, pero lo que a Buñuel le interesaba era la sensación que esa potente imagen causa en nosotros, el sentimiento puro y toda la nube de complejos significados y sentidos que puede arrastrar tras de sí, diferentes para cada uno de nosotros.

Freud y el cine
Si el manifiesto surrealista de Breton fue el pistoletazo de salida para esta corriente artística, «El perro andaluz», de Luis Buñuel, es la película que inaugura la influencia del surrealismo y de las teorías freudianas en el cine. Este extraordinario cortometraje, de hecho, nace de la suma de dos sueños: uno de Buñuel, el de la imagen ya comentada de la navaja en el ojo, y otro de Dalí, en el que le salían hormigas de las manos.
Podríamos categorizar las películas influidas por el psicoanálisis en dos grandes grupos: aquellas en las que la influencia es directa y tratan temas relacionados directamente con la interpretación psicoanalítica de los sueños, y aquellas en las que la influencia es indirecta y utilizan imágenes inspiradas en el mundo de los sueños y la estética surrealista para expresar las ansiedades y conflictos latentes de sus personajes.

Dentro del primer grupo la película más emblemática es, sin duda, «Recuerda» de Alfred Hitchcock, en la que la escenografía de uno de los principales sueños que aparecen en la película fue creada por Salvador Dalí. En esa escena un hombre usa unas tijeras gigantes para cortar la imagen de un ojo en una cortina, un homenaje a la célebre escena de la navaja en «El perro andaluz», como el propio Hitchcock confesó.
En esta película seguimos la historia de una bella psiquiatra, interpretada por Ingrid Bergman, que ha de utilizar toda su sagacidad como psicoanalista para desentrañar el significado de los sueños de un paciente aquejado de amnesia, Gregory Peck, tras los que no sólo se esconde el trauma que desencadenó la amnesia sino también la clave para resolver un complicado crimen.

Hay otras películas de esa época donde podemos ver la poderosa influencia del psicoanálisis, muy popular entonces, como «Nido de Víboras», «Las tres caras de Eva», «Elemental, doctor Freud» (donde Freud aparece, erróneamente, como un consumado hipnotizador) o, posteriormente, en buena parte de la filmografía de Woody Allen; pero en todas ellas la interpretación de los sueños está ausente o tiene un papel muy secundario. En «Los Soprano» también pudimos ver un capítulo en el que la psiquiatra, tras sufrir una traumática agresión, soñaba con un amenazador perro que representaba a su paciente, Tony Soprano, y la capacidad que ella tendría de usarlo contra su agresor.

Sin embargo, tal y como me ha recordado Daniel, la película que mejor muestra el mundo freudiano de los sueños quizá sea una en la que no aparecen psiquiatras y en la que el nombre de Freud tan sólo aparece escrito en una pizarra: la genial obra maestra de Fritz Lang «La mujer del cuadro». En ella se nos cuentra la trágica y truculenta historia de un hombre gris, casado y con hijos, que se enamora de una bellísima mujer fatal, lo que le acaba empujando a una espiral de infidelidad, crimen y muerte. Sin embargo, al final, se despierta y ve que todo ha sido un perverso sueño (vimos como se quedaba dormido poco después de anhelar algo de emoción en su vida) que ha construido alrededor de la mujer que ha visto retratada en un cuadro y toda una serie de objetos y personas de lo más normal que le rodeaban.

En su día se había comentado que ese giro final había sido metido con calzador (de hecho, la novela en la que se basa la película acaba con la muerte del protagonista) por forzar un final feliz y dar una moralina, algo que Fritz Lang negó rotundamente. Su intención, muy influida por la fama y popularidad del psicoanálisis en ese momento, había sido usar esa historia para hacer una película sobre la mente y sus deseos reprimidos de placer y muerte. Y, de hecho, es así. Hay un sutil pero claro contraste entre los momentos pre-oníricos y los del sueño, donde todo es más oscuro, denso, obsesivo... e incluso en algún momento se cambia el eje de la acción respecto al «mundo real» (el camarero del club donde se queda dormido pasa de aparecer por un lado a aparecer por el otro), como si nuestro protagonista hubiese cruzado ese espejo con el que tantas veces se ha simbolizado el sueño. Toda la historia soñada, de hecho, está llena de pequeños símbolos y referencias psicoanalíticas, eso sí, magníficamente camufladas para que el espectador, encerrado en ese sueño con el protagonista, no sea consciente de ello y viva igual que él esa historia.
El protagonista, a través de ese sueño vive con intensidad sus deseos reprimidos de placer (la mujer bella, la infidelidad, el sexo) y muerte (el crimen, la autodestrucción), y más que huir de la culpa se regodea en ella (acompaña a la policía en la investigación) para experimentar hasta el final las poderosas emociones de la persecución y el castigo. De hecho, al final, cuando despierta, el personaje está sutil pero claramente satisfecho de su experiencia. Ese final metido por Lang no es una moralina, más bien al contrario, es una oscura reflexión sobre nuestros ocultos deseos de placer y destrucción. Más freudiano, más onírico, imposible.

