Con el estreno de la nueva versión de «Alicia en el País de las Maravillas», de Tim Burton, se ha vuelto a poner de moda esa inmortal obra de Lewis Carroll y sus extravagantes personajes. Y, por las fotografías de revistas y periódicos, el que parece haberse puesto más de moda es el popularmente conocido como Sombrerero Loco, posiblemente porque está interpretado por Johnny Depp, principal estrella de la película, si bien en la novela se le llama sencillamente «el Sombrerero». Conozcamos un poco más sobre este personaje y las razones de su locura.
El Sombrerero aparece por primera vez en el capítulo séptimo de «Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas», si bien ni este capítulo ni este personaje aparecían en el manuscrito original de la obra («Las aventuras de Alicia bajo tierra», hoy disponible en edición facsímil o a través del proyecto Gutenberg), si no que fueron posteriormente añadidos por Carroll al reescribir el manuscrito para su publicación.
En un capítulo anterior el gato de Cheshire ya avisa a Alicia de que se va a encontrar con el Sombrerero, y que está loco. Es la única vez que esas dos palabras aparecen tan seguidas, si bien el comportamiento del personaje y el título del capítulo en que aparece («A Mad Tea Party», que podríamos traducir como «una merienda de locos») parecen confirmar lo que decía el gato.
En esa merienda o reunión para tomar el té, Alicia se encuentra con tres personajes: un lirón, que se pasa casi todo el tiempo dormido (parece ser un guiño al wombat que el pintor Dante Gabriel Rossetti, buen amigo de Carroll, tenía como mascota… y que se pasaba todo el día durmiendo), la Liebre de Marzo y el Sombrerero. Estos dos últimos son los que, con sus continuos disparates y ocurrencias, parecen estar locos y dan sentido, o más bien sinsentido, al título del capítulo.
Una broma lingüística, las frases hechas
En el título del capítulo ya podemos ver una broma lingüística de las que tanto le gustaban a Carrol. En el inglés de su época existían dos frases hechas para referirse a alguien de conducta excéntrica o desordenada: «loco como un sombrerero» y «loco como una liebre de marzo». La primera se usaba normalmente en la época de Carroll, si bien la segunda era un tanto arcaica (aunque tras el éxito de Alicia volvió a ponerse de moda). Está claro que el que ambos personajes protagonicen esa merienda, y que los dos estén un poco locos, es una clara referencia a esas expresiones populares.
El origen de «loco como una liebre de marzo» tiene que ver con que en ese mes es cuando las liebres entran en celo, comportándose para sus rituales de apareamiento de una forma mucho más agresiva y extraña que el resto del año.
La expresión «loco como un sombrerero» tiene unos orígenes más inciertos. Algunos lingüistas piensan que viene de la asociación del sustantivo «hatter» (sombrerero) con el antiguo verbo «hatter», que se usaba para indicar que alguien tenía una conducta molesta con los demás. Otros la relacionan con el vocablo anglosajón «atter», que significa «veneno», y haría referencia a los síntomas de locura que aparecen al consumir algunas sustancias tóxicas.
Algunos estudiosos asocian la expresión con Roger Crab, un sombrerero que en el siglo XVII vendió todas sus propiedades, regaló el dinero a los pobres y se dedicó a vivir en el monte siguiendo una estricta dieta vegetariana.
Otra teoría, que es la que aparece recogida con más frecuencia en los medios, revistas e incluso en algunas entrevistas con el actor Johnny Depp, tiene que ver con una causa médica.
Una broma médica, la hidrargiria
Los sombrereros, a lo largo del siglo XVIII y XIX, usaban mercurio para preparar el fieltro de los sombreros, con lo que, si no tomaban las debidas precauciones, podían acabar sufriendo los síntomas de la hidrargiria, un envenenamiento progresivo con mercurio.
Aunque los síntomas más visibles de este trastorno son cutáneos: escamaciones y manchas en la piel, también suele verse acompañado por manifestaciones neurológicas, como sensaciones de picores, calor, quemazón… que puede provocar gestos y conductas de lo más extravagante en las personas que lo sufren. En casos graves puede aparecer la amnesia anterógrada, o sea, que el enfermo no sea capaz de retener cosas nuevas en su memoria, con lo que el pobre nunca sabrá qué es lo que iba a hacer o lo que le acaban de decir, estando en permanente estado de confusión e incapacitado para llevar una vida normal. En este caso su «locura» es mucho más grave, evidente y llamativa.
Sin embargo, el origen concreto del personaje del Sombrerero, aunque pueda participar un poco de todo lo expuesto hasta aquí, más que con la enfermedad tiene que ver con un homenaje que Carroll le hizo a un conocido suyo de Oxford.
