Además, he de reconocer que la idea de continuar con la anterior entrada se la debo en buena parte de A Través del Espejo e Il Gattopardo, y los interesantísimos comentarios que me dejaron en ella. También he de recomendar la entrada de Daniel Domínguez en su escuela de los domingos (por su nivel sería más bien una universidad), pues volvemos a coincidir en un tema, algo natural en estas fechas, y sus profundas reflexiones y conocimientos amplían el limitado horizonte de éstas.
Esta entrada, de hecho, no deja de ser más que un comentario a la anterior, una especie de adenda en la que tan sólo me propongo poner unos pocos ejemplos cinematográficos a lo ya comentado, especialmente a esa peculiar técnica teatral griega en la que, gracias a la máscara, un actor podía representar a varios personajes y un personaje podía ser representado por varios actores.
Un actor para varios personajes…
… o lo que es lo mismo, un actor que a lo largo de la narración llevará varias máscaras.
Seguramente el primer ejemplo que nos viene a la memoria es el de Peter Sellers en «Teléfono Rojo: volamos hacia Moscú», en el que interpreta 3 papeles realmente muy diferentes, compartiendo dos de ellos escena varias veces. Aún así ni es el primer actor en hacer eso, ni la primera vez que lo hacía, pues es un recurso bastante típico en los cómicos que se han formado en el vodevil y la televisión (en un programa u obra hecha a base de pequeños episodios independientes los actores interpretarán a un personaje nuevo en cada uno de ellos).
Más recientemente Eddy Murphy ha emulado a Peter Sellers y todo este tipo de actores en la nueva versión de «El profesor chiflado», en la que interpretaba a ocho personajes diferentes. En estos casos la repetición de tantos personajes por parte del mismo actor no era realmente necesaria, y su razón suele ser la de mostrar el virtuosismo del actor a la hora de representar varios papeles a lo largo de una misma historia. Una razón completamente diferente a la que existía en el teatro griego; allí el actor desaparecía tras la máscara y sólo quedaba el personaje, aquí el actor se eleva sobre esa máscara para hacer patente su calidad de interprete. Signo de los tiempos: de aquellas los ídolos eran los dramaturgos y sus personajes, hoy lo son los actores.
El extremo llega al caso de ciertas representaciones teatrales en que un solo actor lleva adelante la historia, interpretando a todos los personajes. Y no se suelen enfrentar a historias sencillas y con pocos personajes. Son (justamente) célebres las representaciones de las obras completas de Shakespeare comprimidas en dos horas y con un solo actor, o incluso una versión teatral de «El Señor de los Anillos» para un único intérprete. En estos casos se da una curiosa paradoja, pues por una parte tenemos el ego de un actor que nos muestra, en toda su gloria, lo que es capaz de hacer, y por otro la humildad de dejar bien claro que lo que importa es la grandeza de la historia y que toda la parafernalia, escenografía, vestuario, efectos y actores que suelen tener detrás son secundarios a ésta.
De todos modos esto nos devuelve a la esencia de la máscara: hacer sonar la voz, y esa multitud de máscaras que se suceden sobre el mismo rostro, al saber nosotros que él está ahí, no dejan de recordarnos a quién pertenece esa única, potente y virtuosa voz… ¡mirad, oh, mortales mis obras y desesperad!
Volviendo a la película «El profesor chiflado», que no deja de ser una reinvención en clave de comedia del clásico de Stevenson «El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde», nos encontramos con que ahí sí reside una verdadera necesidad de que un actor interprete a dos personajes. Cuando éstos representan una dualidad, una personalidad escindida que en la historia comparte el mismo cuerpo y se manifiesta de una u otra manera. Ahí el actor ha de cambiar de máscara de forma coherente y siguiendo el propio cambio de máscaras del personaje. Aunque requiera una buena capacidad interpretativa, ya no es una cuestión de virtuosismos, es la propia historia la que exige ese juego de máscaras.
Este tema de las personalidades escindidas, que realmente nace con Stevenson, ha tenido numerosas versiones en el cine y la televisión, tanto directas como indirectas, tomando sólo el tema original de esa dualidad (o, a veces, diversidad) para luego desarrollar la historia por otras líneas. Por citar sólo un par de ellas, dos extremos, la fiel versión de 1931 dirigida por Robert Mamoulian con un extraordinario Frederick March, y la reciente serie «Los Estados Unidos de Tara», completamente alejada del original y que, al igual que otras (como la muy superior «Las tres caras de Eva» de Nunnally Johnson) explora como nuestra identidad no es más que la suma de una serie de seres que reaccionan de una u otra manera en función de las circunstancias, quizá necesarios para sobrevivir a un mundo tan cambiante y exigente como el nuestro; lo que pasa es que, en estos casos tan extremos, el «yo» cae y las máscaras se adueñan por completo de la personalidad.
Un caso muy especial de escisión es cuando no se produce en un solo cuerpo, si no en dos, como es el caso de los hermanos de caracteres opuestos (Caín y Abel, Rómulo y Remo... y mil posibles ejemplos más), que llega a un extremo de fuerza metafórica cuando son gemelos. Hay muchas películas con gemelos muy diferentes, desde la simpática comedia de Preston Sturges «The Palm Beach’s Story» (donde, por cierto, nace el estilo rápido y moderno de escribir e interpretar los diálogos) al sórdido drama de Cronenberg, precisamente titulado «Gemelos».