Además, si es cierto lo que rumorean algunos de sus biófragos, la obsesión de Fritz Lang por la culpa viene de un crimen en el que estuvo involucrado en Alemania y del que huyó, algo que le hizo arrastrar toda su vida un tremenso sentimiento de culpa y la sensación de que, de un momento a otro, iba a ser descubierto (huir del nazismo, dejando atrás a tantos amigos que iban a morir, también podría sembrar esa semilla de culpabilidad). Daniel, en su comentario, también decía que todas las películas son, de alguna manera, sueños. Y así es. Podemos ver esta película, de hecho, como un sueño contruido por el propio Lang para dar salida a esos sentimientos de culpa, de sentirse perseguido, a ese miedo a ser castigado. Ese despertar final es el del propio Lang, a salvo tras haber intentado expulsar sus demonios a través de la película.

En su siguiente película, la también genial «Perversidad», sigue una historia parecida y con el mismo reparto, pero ya no permite despertar al protagonista. Toda la película es el sueño, su sueño, en el que nos permite participar, para experimentar sus quizá universales sentimientos de culpa y expiación; los créditos finales y las luces de la sala, al encenderse, serán las que marque en despertar. Y cuando salgamos caminando del cine y volvamos a pasar ante la marquesina, igual que el personaje de Edward G. Robinson, veremos el cartel, como esa mujer del cuadro, que nos mira desde el otro lado, desde lo más profundo de ese sueño que nos ha regalado Fritz Lang.

O de tantos otros sueños que nos habrán regalado muchos otros directores. Quizá por eso sigo amando ir al cine, a la sala, porque esa sensación de abandonar el cine, tan bien recreada por Lang en «La mujer del cuadro», no se puede tener en casa. Es exclusiva del juego entre la oscuridad de la sala y la luz del día.

Langi siguió, en muchas de sus otras películas, volviendo, una y otra vez, a este tema de la culpabilidad. Igual que otros directores han dado salida en sus películas, sus sueños, a sus personales deseos, obsesiones y miedos.

Este mismo recurso, el que toda la historia haya podido ser un sueño, se ha usado en muchas más películas posteriormente, jugando a la ambigüedad de si todo o buena parte de lo que hemos visto es o no real... y que sea el público quien despierte. Algunas veces esta lectura de ofrece de forma clara, como en el caso de la entretenida «Desafío Total», y otras veces de una forma deliciosamente sutil, como el caso de esa obra maestra que es «Laura», donde también será un cuadro el que provoque la escisión de la película en dos mitades: la real y la que quizá sólo haya sido un sueño. Y qué sueño...


El análisis terapéutico de los sueños para desentrañar su simbología oculta fue retomado en los 80 y 90 de forma bastante curiosa por dos películas que utilizan el mismo recurso de ciencia ficción: el analista, gracias a la tecnología, es capaz de entrar dentro de los sueños del paciente. En la divertida «Dreamscape» ese mecanismo acaba cayendo en manos de unos asesinos que conspiran para matar al presidente de los Estados Unidos cuando éste acude a psicoterapia, y en la «La celda» se trata de indagar en los sueños de un asesino en serie para rescatar a una de sus víctimas.

Es mucho mayor el número de películas que usan de los sueños para expresar, directamente, los deseos y temores de los personajes o, sencillamente, para crear potentes imágenes surrealistas con las que impactar y conmover al espectador. La lista sería enorme, y podríamos comenzar con las ya citadas «Vampyr», «La bella y la bestia», «El proceso» y «Los sueños de Akira Kurosawa», o con otras como «El manuscrito hallado en Zaragoza», «El angel exterminador», «8 1/2» (en general, casi toda  la filmografía de Has, Buñuel y Fellini, está profundamente impregnada del mundo de los sueños), «Requiem por un sueño» o «Waking Life», donde toda la realidad de la película parece sacada de un sueño, o seguir con otras películas en las que se marca el contraste entre los momentos oníricos con los realistas, usando los primeros para entrar en lo más profundo de los sentimientos y pasiones de los protagonistas. Este segundo grupo estaría muy bien ilustrado por David Lynch, tanto en «Mullholland Drive», donde toda su larga primera parte es, o puede considerarse, un sueño, como por los tan celebrados sueños de «Twin Peaks», con ese enano bailarín, tan parodiado e imitado, o con la enigmática voz de Little Jimmy Scott —si hay una voz que se pueda llamar onírica es, sin duda, la de este singular cantante—.
En otras, como «Más allá de los sueños» o «Lovely Bones», ese onirismo es usado para retratar el más allá, que en ambas no deja de ser más que un reflejo del interior del personaje que ha muerto y que habita en ese limbo onírico. Una curiosa visión del Cielo, no como una pura obra de Dios sino como un producto mediado por nuestra mente, a medio camino entre la visión espiritual de los sueños y la clínica.
El caso es que en todas estas películas los sueños son el reflejo de una realidad profunda que se esconde en nuestro interior. Un concepto cuyo triunfo debemos principalmente a Freud, pero que ya había sido apuntado antes por muchos otros, entre ellos Shakespeare. De hecho, la película «Recuerda» comienza con un verso en el que el gran dramaturgo inglés ya definía perfectamente esta idea:

«La culpa no está en las estrellas, sino en nuestro interior»

Diadocos freudianos
El sistema de análisis de los sueños de Freud tenía un problema. No era nada lineal ni fácil de estructurar, pues cada persona tendría su propio universo simbólico y buena parte de la interpretación quedaría en manos de la sagacidad del analista y de su capacidad para desentrañar qué se escondía detrás de las imágenes oníricas de cada paciente. Al estudiar los casos, de producirse dudas, la palabra de Freud era la que habría de prevalecer. Eso le llevó, desde el principio, a serios conflictos de egos con algunos de sus más importantes seguidores. Estos acabaron por desligarse de él y fundar sus propias escuelas, que ampliaron el horizonte del psicoanálisis y de la interpretación de los sueños con sus nuevas ideas. Para ilustrar esta evolución, citaré a unos pocos de ellos.
Una de las primeras escisiones fue la de su gran amigo Carl Gustav Jung, con el que acabó realmente fatal. Para Jung los sueños no son una argucia del consciente para ocultar el verdadero significado de las pulsiones inconscientes, sino que son una realidad en sí misma, con su propio lenguaje y su propia lógica, y lo que hacen es expresar fantasías, recuerdos, planes, experiencias irracionales, opiniones y hechos a través de un idioma semejante al nuestro pero diferente. El psicoanalista sería, pues, una especie de traductor entre el consciente y el inconsciente.

Para Jung el alcance de lo que se representa en los sueños es mucho más amplio y complejo de lo que pretendía Freud. Proponía dos formas de aproximarse a su interpretación, la objetiva y la subjetiva, que nos darían dos traducciones complementarias (y no las únicas) de ese sueño. En la objetiva se debería tomar a cada personaje del sueño como lo que es: el soñador es él mismo, su hermana será su hermana, su novia su novia, su madre su madre, etc… y nos centraríamos en el contenido de las relaciones y acciones entre ellos. En la subjetiva el sueño habría de leerse como que cada uno de esos personajes representa un aspecto del soñador; así, una madre que le grita podría referirse a su ira contra la familia.

Además, a través de numerosísimos análisis Jung llegó al convencimiento de que existían «arquetipos»: personajes, animales u objetos simbólicos que están presentes en todos los sujetos y todas las culturas, y que acaban pasando de los sueños a los relatos y expresiones artísticas. Algunos ejemplos podría ser el «héroe» (que representa al Yo), la «sombra» (que representa nuestro lado oscuro e inconsciente), la «madre» (el principio dador de vida), etc. En cada cultura pueden adoptar una u otra forma, pero siempre estarán presentes y siempre cumplirán una función semejante.

Esos arquetipos, y otros elementos de nuestra psiquie, pertenecen y hacen referencia a un inconsciente colectivo, idéntico en todos los seres humanos y que, de alguna manera, compartimos todos y se mueve al unísono con la propia naturaleza. Así, Jung —y en esto Freud se ensañó contra él— pensaba que fenómenos como la telepatía, la precognición y los espíritus eran reales y tenían su explicación en las manifestaciones de ese inconsciente colectivo.

Fuera de lo pillado por los pelos y delirante que puede resultar eso de la conexión universal del inconsciente colectivo, el concepto de «arquetipo» para denominar a todos esos símbolos universales ha tenido un enorme éxito y ha calado muy profundamente en nuestra cultura, si bien no con el sentido exacto que le quería dar Jung. No sólo se usa en el psicoanálisis, sino que también es común en antropología, el arte, la narrativa y muchas otras disciplinas, y hasta ha calado en el lenguaje común a la hora de referimos a ese tipo de símbolos básicos universales.
Si Freud fue un genio de la escritura, Lacan fue endemoniadamente malo comunicando sus ideas. Sin embargo, fue esa capacidad del psicoanalista francés para embrollarlo todo y su gusto por el uso de expresiones y palabras rimbombantes y oscuras, lo que le ganó la admiración y el seguimiento de muchos psicoanalistas y pensadores, amantes de ese tipo de jerga tan hermética que, a veces, uno duda sobre si tiene algún sentido o tan sólo se trata de un complicado trabalenguas para pedantes.