Una broma personal, Theophilus Carter
Theophilus Carter era conocido de todo el mundo en Oxford. Era un tratante de muebles que también se dedicaba a inventar trastos y aparatos de dudosa utilidad. Uno de los más célebres fue una «cama-despertador» que, a través de un complejo mecanismo, expulsaba literalmente al durmiente de la cama, tirándolo en una bañera de agua fría cuando sonaba la alarma del despertador.
Este invento fue homenajeado por Nick Park en sus series sobre «Wallace y Gromit», donde aparece una cama que sigue la idea de Carter, si bien el protagonista es directamente introducido en su ropa, y no en una bañera de agua fría. En la versión de Disney de «Alicia en el País de las Maravillas» también podemos ver como el Sombrerero disfruta utilizando algún simpático invento de dudosa utilidad… como esa tetera con tres pitorros para servir todas las tazas de té a la vez; simpático homenaje de Disney a Carter.
En la novela, la obsesión del Sombrerero con el tiempo y los relojes también puede ser vista como un guiño a ese peculiar invento de la cama-despertador. Además, en su capítulo, los muebles tienen una gran importancia, en evidente referencia a la profesión de Carter.
Theophilus, además, era conocido por su conducta extravagante y sus bromas, y por la gran chistera que le gustaba lucir cuando estaba en su establecimiento. Por todo eso, algunas personas se referían a él con el mote de «Mad Hatter», el Sombrerero Loco.
Carroll hizo viajar a su ilustrador, Tenniel, hasta Oxford, para retratar a Carter y que fuesen sus rasgos los que aparecían en el rostro de su personaje el Sombrerero, inmortalizando así a su peculiar conocido. Además de esos rasgos faciales, Tenniel le añadió la etiqueta del precio al sombrero, no queda claro si como despiste o porque el sombrerero usaba su cabeza a modo de improvisado escaparate. Ese precio, 10 chelines y 6 peniques, un precio razonable para la época, ha sido tomado como punto de partida en ciertos ambientes de Oxford y otros lugares para celebrar el «día del Sombrerero Loco» el 6 de octubre (en la notación inglesa de las fechas, primero se pone el mes y luego el día), una especie de segundo día de los inocentes.
En tiempos de Carroll circuló la leyenda de que el Sombrerero Loco era una caricatura del político liberal William Gladstone (Carroll era conservador), algo que fue desmentido tanto por el autor como por Tenniel. Y quizá por ello, en la continuación, «Las Aventuras de Alicia a Través del Espejo, y lo que encontró allí», sí aparecen verdaderas caricaturas de Gladstone y, su oponente político, Disraelí.
El matemático americano Norbert Wiener, padre de la cibernética, en su autobiografía, comenta que Bertrand Russell se parecía muchísimo a esa ilustración del Sombrerero Loco, y que, además, sus dos colegas de Cambridge, McTaggart y Moore, se parecía respectivamente al Lirón y a la Liebre de Marzo… con lo que ese grupo de tres pensadores era conocido en la universidad como el «Trinity’s Mad Tea Party» (algo así como «la Merienda de Locos del Trinity»).
Una broma astronónica, el lunático
Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas tienen lugar el 4 de mayo de 1862. Según el estudioso de Carroll, Alexander L. Taylor, ese día el calendario lunar iba dos días por detrás del calendario solar… con lo que cuando el Sombrerero dice que su reloj va dos días atrasado (un chiste muy simpático, pues los relojes de la época sólo daban la hora y no incluían los días) también hace referencia a que él sigue el calendario lunar… una broma sobre su locura, pues eso lo convierte en un «lunático»
Hatta
El Sombrerero vuelve a aparecer en el capítulo XI de «Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas», como testigo en el juicio contra el «Paje de Corazones» por robar unas tartas, y también en la continuación de esta novela, la aún superior «Las aventuras de Alicia a Través del Espejo, y lo que encontró allí», si bien allí su nombre se abrevia y pasa de ser «Hatter» a ser «Hatta», y trabaja como mensajero del rey. La Liebre de Marzo también aparece, abreviada de «March Hare» a «Haigha», y trabaja en lo mismo que su viejo amigo: mensajera del rey. El monarca explica que necesita dos mensajeros, pues uno se encarga de llevar los mensajes y otro de traerlos.
Podemos ver como ya en la concepción del personaje, sin entrar en sus complejos y divertidos parlamentos, se concentran toda una serie de juegos lingüísticos, bromas personales y sutiles referencias astronómicas con las que Carroll y Tenniel pusieron la primera piedra de este entrañable Sombrerero Loco.
Para saber más y disfrutar plenamente, tanto de él como de toda la obra, aconsejo la lectura de la versión anotada por Martin Gardner, para mi gusto, la mejor. La traducción que ha hecho a nuestro idioma Francisco Torres Oliver, cuidadamente editada por Akal, con las ilustraciones originales de Tenniel, es estupenda... aunque un poquillo cara. Pero merece la pena.