Uno, que tiene su puntito mitómano, se queda con la curiosa y poco conocida película de Robert Siodmark «The Dark Mirror», en que una guapísima Olivia de Havilland interpreta a dos gemelas, una buena y otra malvada. La malvada comete un crimen y ambas se declaran inocentes… y el juez, pese a los numerosos testigos, al no poder condenar a una persona inocente y no poder determinar cuál cometió el crimen debe dejar libre a las dos. El problema llega cuando el detective del caso se enamora de una ellas… y nunca puede estar seguro de si está con la bondadosa mujer a la que ama, o con la psicópata asesina de su hermana.
Un personaje para varios actores…
… o lo que es lo mismo, una máscara que a lo largo de la narración es llevada por varios actores. Realmente esto va, además de contra el ego del actor, contra la lógica de la narración, pues ya que ahora se actúa sin máscaras el espectador se sentiría muy confundido si, de repente, un personaje aparece con el rostro de ese actor.
Evidentemente, si el personaje lleva una máscara, es posible que se haga ese juego sin que nadie se dé cuenta y continuar manteniendo el hechizo de la historia. Esta es la clave del trabajo de muchos especialistas que, en planos generales y muy arriesgados, sustituyen al actor para las escenas de riesgo sin que se pierda la continuidad de la historia.
También hay una sucesión de actores sobre el mismo personaje en el caso de que exista un largo paso de tiempo y este tenga que crecer. Un caso muy simpático es el de «Conan el bárbaro», donde Jorge Sanz interpretaba a un joven Arnold Schwarzenegger; el paso del tiempo nos ha demostrado que Jorge Sanz, si bien acabó siendo un gran actor, no ha tenido un físico demasiado parecido al del actor austríaco.
En otros casos, sobre todo en televisión y para personajes secundarios, se hace la sustitución por la cara, sin más ni más, cuando un actor no puede continuar en la serie. La mujer de Ross, en Friends, por ejemplo, fue interpretada por dos actrices diferentes… y nadie se quejó mucho.
Y en el caso de sagas cinematográficas también asumimos perfectamente que varios actores se pasen la misma máscara unos a otros, como el caso de las de James Bond o las de superhéroes como Batman o Superman.
No me puedo resistir a citar al personaje-máscara más popular de los últimos 30 años... En Darth Vader encotramos todo estoesto: llevaba una máscara, fue interpretado por varios actores (y especialistas), su voz no era la de ninguno de ellos y a lo largo de la saga pudimos observar cómo iba creciendo desde un niño hasta convertirse en un joven y, posteriormente, en el amargado y malvado adulto que llevaba esa máscara. Y si nos resultaba tan grande y misterioso quizá fuera por eso, porque tras esa máscara no podíamos saber qué había, podía ser la nada, alguien feo, bello, aterrador, deforme... o, quizá lo más aterrador de todo, alguien normal. Ningún actor nos podría haber dado todo lo que nos dío esa máscara.
Otro caso bastante extremo es el de «El imaginario del doctor Parnassus» en el que la muerte de Heath Ledger a mitad de rodaje obligó a cambiar la historia para que su personaje, de alguna manera, pudiese metamorfosearse y ser interpretado por varios actores. Si nos fijamos, en todos estos casos el cambio de máscara suele obedecer a necesidades de producción o de relanzar personajes y franquicias agotadas, no a una necesidad de la propia narración… aunque en este caso ese imperativo de producción llevó a cambiar la narración en sí misma, y la película salió ganando.
Dos ejemplos finales
Para acabar me quedo con dos películas, dos ejemplos que se levantan sobre los anteriores, pues en ellos el juego de máscaras actor/personaje no está por encima de la historia, sino que es la esencia de la historia.
En «Zelig» Woody Allen interpreta a un hombre que ha llevado al extremo nuestra capacidad y necesidad de adaptar nuestra conducta a las circunstancias hasta el punto de que cambia físicamente, habla nuevas lenguas y adquiere habilidades que no tenía. El problema, el gran problema, es… ¿quién es Zelig? ¿Y quién somos nosotros? ¿Hay alguien debajo de la suma de nuestras reacciones al mundo que nos rodea? ¿Somos un mero prisma de espejos que refleja la realidad? Quizá nos guste llevar máscara porque, de quitárnosla, desvelemos un profundo abismo o tan sólo la suma de las cicatrices que la vida ha dejado sobre ese espacio vacío que nos gustaría poder llamar nuestro yo.
En «Carretera Perdida» esto se lleva a un extremo patológico y aterrador cuando a mitad de película un hombre se despierta convertido en otra persona completamente diferente (y, por tanto, otro actor) en una historia oscura, aterradora e impregnada de sangre y sentimientos de culpa. Puede ser una psicosis vivida desde dentro, una pesadilla puesta en imágenes… o sencillamente otra forma de preguntarse lo mismo que Woody Allen, sólo que aquí el humor es sustituido por el horror.
No es que quiera enmendarle la plana a los griegos, pero me da la sensación de que quizá las dos máscaras no son la risa y las lágrimas (extremos del mismo continuo: la emoción), sino la carcajada y el espanto.