Básicamente, Lacan proponía un retorno a Freud y sus ideas originales, expandiéndolas con nuevos conceptos tomados de disciplinas posteriores como la lingüística o la matemática. Lacan sostiene que la estructura de la mente es de carácter lingüístico y, por ello, los sueños serían una suerte de frases construidas con las figuras retóricas que todos conocemos: metáforas, metonimias, símiles, hipérboles… Estas frases serían una interpretación, una especie de voz, que la mente de cada individuo pone a los deseos y pulsiones del inconsciente.

Así, el psicoanalista, más que interpretar, debe ayudar al soñador a des-interpretar sus sueños ya que es el soñador quien posee las claves para descifrar esa larga y compleja frase que su mente ha producido. Además, hay que tener en cuenta que el sueño es tan sólo una de las frases o acontecimientos que se producirán en la terapia, y que todos han de ser tenidos en cuenta. E igual que para entender bien una frase hay que tomarla en su contexto, con los sueños y su uso terapéutico pasa lo mismo: hay que tener en cuenta el contenido del sueño, la opinión del que ha soñado sobre ese sueño, sus sensaciones, sus omisiones y olvidos, e incluso sus reacciones antes las propuestas del psicoanalista… y todo ello ha de ser puesto al servicio de la psicoterapia y del conocimiento de la estructura de esa mente. El sueño es una frase más y no nos interesa tanto su significado como lo que pueda aportarnos para entender todo el sentido de ese texto completo que es el ser humano.
Para Alfred Adler, aunque los sueños emanan del inconsciente, éste no es la especie de Tártaro freudiano donde están confinados nuestras pulsiones y deseos intolerables, sino la suma de los aspectos no comprendidos de uno mismo. Los sueños sería un lugar donde ese inconsciente intenta participar en nuestra vida y «dialoga» con el consciente, intentando mediar en los problemas y cuestiones importantes para la persona. Digamos que los sueños serían una especie de propuestas metafóricas que nuestro inconsciente nos hace. Lo importante no sería tanto el contenido o simbolismo concreto de cada elemento, sino la sensación, el sentimiento, que causa en nosotros. Así, a la hora de interpretar un sueño, Adler y sus seguidores atenderían más a las emociones e impresiones que nos han dejado, que a las cosas y acciones aparecidas en él.

Esta teoría de Adler, y las de otros psicólogos como Erik Erikson o Anna Freud —hija de Freud—, desplazando el peso que le daba Freud al Ello y las pulsiones reprimidas hacia el Yo, su estructura, su desarrollo, sus mecanismos de defensa y el papel que juegan en la conformación de nuestra personalidad. Muchos analistas posteriores siguieron esa línea, algunos con sus personales modificaciones y técnicas, centrándose más en el contenido manifiesto de los sueños y su relación con nuestra vida diaria —nuestros deseos y problemas actuales— que en sus posibles significados ocultos. Ya no se trata de descubrir lo qué el paciente esconde, sino por qué está escondiendo algo. El sueño ya no es el objetivo último de la interpretación, es un valioso punto de partida para explorar la personalidad, sus conflictos, problemas y ansiedades.

El problema de todas estas teorías, por muy interesantes o productivas que hayan sido algunas, es que se basan en especulaciones difícilmente demostrables. Y las pocas veces que han sido puestas a prueba de forma experimental, como la serie de experimentos realizados por Eysenck sobre las teorías de Freud, no han salido demasiado bien paradas. Sin embargo, hay que reconocer el peso de algunas de sus aportaciones a la hora de generar conceptos que han tenido una gran utilidad en la psicología y otras disciplinas, como la interiorización de las normas sociales propuesta por Freud, las fases del desarrollo de Erikson, las aportaciones de Anna Freud a la psicología infantil o el ya comentado arquetipo. Además, no podemos olvidarnos de que la contribución de Freud a la cultura y el arte es capital, siendo uno de los pensadores y escritores más importantes del siglo XX.

En la próxima entrada finalizaré el tema de la interpretación de los sueños con las aportaciones de la moderna psicología cognitiva, la Gestalt y la neurología. Y, cómo no, daré mi opinión. Una entrada final analizará un caso práctico: los sueños de Pedro Bartolomé, un hombre humilde cuyos sueños no sólo cambiaron su vida sino que llegaron a influir en el mismísimo curso de la historia. Analizaremos esos sueños a través del variado prisma de todas estas teorías que hemos venido comentando.

lunes, 8 de febrero de 2010

Los sueños III (a) – El significado de los sueños

En la primera narración escrita que se conserva, el «Poema de Gilgamesh», ya aparecen el mundo de los sueños, y no como un elemento pintoresco o accesorio, sino como una parte esencial de la trama, moviendo a los personajes y dándoles pistas —a veces engañosas— de los caminos a seguir.