Mostrando entradas con la etiqueta Lewis Carroll. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lewis Carroll. Mostrar todas las entradas
domingo, 18 de abril de 2010
domingo, 7 de marzo de 2010
Los sueños III (y d) – El significado de los sueños: teorías biológicas
Aunque se puede decir que el estudio científico de la función de las diferentes áreas del cerebro comenzó con la Primera Guerra Mundial, analizando las consecuencias de las heridas de bala o metralla en la cabeza, fue con la aparición de las técnicas de investigación cerebral no destructivas (electroencefalogramas, TAC, PET, SQUID…) cuando la neurología pudo adentrarse en el mundo de los sueños. Y en lugar de preguntarse directamente por el significado de los sueños, comenzó a estudiar algo aparentemente más básico pero que, quizá, encierre la respuesta a la anterior pregunta: ¿Por qué soñamos?
La neurología considera el soñar como un proceso biológico inseparable del dormir, y fue precisamente al estudiar sus mecanismos y fenómenos cuando comenzaron a aparecer nuevos e interesantes datos sobre el mundo de los sueños.
El primer gran hallazgo fue el descubrimiento de la ya comentada fase REM, en la que, inicialmente, se pensaba que tendrían lugar todos los sueños. Soñar, pues, sería una fase dentro del dormir, en que nuestro cuerpo descansa pero nuestra mente está muy activa. Esto inspiró muchas hipótesis y teorías en las que los sueños se relacionaban con ese elevado nivel de activación cerebral, semejante al de la vigilia.
Teorías de los instintos
Durante esa intensa actividad de la fase REM da la impresión de que el cerebro «juega» a estar despierto mientras el resto del cuerpo reposa. Eso llevó a especular que los sueños podrían ser ensayos de conducta ante todo tipo de situaciones y ambientes que se irían sucediendo unos tras otros de forma caótica. Una especie de sesiones de entrenamiento mentales, donde nuestras conductas innatas o instintos se adecuarían a los contenidos que vamos adquiriendo con la experiencia.
Dentro de esta línea, Antti Revonsuo planteó que los sueños tendrían que ver fundamentalmente con los instintos de autodefensa. Keith Stevens expandió esa teoría al considerar que hay otros instintos que también provocan nuestros sueños, como el de reproducción, exploración, protección de la familia, la búsqueda de status en el grupo, etc. Así, lejos de los peligros reales de la vigilia, los sueños serían una especie de campo de pruebas donde nuestra conducta instintiva va haciendo sus ensayos para adecuarse a las potenciales situaciones que puede encontrarse.
Anticuerpos psicológicos
También en esta línea, un estudio de la Universidad de Boston, usando un símil médico, ha propuesto la teoría de los sueños ayudan a crear una especie de «anticuerpos psicológicos». Usando eventos, personas y objetos de nuestra propia vida, serían reordenados para generar nuevas situaciones que experimentar. Esas vivencias oníricas nos ayudarían, posteriormente, a sobrellevar situaciones análogas que pudiesen darse en nuestra vida diaria.
Teorías etológicas
Posteriormente se vio que los sueños también se producen fuera de la fase REM, aunque no suelen ser tan vívidos e intensos.
La etología estudia la conducta animal y del hombre como una especie más. De hecho, se ha visto que son muchas las especies animales que sueñan y que pasan por unas fases del dormir semejante a las nuestras. Soñar no sería algo exclusivo del ser humano.
Dentro de esta línea han surgido algunas teorías que especulan que el sueño sería una herencia evolutiva pues, por la noche, es conveniente estar quieto y a resguardo de los predadores, reduciendo el gasto de energía al mínimo. Por eso nuestro cuerpo nos fuerza a dormir. En los sueños el cerebro crearía una especie de constante estimulación interna para mantener un mínimo de actividad (extremo en la fase REM) y estar listo para despertar con rapidez en caso de alerta.
Los sueños como parte del proceso reparador del dormir
Volviendo al hecho de que los sueños sean omnipresentes durante toda la duración del sueño, lo más adecuado sería verlos, no sólo como una fase más, sino como algo íntimamente ligado al proceso general de dormir. Y esto nos llevaría a otra pregunta, en apariencia muy sencilla. ¿Por qué dormimos?
La respuesta intuitiva es «para descansar», pero bien podríamos hacerlo relajados en una butaca, y eso no nos sirve. Hay que desenchufar la consciencia, aunque nuestra mente siga trabajando y creando imágenes e historias. ¿Por qué?
