Habiendo nacido un martes de carnaval y estando estas fechas presentes, espero que me disculpéis por hacer un breve excurso antes de continuar con los sueños para hablar de un hecho que siempre me resultó sorprendente respecto a uno de los elementos claves de estas fiestas: la máscara; y, encima, tiene que ver con la psicología y el cine (o, al menos, las artes dramáticas).
Origen de la máscara
El teatro se origina en las celebraciones de los cultos al dios griego Dionisos. En ellas los sacerdotes llevaban máscaras rituales igual que éstas se llevan en muchos otros cultos y ceremonias religiosas.
Cuando esas representaciones de carácter religioso pasaron a hacerse profanas, algunos de sus elementos continuaron presentes, entre ellos la máscara.
En los teatros griegos los actores, para caracterizarse como sus personajes, además de en sus capacidades interpretativas, se apoyaban en varios elementos externos como la ropa y la parafernalia que llevasen (armas si hacían de militares, instrumentos si eran músicos, aperos si eran campesinos…). Un papel importante tenía el calzado, que ya sentaba el tono de la interpretación: los personajes trágicos llevaban coturnos, un calzado de tacones muy altos, mientras que los cómicos llevaban borceguíes, calzado de suela baja y que se ataba sobre el tobillo. El arte dramático, por ello, a veces es llamado «de coturnos y borceguíes», y Apuleyo, en «El asno de oro» usa la expresión «ya es hora de dejar los borceguíes y calzarnos los coturnos» para expresar que la historia, a partir de ese momento, va a tomar un tono más serio y grave.
Pero lo más representativo del teatro griego, y lo más importante para el actor, era la máscara. Cada una representaba a un personaje, portando sus rasgos y extremando con el gesto su principal tono emocional o moral a lo largo de la obra (sonriente, trágico, malhumorado, malvado, triste…). Tenía una peluca de cabello natural y agujeros para los ojos y otro pequeño para la boca. Y éste último, el de la boca, pese a ser una simple ausencia más que una presencia, era el elemento más importante de la máscara griega.
Personalidad, la voz de nuestro ser
Esa boca tenía dos importantes funciones. La primera era evitar que se viesen los labios del actor, rompiendo así el hechizo de la ficción; el actor debía desaparecer por completo en el interior del personaje. La segunda era, gracias a su forma, más pequeña en el interior y abriéndose poco a poco hacia fuera como un pequeño megáfono, amplificar la voz del actor y modificarla hasta convertirla en la potente y característica voz del personaje. Debía de sonar alta, clara y diferente a las de los demás.
De hecho, por esa facultad a las máscaras también se les llamaba «resonadoras», que es de donde viene nuestra palabra «personalidad» (per-sonare, hacer sonar).
Ya desde la antigüedad la voz tiene una gran importancia como símbolo de la persona, de lo que nos defina ante los demás. En una sociedad que basaba su funcionamiento en el ágora y la política, en el intercambio de opiniones y conocimientos, la expresión «no tener voz ni voto» era sinónimo de no ser nadie, pues aún sin voto un hombre podía persuadir y manifestarse antes los demás gracias al poder de su voz.
Así, la personalidad sería lo que hace sonar nuestra voz, lo que nos da cuerpo y da fe de nuestra existencia antes los demás. Si existe un yo profundo, la personalidad sería su amplificador, su intermediario ante los demás y ante nosotros mismos. Y la máscara, dentro del arte dramático, sería el símil de esa personalidad, el puente entre el actor y el personaje.
Personajes puros, sin actores
De hecho, resulta sorprendente pensar que, al contrario de lo que ocurre hoy, en el teatro griego el personaje estaba vinculado en exclusiva a la máscara, no al actor. La gente conocía a los dramaturgos y a los escritores de comedias, y a sus personajes, pero no a los actores, pues estos desaparecían por completo tras la máscara.
El número de actores en una compañía era limitado y en las representaciones era normal que hubiese más personajes que actores. Ese problema se solucionaba con las máscaras y bastaba con que el número de personajes en escena al mismo tiempo nunca fuese superior al número de actores de la compañía (algo que sería muy raro).
Un actor se ponía la máscara y representaba a ese personaje desde que salía a una escena hasta que salía de esa escena, pero entonces se sacaba la máscara y se ponía otra para interpretar a otro y el personaje, la máscara, quedaba libre y, si era necesario, otro actor la recogería para continuar con la interpretación de ese personaje más adelante.
Puede resultarnos extraño que un actor no sólo no representase a un solo personaje, sino que ese personaje probablemente fuese representado, a lo largo de toda la obra, por varios actores que se irían intercambiando la máscara. No existía la asociación actual de actor-personaje, sino que gracias a la máscara sólo existían personajes y los actores eran meros tramoyistas en escena, como los marionetistas que mueven los hilos y, sin problema, pueden cambiar de un muñeco a otro. El actor movía al personaje, pero no era el personaje, ni siquiera lo interpretaba en el sentido actual de la palabra. El personaje era y residía en la máscara.
Máscaras de carnaval
Hoy, en carnaval, nos ponemos máscaras y, como los antiguos griegos, jugamos a mover a otros, personajes que nos inventamos, personalidades tan extremas y diferentes que hacen sonar nuestras voces, por un día, de otra forma realmente extravagante.
Quizá no nos estemos riendo o juguemos a ser esos personajes que representamos, sino que, de una forma casi inconsciente, hacemos visible el hecho de que siempre llevamos máscara, de que nuestra personalidad no es más que un amplificador y un escudo de nuestro yo. Una máscara invisible y multiforme que cambia en función de las circunstancias y el interlocutor, e incluso en la oscuridad y ante un espejo nos protege de cosas que ni siquiera nosotros mismos soportaríamos ver de frente.
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domingo, 14 de febrero de 2010
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