Desde el principio el hombre ha percibido esas imágenes e historias tan extrañas que nos aguarda tras el velo del sueño, como el reflejo de algo que hay más allá de la realidad, algo que la trasciende y la envuelve. Por ello, también desde el principio, ha intentado buscarles sentido y lógica, ¿acaso no es lo que hace el ser humano con todo?, y saber cuál es su significado.

En este breve y condensado repaso (el tema, con justicia, debería ocupar un grueso volumen) iremos desde el pasado hacia el presente, desde las teorías basadas en la fe religiosa hasta las que fundan sus planteamiento en rigurosos estudios neurológicos.

Al final, dada la longitud de la esta tercera parte, la he dividido en dos. En esta primera repasásemos la historia de la interpretación de los sueños desde la antigüedad hasta principios del siglo XX, con la inclusión de las actuales teorías de corte sobrenatural. En la siguiente arrancaremos con las teorías de Freud para seguir con las de otros psicoanalistas, psicólogos y neurólogos.

Primeras teorías sobrenaturales
Si hay algo que tienen en común todas las culturas respecto al mundo de los sueños, sean éstas la mesopotámica, la griega, la romana, la china, la maya, la de los Ashanti, la maorí o cualquiera que se nos pueda ocurrir, es que en sus primeras fases los interpretan como una conexión con el más allá, un lugar donde los dioses y espíritus se comunican con el hombre a través de mensajes crípticos que precisan ser interpretados por alguien especializado: un sacerdote, chamán, sibila, adivinador, derviche…

En Grecia, Hesíodo los describió de forma bellísima al personificarlos en los Oniros y decir que eran los mil hijos del Sueño (Hipnos) y la Alucinación (Pasitea), descendientes de la Noche (Nix) y sobrinos del Destino (Keres) y la Muerte (Tánatos); Morfeo, señor de los sueños, sería el principal de los Oniros. Posteriormente se redujeron a tres: Morfeo, que se nos puede aparecer en sueños como cualquier persona o dios; Fantaso, que se metamorfosea en objetos; y Fobetor, que puede adoptar la forma de cualquier animal o monstruo, y es el responsable de las pesadillas.

¿Y qué nos cuentan los dioses en esos sueños? Casi siempre suelen ser avisos, profecías, consejos o exigencias de esas entidades. Los sueños, pues, son el lenguaje de los dioses. Es una visión sobrenatural, con el hombre sometido a fuerzas superiores que sólo conocen unos pocos iniciados, y exógena, pues son causados por seres externos a nuestra conciencia o experiencia personal.

Si la primera aparición de los sueños en la narración se sitúa en el «Poema de Gilgamesh», el primer libro que los trata de forma sistemática, intentando crear un código para interpretarlos, es el «Libro de los Sueños» egipcio, una serie de papiros que ofrecen claves para descifrar su significado y descubrir qué nos quieren decir los dioses a través de ellos. Estos papiros eran literalmente esotéricos —conocimiento cerrado—, o sea, que su lectura y conocimiento estaba limitado a unos pocos los sacerdotes encargados de esas tareas (un libro actual de esoterismo es, por definición, imposible, pues el hecho de que se publique y se ponga a disposición del público lo convierte, a él y su contenido, en exotérico —conocimiento abierto—).
La interpretación de los sueños, al igual que muchas otras artes adivinatorias, se aplicaba inicialmente a los soberanos, sumos sacerdotes y demás altos cargos, pues de ellos dependía el destino de la comunidad y, por lógica, deberían ser los interlocutores de los dioses y los receptores de sus mensajes. Los sueños de los demás no tenían importancia. Sin embargo, poco a poco, esa interpretación fue haciéndose aplicable a cualquier persona, pues el poder de leer los sueños y, a través de ellos, la voluntad de los dioses y espíritus, era una poderosa forma que tenía la religión para controlar a sus seguidores, además de ser una interesante fuente de ingresos cuando se cobraba por ello.