Las teorías anteriores, de hecho, ya especulan con respuestas según las cuales el dormir y el soñar cumplen importantes funciones adaptativas de nuestra conducta (ajustar instintos, vacunarse emocionalmente, permanecer quieto pero listo para activarse), pero otros científicos prefirieron ir más poco a poco e ir acumulando evidencias biológicas sobre lo qué se recupera exactamente mientras dormimos y soñamos.
Se ha visto que el sueño contribuye a la síntesis proteica y de otras sustancias fundamentales para nuestro funcionamiento diario. Algunos suponen que el cuerpo se «repararía» en las fases no REM y el cerebro en las fases REM, siendo esa actividad parte del proceso de ajuste.
Otros hallazgos indican que el sistema inmunitario también se ve reforzado durante el sueño, igual que los circuitos cerebrales relacionados con la motivación y el equilibrio emocional.
Nuestra temperatura corporal baja mientras dormimos, reduciendo el consumo energético y equilibrando la termorregulación del cuerpo: para mantener el calor durante el día, por la noche ahorramos energía reduciéndolo durante el sueño.
Desde el punto de vista del crecimiento, el sueño, y en concreto las fases REM y los sueños más vívidos, ayudan a la maduración del cerebro, por eso las fases REM con más abundantes en los niños y menos en los adultos.
Otros estudios han encontrado evidencias que parecen apuntar a que los sueños juegan cierto papel en la consolidación de la memoria, tanto en el almacenamiento a largo plazo de los datos y experiencias, en la reordenación de la información y en la eliminación de datos innecesarios o redundantes. Los sueños serían una especie de imágenes que nuestro cerebro generaría a consecuencia de ese intenso trabajo de organizar sus contenidos.
Relacionado con lo anterior el neurólogo Eugen Tarnow ha propuesto que los sueños se producen cuando, durante el sueño, se activan contenidos de la memoria a largo plazo en el cortex cerebral. Cuando estamos despiertos esos contenidos se manejan en contraste con la realidad que experimentamos, pero mientras dormimos, al evocarse de forma «pura» emergen de esa forma tan extraña. De hecho, Penfield y Rasmussen descubrieron que al excitar ciertas zonas del cortex relacionadas con la memoria a largo plazo, los sujetos experimentaban sensaciones e imágenes que describían como «soñar despiertos». Más adelante volveré sobre este tema, con las aportaciones de Jie Zhang.
Sobre este último punto parece girar la película «Olvídate de mí» (discutible traducción de su título original, «The Eternal Sunshine of the Spotless Mind», que vendría a ser algo así como «El eterno brillo de una mente inmaculada», tomado de un bellísimo verso de Alexander Pope) de Michel Gondry, un realizador evidentemente interesado en el mundo de los sueños. En ella un hombre acude a una empresa especializada en borrar malos recuerdos para deshacerse del dolor que le ha dejado una ruptura sentimental. Sin embargo, en pleno borrado, se da cuenta de que no quiere olvidar a la mujer de su vida y, en sueños, que es donde acontece ese proceso de eliminación de recuerdos, lucha por recordar y no perder la memoria de su amada. Buena parte de la película transcurre en el mundo de los sueños, de donde va desapareciendo, poco a poco, todo vestigio de ese antiguo amor.
Los sueños como consecuencia de otros procesos: Hobson y McCarley
En la mayoría de las anteriores teorías los sueños cumplían algún tipo de función, sin embargo otros teóricos han comenzado a plantearse que es posible que los sueños no tengan ninguna función directa, si no que son la consecuencia de otros procesos o actividades.
Para algunos neurólogos serían consecuencia del disparo aleatorio de neuronas que, al estar aisladas de estimulación externa durante el sueño, se disparan de forma aleatoria. Hay múltiples sistemas neuronales que, más que funcionar en base a estar «apagados» o «encendidos», basan su respuesta en un patrón de respuesta temporal. Esas neuronas tienen una tasa de disparo base que sería como decir que «no pasa nada» y que aumenta o disminuye en función de la estimulación que reciben. Y es posible que, al estar por completo aisladas de estimulación externa durante el sueño, esas tasas de disparo acaben oscilando, creando esas historias e imágenes tan pintorescas que son los sueños.
Dentro de estas teorías neurológicas la más importante es la de Hobson y McCarley, llamada «Teoría de la Activación-Síntesis». La resumiré a muy grandes rasgos.
Vieron que cuando se activaban los sistemas colinérgicos (circuitos neurales que funcionan con un neurotransmisor llamado acetilcolina) que ascendían desde el puente tronco-encefálico (en la base del cerebro, sobre la médula espinal) y núcleos genículo-occipitales, estos estimulaban el cerebro medio y el lóbulo frontal, provocando el fenómeno del movimiento rápido de ojos, característico de la fase REM, y las demás características de alta activación cerebral y parálisis corporal. Esa sería la activación de la que habla la teoría, y cuya función principal es mantener al cuerpo inmóvil durante el sueño. Pero, a consecuencia de ese proceso también se dispararían, de forma inevitable, otras neuronas relacionadas con la memoria, las emociones… generando información sensorial. Si, al despertar, recordamos todo eso, intentaremos dotarle de cierta lógica y estructurarlo en forma de historia, que es lo que sería un sueño. Una síntesis narrativa a partir de elementos aleatorios.
Los sueños, pues, serían una consecuencia inevitable y aleatoria del dormir, sin más función ni significado oculto que el que queramos darle una vez despiertos.
Otras teorías neurológicas: Solms y Zhang
Solms, neurólogo con un gran interés por el psicoanálisis, observó que los pacientes con lesiones en el lóbulo temporal informaban que habían dejado de tener sueños. Eso no parecía contradecir a Hobson y McCarley, pues era una de las estructuras cerebrales implicadas en su modelo. Sin embargo, posteriormente, descubrió que las lesiones en el puente tronco-encefálico no provocaban esa falta de sueños… lo que indicaba que el modelo de Hobson y McCarley debería revisarse para encontrar otras fuentes de activación y que el asunto podría ser más complejo.
Sin embargo Solms enseguida lanzó la hipótesis de que eso probaba que la activación podría nacer directamente en el lóbulo central, donde él suponía que debía residir el inconsciente freudiano. Si bien sus descubrimientos y datos son importantes y a tener en cuenta, este último razonamiento ha sido considerado como un tanto gratuito y pillado por los pelos.
Jie Zhang, partiendo de esos hallazgos y de sus propias investigaciones, propuso un modelo más complejo, en el que los sueños serían controlados por diferentes mecanismos y circuitos cerebrales, entre ellos los propuestos por Hobson y McCarley. Para él, la principal «labor» del cerebro durante el sueño tendría que ver con la consolidación de la memoria. Y esos datos con los que está trabajando, ante la falta de estimulación externa, se acabarían «filtrando» a nuestra consciencia en forma de las imágenes, sensaciones y sentimientos que experimentamos en los sueños. Así, aparte de la estimulación originada en el tronco encefálico existiría otra que vendría de ese proceso de actualización de nuestras memorias. Eso, según él, también explicaría porque nuestros sueños son tan discontinuos y pasan de un tema o espacio a otro. Cada segmento del sueño sería una especie de «pulso» de memoria que se archivaría para luego pasar a otro. Nuestra consciencia, al intentar ordenar esos contenidos, generaría la extravagante narrativa e imaginería del sueño.
… y concluyendo
Si contemplamos las antiguas teorías sobre los sueños veremos que se movían entre dos polos. Las que pensaban que su origen era externo y sobrenatural, y las que atribuían su aparición a causas naturales e internas.
El siglo XX y la ciencia dieron la razón a las segundas teorías, pero las que surgieron también se acabaron moviendo entre dos polos opuestos. Las que otorgan a los sueños una función y un propósito concreto, y las que los consideran como una consecuencia de otros procesos o, incluso, de ningún proceso en concreto. Otra cosa sería el sentido o la utilidad que nosotros queramos darle a esos sueños, fruto del azar de la noche, pues realmente pueden ser tristes, consoladores, divertidos, aterradores, bellos, extravagantes, inspiradores... y, sobre todo, enigmáticos.
Y en este último paradigma parece ambientarse mi historia favorita sobre el mundo de los sueños, aunque sea muy anterior a él: los cuentos escritos por Lewis Carroll para Alice Liddell (fotografiada por él mismo —un gran fotógrafo— en las siguientes imágenes que también parecen tomadas de un sueño), tanto el del «País de las Maravillas» como «A Través del Espejo». Ambas se consideran obras maestras del sinsentido y ambas son el relato de un sueño. En el primero la transición del mundo real al onírico se hace a través de una madriguera de conejo y, en el segundo, cruzando un espejo. Lo que se encuentra el otro lado son elementos de nuestro mundo pero reordenados y mezclados de forma anárquica y caótica, creando una nueva realidad. Pero para Carroll la función de esa historia es el puro juego, la diversión y la sorpresa, lo inesperado y lo extravagante, el crear por el crear. Y en eso fue un consumado maestro y consiguió crear una historia tan abierta, rica y compleja que cobró vida propia y, con el tiempo, ha ido cogiendo nuevos sentidos y significados. El propio Carroll dijo una vez que el significado que encierra un texto puede ir más allá de lo que pretendía poner ahí el autor.