La influencia de las técnicas y la simbología egipcia se extendió por todo el Mediterráneo y hacia oriente, influyendo en todas las culturas posteriores de esta parte del mundo. En sus primitivos papiros ya se prevenía a los intérpretes que los sueños son esquivos y los dioses a veces envían sueños falsos para confundirnos. Esto se puede ver muy bien en la historia de la guerra de Troya. La reina Hécuba sueña que da a luz una antorcha poco antes de tener a su hijo Paris. Écubo, hermanastro del futuro príncipe, interpreta que eso vaticina que Paris causará la destrucción de la ciudad y, para salvarla, convence a la reina de que se deshaga de la criatura. Sin embargo Paris sobrevive y esa acción de intentar acabar con él será la que, a la larga, provocará la caída de Troya. Aquí se pueden ver dos temas muy presentes en la concepción griega de los sueños: lo ambiguos que pueden ser los mensajes de los dioses (y lo difícil que es interpretarlos) y la inevitabilidad del destino. Esta historia está ausente en las dos adaptaciones cinematográficas que se han hecho de la guerra de Troya, si bien en la serie de televisión sí que aparece, aunque el papel profético pasa de Écubo a su hermanastra Casandra.

Pese a ese primitivo intercambio de conocimientos, mucho más activo y frecuente de lo que a veces se consideraba, cada cultura tenía sus propios significados para cada cosa. Así, el clásico sueño de que se caen los dientes, en la Biblia es un aviso de que estamos poniendo nuestra confianza en lo material en lugar de en la palabra de Dios; en Grecia indicaba que un familiar próximo iba a enfermar o estaba próximo a morir; en China indicaba que esa persona escondía secretos y mentiras; y, posteriormente, y sin que esté bien claro su origen, se asoció a inminentes ganancias materiales… y de ahí viene la tradición de dar una moneda a los niños que pierden el primero de sus dientes de leche.

Son muchas las películas ambientadas en este mundo clásico en las que se recoge, en algún momento, el papel de este tipo de sueños premonitorios. Por poner un ejemplo, en la estupenda versión del «Julio César» de Shakespeare que nos legó Mankiewicz podemos ver cómo los dioses envían múltiples señales del inminente asesinato de César, entre ellas una serie de sueños a Calpurnia, su mujer, que intenta prevenirlo inútilmente. También hay una curiosa película de animación, «José, rey de los sueños», que sigue la vida de este hijo de Jacob, que pasa de ser un simple esclavo a convertirse en el hombre más poderoso del antiguo Egipto gracias a su capacidad para interpretar los sueños; una historia similar a la de Daniel en Asiria. En muchas películas sobre la vida de Jesucristo podemos ver como Dios comunica sus planes a otro José, el esposo de María, precisamente a través de un sueño.

En Roma, Artemidoro tomo el relevo literario de los egipcios y elaboró un manual de interpretación de sueños mucho más amplio y completo en el que, además, estudiaba como el sentido de esos sueños podía cambiar en función de la situación social del soñador, de su profesión y de su estado de salud en el momento. En él partía tanto de las anteriores tesis sobrenaturales como de otras que ya habían comenzado a surgir unos siglos antes en Grecia e intentaban aproximarse a los sueños de una forma racional.

Primeras teorías racionales
Todas las anteriores teorías, de base sobrenatural y exógena, se basaban en la revelación y tradición religiosa, lo que los antiguos griegos llamaban «mito». Y, entre ellos, un grupo de hombres comenzó a cuestionar ese mito y a buscar explicaciones a los fenómenos naturales en la observación y la razón —el «logos»— y, así, nació nuestra filosofía.

En el siglo V antes de Cristo, Heráclito, el mismo que postulaba que el principio rector del universo es el movimiento y el cambio, formuló una teoría que rompía por completo con toda la tradición anterior: los sueños son producto de nuestra propia mente y no tienen nada que ver con dioses ni fuerzas exteriores.

Platón, en varias de sus obras, habla de los sueños y de cómo pueden afectar a nuestra personalidad y a nuestras acciones, como el caso de Sócrates, que se dedicó al estudio de la música y las artes porque había soñado con ello.

Aristóteles les dedica una obra entera, «La adivinación a través de los sueños», en que critica los viejos métodos adivinatorios, demostrando como la tan traída ambigüedad de las profecías era una forma de cubrirse en salud contra los posibles fallos en las predicciones y que los, más bien escasos, aciertos se debían a la lógica o a la casualidad. Él postula que los sueños son una recolección distorsionada de los eventos diarios, como una imagen que se refleja en un estanque de aguas agitadas. Además, lanza la hipótesis de que algunos sueños pueden reflejar las preocupaciones ocultas y el estado de salud de la persona, idea que, con dos milenios y medio de anticipación, ya sienta la base del psicoanálisis y la psicología profunda.

Hipócrates recoge esa idea en sus libros de medicina y, posteriormente, Galeno de Pérgamo la aplica al estudio de varios casos prácticos que, vistos hoy en día, tienen cierta semejanza con los informes clínicos de muchos psicoanalistas y médicos actuales. Por ejemplo, relata el caso de un luchador que soñaba que se ahogaba en una bañera llena de sangre y cómo ese sueño le puso sobre la pista de una pleuritis que hubo de sangrar para salvar la vida de ese hombre. Retomando el caso del sueño en que se caen los dientes, y dada la higiene bucal antigua, probablemente Galeno nos vaticinaría un inminente problema de caries.