Daniel Domínguez, hace poco, en su blog, comentaba algo con lo que estoy plenamente de acuerdo: que a los niños les gustan ciertas historias de adultos porque no pueden entenderlo todo pero adivinan, más allá de lo que pueden percibir, que existe un sentido profundo; y eso les hechiza y convierte esas historias en mágicas. Con el sueño nos pasa algo semejante. Son como esa palabra que queremos recordar y se pasea permanentemente por la punta de nuestra lengua, está ahí, y no está, la tenemos y se nos escapa… su magia reside en el hecho de que estamos siempre a punto de atraparlos, y entonces se van. Podemos entender parte pero casi nunca todo. Siempre hay misterio. Por eso nos fascinan. Y por eso han inspiran a tantos artistas y narradores. Y, su sinsentido, su absurda y caótica belleza, juega a favor de ello.
Qué bien representó esto aquel pájaro de plomo, aquella falsificación, sobre el que Sam Spade (Humphrey Bogart en «El Halcón Maltés») dijo que estaba «hecho con el material con que se fabrican los sueños».
La frase no era suya. Fue Shakespeare quien la puso en boca de Prospero en su última obra escrita en solitario, y la más onírica y extraña de su producción: «La Tempestad».
«Ahora, nuestro juego ha terminado. Estos actores, como les dije, eran sólo espíritus y se han fundido en el aire, en la levedad del aire; y, al igual que la ilusoria visión que representaban, las torres que coronan las nubes, los lujosos palacios, los solemnes templos, el gran globo mismo, sí, con todo lo que contiene, se disolverán y, como estos desvanecidos pasajes sin cuerpo, no dejarán rastro. Estamos hechos de la misma materia de los sueños y nuestra breve vida cierra su círculo con otro sueño.»
Se refiere a los personajes que, al finalizar la narración, se desvanecen para devolver al espectador a su vida diaria. A su propio sueño. Un genial monólogo que, de alguna manera, el clásico de culto alemán «Die Feuerzangenbowle», comentado anteriormente en este blog, reutiliza para cerrar de forma magistral la película.
Y esto añade un nuevo detalle a la fascinación que sentimos por los sueños. Como entreveía Shakespeare, son lo mismo que nuestra vida: frágiles, breves, incompletos, tantas veces incomprensibles… y rodeados por la profunda oscuridad del sueño.
Pero creo que quién mejor y más brevemente expresó lo que son los sueños y su errático pero bello sentido fue Schopenhauer cuando dijo que «durante la vigilia leemos el libro de la vida; durante el sueño lo ojeamos».
La neurología considera el soñar como un proceso biológico inseparable del dormir, y fue precisamente al estudiar sus mecanismos y fenómenos cuando comenzaron a aparecer nuevos e interesantes datos sobre el mundo de los sueños.
El primer gran hallazgo fue el descubrimiento de la ya comentada fase REM, en la que, inicialmente, se pensaba que tendrían lugar todos los sueños. Soñar, pues, sería una fase dentro del dormir, en que nuestro cuerpo descansa pero nuestra mente está muy activa. Esto inspiró muchas hipótesis y teorías en las que los sueños se relacionaban con ese elevado nivel de activación cerebral, semejante al de la vigilia.
Teorías de los instintos
Durante esa intensa actividad de la fase REM da la impresión de que el cerebro «juega» a estar despierto mientras el resto del cuerpo reposa. Eso llevó a especular que los sueños podrían ser ensayos de conducta ante todo tipo de situaciones y ambientes que se irían sucediendo unos tras otros de forma caótica. Una especie de sesiones de entrenamiento mentales, donde nuestras conductas innatas o instintos se adecuarían a los contenidos que vamos adquiriendo con la experiencia.
Dentro de esta línea, Antti Revonsuo planteó que los sueños tendrían que ver fundamentalmente con los instintos de autodefensa. Keith Stevens expandió esa teoría al considerar que hay otros instintos que también provocan nuestros sueños, como el de reproducción, exploración, protección de la familia, la búsqueda de status en el grupo, etc. Así, lejos de los peligros reales de la vigilia, los sueños serían una especie de campo de pruebas donde nuestra conducta instintiva va haciendo sus ensayos para adecuarse a las potenciales situaciones que puede encontrarse.
Anticuerpos psicológicos
También en esta línea, un estudio de la Universidad de Boston, usando un símil médico, ha propuesto la teoría de los sueños ayudan a crear una especie de «anticuerpos psicológicos». Usando eventos, personas y objetos de nuestra propia vida, serían reordenados para generar nuevas situaciones que experimentar. Esas vivencias oníricas nos ayudarían, posteriormente, a sobrellevar situaciones análogas que pudiesen darse en nuestra vida diaria.
Teorías etológicas
Posteriormente se vio que los sueños también se producen fuera de la fase REM, aunque no suelen ser tan vívidos e intensos.
La etología estudia la conducta animal y del hombre como una especie más. De hecho, se ha visto que son muchas las especies animales que sueñan y que pasan por unas fases del dormir semejante a las nuestras. Soñar no sería algo exclusivo del ser humano.
Dentro de esta línea han surgido algunas teorías que especulan que el sueño sería una herencia evolutiva pues, por la noche, es conveniente estar quieto y a resguardo de los predadores, reduciendo el gasto de energía al mínimo. Por eso nuestro cuerpo nos fuerza a dormir. En los sueños el cerebro crearía una especie de constante estimulación interna para mantener un mínimo de actividad (extremo en la fase REM) y estar listo para despertar con rapidez en caso de alerta.
Los sueños como parte del proceso reparador del dormir
Volviendo al hecho de que los sueños sean omnipresentes durante toda la duración del sueño, lo más adecuado sería verlos, no sólo como una fase más, sino como algo íntimamente ligado al proceso general de dormir. Y esto nos llevaría a otra pregunta, en apariencia muy sencilla. ¿Por qué dormimos?
La respuesta intuitiva es «para descansar», pero bien podríamos hacerlo relajados en una butaca, y eso no nos sirve. Hay que desenchufar la consciencia, aunque nuestra mente siga trabajando y creando imágenes e historias. ¿Por qué?
Las teorías anteriores, de hecho, ya especulan con respuestas según las cuales el dormir y el soñar cumplen importantes funciones adaptativas de nuestra conducta (ajustar instintos, vacunarse emocionalmente, permanecer quieto pero listo para activarse), pero otros científicos prefirieron ir más poco a poco e ir acumulando evidencias biológicas sobre lo qué se recupera exactamente mientras dormimos y soñamos.
Se ha visto que el sueño contribuye a la síntesis proteica y de otras sustancias fundamentales para nuestro funcionamiento diario. Algunos suponen que el cuerpo se «repararía» en las fases no REM y el cerebro en las fases REM, siendo esa actividad parte del proceso de ajuste.
Otros hallazgos indican que el sistema inmunitario también se ve reforzado durante el sueño, igual que los circuitos cerebrales relacionados con la motivación y el equilibrio emocional.
Nuestra temperatura corporal baja mientras dormimos, reduciendo el consumo energético y equilibrando la termorregulación del cuerpo: para mantener el calor durante el día, por la noche ahorramos energía reduciéndolo durante el sueño.
Desde el punto de vista del crecimiento, el sueño, y en concreto las fases REM y los sueños más vívidos, ayudan a la maduración del cerebro, por eso las fases REM con más abundantes en los niños y menos en los adultos.
Otros estudios han encontrado evidencias que parecen apuntar a que los sueños juegan cierto papel en la consolidación de la memoria, tanto en el almacenamiento a largo plazo de los datos y experiencias, en la reordenación de la información y en la eliminación de datos innecesarios o redundantes. Los sueños serían una especie de imágenes que nuestro cerebro generaría a consecuencia de ese intenso trabajo de organizar sus contenidos.
Relacionado con lo anterior el neurólogo Eugen Tarnow ha propuesto que los sueños se producen cuando, durante el sueño, se activan contenidos de la memoria a largo plazo en el cortex cerebral. Cuando estamos despiertos esos contenidos se manejan en contraste con la realidad que experimentamos, pero mientras dormimos, al evocarse de forma «pura» emergen de esa forma tan extraña. De hecho, Penfield y Rasmussen descubrieron que al excitar ciertas zonas del cortex relacionadas con la memoria a largo plazo, los sujetos experimentaban sensaciones e imágenes que describían como «soñar despiertos». Más adelante volveré sobre este tema, con las aportaciones de Jie Zhang.
Sobre este último punto parece girar la película «Olvídate de mí» (discutible traducción de su título original, «The Eternal Sunshine of the Spotless Mind», que vendría a ser algo así como «El eterno brillo de una mente inmaculada», tomado de un bellísimo verso de Alexander Pope) de Michel Gondry, un realizador evidentemente interesado en el mundo de los sueños. En ella un hombre acude a una empresa especializada en borrar malos recuerdos para deshacerse del dolor que le ha dejado una ruptura sentimental. Sin embargo, en pleno borrado, se da cuenta de que no quiere olvidar a la mujer de su vida y, en sueños, que es donde acontece ese proceso de eliminación de recuerdos, lucha por recordar y no perder la memoria de su amada. Buena parte de la película transcurre en el mundo de los sueños, de donde va desapareciendo, poco a poco, todo vestigio de ese antiguo amor.
Los sueños como consecuencia de otros procesos: Hobson y McCarley
En la mayoría de las anteriores teorías los sueños cumplían algún tipo de función, sin embargo otros teóricos han comenzado a plantearse que es posible que los sueños no tengan ninguna función directa, si no que son la consecuencia de otros procesos o actividades.