Edad Media y Renacimiento
A lo largo de la Edad Media y buena parte del Renacimiento, ambas visiones sobre el mundo de los sueños convivieron, si bien siempre fue más popular y tuvo más eco en las artes la de su origen sobrenatural.

La principal incorporación de la iglesia fue la figura del Diablo como otra de las fuerzas exógenas que podían intervenir en nuestros sueños, bien directamente y de forma sutil, inspirando ideas equivocadas (como creía Lutero, para quien todos los sueños eran obra de Satanás), o a través de los íncubos y súcubos que provocaban los sueños eróticos de los que ya hablamos. Esto llevó a algunos, como Juan Crisóstomo, a afirmar que no teníamos responsabilidad alguna sobre lo que soñábamos, pues esos contenidos, fuesen santos o perversos, eran por completo obra de Dios o el Diablo; de esta forma el buen hombre y los que opinaban como él quedaban por completo exonerados de toda responsabilidad por sus vívidos sueños sexuales. Mejor no pensar, como les habría dicho Aristóteles, que eso respondía a impulsos internos.

Santo Tomás, haciendo compendio de lo religioso y lo filosófico, dividía la interpretación de los sueños en lícita e ilícita. Era lícita con los sueños enviados por Dios para inspirarnos y guiar nuestro camino, como los de Daniel, José, los Magos de Oriente o San Agustín, y también lo era con una función médica, para que guiar el diagnóstico de una enfermedad. Pero consideraba ilícita la oniromancia: interpretar los sueños para adivinar el futuro y la fortuna pues eso, o caía dentro del fraude o dentro de los sueños inspirados por el Maligno para apartarnos del buen camino. Esta división tomista fue la aceptada por la iglesia católica hasta, prácticamente, hoy en día.

Hubo sueños especialmente relevantes en este periodo, como el que lanzó a San Agustín a los brazos de la Iglesia (donde se convertiría en uno de sus pensadores más influyentes) o el que reveló a Mahoma el contenido completo del Corán y le lanzó a su misión predicadora. No es de extrañar que, muchos siglos después, Martin Luther King usase la frase retórica de «he tenido un sueño», para lanzar su mensaje pues los sueños pueden llegar a ser una fuerza motora más poderosa que muchos otros acontecimientos más «reales». Sin duda, aún hoy, por muy racionales que seamos, nuestro legado cultural aún retiene algo de esa visión sobrenatural de los sueños, y el de Martin Luther King jugaba con ambas cosas: una revelación (exógena y sobrenatural) y un deseo (endógeno y racional).

Siglo XIX
La visión de la filosofía y la primitiva medicina no se perdió sino que perduró en paralelo a las creencias sobrenaturales, a veces conviviendo en la misma propuesta —como vimos en Santo Tomás— pues muchos pensadores consideraban que en los sueños tanto se podían manifestar nuestros deseos y enfermedades ocultas como los mensajes de los dioses y espíritus.

A finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX aparecieron numerosos libros en los que se recogían todas esas tendencias. El mundo de los sueños y su interpretación se hicieron muy populares y algunos médicos y filósofos se dedicaron a su estudio. Surgieron muchas teorías, que no dejaban de ser reformulaciones más sofisticadas de los anteriores planteamientos, y a ellas se les añadió el estudio de miles de casos. Incluso aparecieron diarios de sueños en los que se detallaban todos los sueños que alguien podía recordar.

Alfred Maury, a través del estudio de más de 3.000 casos, descubrió el fenómeno de la incorporación de eventos externos al contenido de nuestros sueños (como un ruido o el roce de las sábanas) y postuló una teoría según la que la función de los sueños sería proteger el dormir de esas interrupciones, dando cuerpo a esos estímulos que nos llegaban. Si bien esto explica algún que otro contenido, fue una teoría que se quedó bastante corta. Pero pronto, a caballo del cambio de siglo y siguiendo esa línea de la observación y el estudio de casos, iba a surgir en Viena una nueva teoría sobre el mundo de los sueños que sí influiría de forma poderosa en todas las artes y la filosofía del siglo XX.

La pervivencia de las teorías sobrenaturales
Antes de hablar (en la próxima entrada) del psicoanálisis y la ciencia recordemos que en nuestros tiempos las teorías sobrenaturales aún perviven de forma original entre muchas culturas y cultos de tipo chamánico y espiritualista, que incluso usan drogas naturales para inducir ese tipo de sueños reveladores. Existen algunos documentales en que se recogen estas creencias y experiencias, pero el cine casi siempre las ha retratado (con alguna contada excepción, como la miniserie «Shaka Zulu») a través de algún occidental que, tras ser iluminado por esa cultura primitiva, les acaba ayudando de forma crucial. Aunque es un avance desde las antiguas historias de Haggard, en que los héroes occidentales arrasaban esas antiguas y hostiles culturas, no deja de resultar un tanto paradójico que por un lado se las valore como superiores a la nuestra pero que luego necesiten del gran héroe blanco para sobrevivir o luchar.

Lo podemos ver desde «El motín del Bounty» o «La Selva Esmeralda» hasta la reciente «Avatar», donde el protagonista, paradójicamente, es el «caminante en sueños» y toda su experiencia en ese mundo la vive como un sueño en el que, al final, acaba quedándose. Aquí, al igual que en Titanic, donde el personaje de Jack bien podría ser una invención de Rose y no haber existido nunca, o en «Aliens», donde la película comienza y acaba con Ripley dormida, existe un nivel de ambigüedad sobre lo que podría ser o no ser real del que, sospecho, el propio Cameron no era consciente… aunque le funciona muy bien; quizá su visión del mundo sea, literalmente, la de un soñador que no está a gusto con su realidad física y que en sus sueños (de celuloide), como diría Aristóteles, expresa su personalidad.

La lista podría seguir, entre muchas otras, con «Bailando con Lobos», «La misión», «Adiós al Rey», «Blueberry» e incluso «Los Simpson», tanto en la película como en el capítulo en el que Homer, tras consumir unos chiles alucinógenos, tiene una delirante experiencia chamánico-onírica. Resulta curioso pensar que en las primeras versiones del guión de John Millius y Francis Ford Coppola para la historia que se convertiría en «Apocalypse Now», titulado «The Psychodelic Soldier», el chamanismo, las drogas y los sueños espirituales tenían un papel fundamental, si bien luego desaparecieron para que toda la película se convirtiese en un único y demencial «viaje».
En «La última ola», de Peter Weir, un abogado blanco es encargado de defender a un aborigen relacionado con lo que parece un asesinato ritual. A partir de ahí nuestro protagonista comenzará a tener toda una serie de ominosos sueños que no sólo le conectará con los ritos y la cultura chamánica de los aborígenes australianos, cuya tierra ellos, los blancos, han usurpado, sino que también tendrán un carácter premonitorio, alertando de toda una serie de extraños fenómenos que comienzan a ocurrir y que culminarán en esa última ola, una suerte de apocalipsis aborigen que arrasará Australia.

En todas estas historias tenemos a un occidental que madura dentro de esa cultura, a veces gracias a revelaciones que tiene en sueños, naturales o inducidos por algún tipo de droga. Y, aunque hay algunos que siguen creyendo que los sueños son obra de Dios o del Demonio, la visión sobrenatural de los sueños hoy va más en esa línea, cargando las tintas en su función para comunicarnos con un mundo más trascendente, configurado a base de espíritus, de los antepasados, del panteísmo, de Gaia, de nuestro cerebro reptiliano (sic) o de algún otro tipo de interconexión anímica con todo lo creado.

También resulta moderna la reincorporación a occidente de la creencia en la reencarnación, que busca su apoyo en algunos sueños que, ahora, se ven como ecos de vidas pasadas. Esto se pueden apreciar en películas como «Audrey Rose» de Robert Wise, o en «La reencarnación de Peter Proud» de Lee Thompson y de la que, se rumorea, David Fincher prepara una nueva versión.
Algunos sueños premonitorios y reveladores también se han liberado de su génesis divina o espiritual, y se asocian directamente a las facultades paranormales del soñador en cuestión. Tenemos ejemplo de ello en muchas películas y series, como en la reciente «Premonición», en la que Cate Blanchett, gracias a sus poderes y sus sueños resuelve un crimen y previene otro.

Dado el carácter sincrético que tienen todas estas nuevas tendencias espirituales y «New Age», podemos encontrarnos con todo tipo de conceptos que toman prestados de religiones orientales, occidentales y amerindias, supersticiones populares, jerga paranormal e incluso términos científicos. Así podemos encontrarnos espíritus, auras, energías orgónicas, chacras y glándulas pineales en explicaciones de lo más pintoresco sobre el origen y el sentido de los sueños… teorías que, al igual que las aparecidas hace miles de años, carecen de toda base científica y racional. La gran diferencia es que las antiguas nos hablan de culturas enteras y de cómo éstas veían el mundo, de cómo era el ser humano en sus principios, y las modernas nos recuerdan que no existe disparate lo suficientemente grande, delirante y carente de base como para que un montón de personas no acabe creyéndoselo sólo porque resulta reconfortante o les hace sentir un poco más especiales.

Continuará…