Para algunos neurólogos serían consecuencia del disparo aleatorio de neuronas que, al estar aisladas de estimulación externa durante el sueño, se disparan de forma aleatoria. Hay múltiples sistemas neuronales que, más que funcionar en base a estar «apagados» o «encendidos», basan su respuesta en un patrón de respuesta temporal. Esas neuronas tienen una tasa de disparo base que sería como decir que «no pasa nada» y que aumenta o disminuye en función de la estimulación que reciben. Y es posible que, al estar por completo aisladas de estimulación externa durante el sueño, esas tasas de disparo acaben oscilando, creando esas historias e imágenes tan pintorescas que son los sueños.
Dentro de estas teorías neurológicas la más importante es la de Hobson y McCarley, llamada «Teoría de la Activación-Síntesis». La resumiré a muy grandes rasgos.
Vieron que cuando se activaban los sistemas colinérgicos (circuitos neurales que funcionan con un neurotransmisor llamado acetilcolina) que ascendían desde el puente tronco-encefálico (en la base del cerebro, sobre la médula espinal) y núcleos genículo-occipitales, estos estimulaban el cerebro medio y el lóbulo frontal, provocando el fenómeno del movimiento rápido de ojos, característico de la fase REM, y las demás características de alta activación cerebral y parálisis corporal. Esa sería la activación de la que habla la teoría, y cuya función principal es mantener al cuerpo inmóvil durante el sueño. Pero, a consecuencia de ese proceso también se dispararían, de forma inevitable, otras neuronas relacionadas con la memoria, las emociones… generando información sensorial. Si, al despertar, recordamos todo eso, intentaremos dotarle de cierta lógica y estructurarlo en forma de historia, que es lo que sería un sueño. Una síntesis narrativa a partir de elementos aleatorios.
Los sueños, pues, serían una consecuencia inevitable y aleatoria del dormir, sin más función ni significado oculto que el que queramos darle una vez despiertos.
Otras teorías neurológicas: Solms y Zhang
Solms, neurólogo con un gran interés por el psicoanálisis, observó que los pacientes con lesiones en el lóbulo temporal informaban que habían dejado de tener sueños. Eso no parecía contradecir a Hobson y McCarley, pues era una de las estructuras cerebrales implicadas en su modelo. Sin embargo, posteriormente, descubrió que las lesiones en el puente tronco-encefálico no provocaban esa falta de sueños… lo que indicaba que el modelo de Hobson y McCarley debería revisarse para encontrar otras fuentes de activación y que el asunto podría ser más complejo.
Sin embargo Solms enseguida lanzó la hipótesis de que eso probaba que la activación podría nacer directamente en el lóbulo central, donde él suponía que debía residir el inconsciente freudiano. Si bien sus descubrimientos y datos son importantes y a tener en cuenta, este último razonamiento ha sido considerado como un tanto gratuito y pillado por los pelos.
Jie Zhang, partiendo de esos hallazgos y de sus propias investigaciones, propuso un modelo más complejo, en el que los sueños serían controlados por diferentes mecanismos y circuitos cerebrales, entre ellos los propuestos por Hobson y McCarley. Para él, la principal «labor» del cerebro durante el sueño tendría que ver con la consolidación de la memoria. Y esos datos con los que está trabajando, ante la falta de estimulación externa, se acabarían «filtrando» a nuestra consciencia en forma de las imágenes, sensaciones y sentimientos que experimentamos en los sueños. Así, aparte de la estimulación originada en el tronco encefálico existiría otra que vendría de ese proceso de actualización de nuestras memorias. Eso, según él, también explicaría porque nuestros sueños son tan discontinuos y pasan de un tema o espacio a otro. Cada segmento del sueño sería una especie de «pulso» de memoria que se archivaría para luego pasar a otro. Nuestra consciencia, al intentar ordenar esos contenidos, generaría la extravagante narrativa e imaginería del sueño.
… y concluyendo
Si contemplamos las antiguas teorías sobre los sueños veremos que se movían entre dos polos. Las que pensaban que su origen era externo y sobrenatural, y las que atribuían su aparición a causas naturales e internas.
El siglo XX y la ciencia dieron la razón a las segundas teorías, pero las que surgieron también se acabaron moviendo entre dos polos opuestos. Las que otorgan a los sueños una función y un propósito concreto, y las que los consideran como una consecuencia de otros procesos o, incluso, de ningún proceso en concreto. Otra cosa sería el sentido o la utilidad que nosotros queramos darle a esos sueños, fruto del azar de la noche, pues realmente pueden ser tristes, consoladores, divertidos, aterradores, bellos, extravagantes, inspiradores... y, sobre todo, enigmáticos.
Y en este último paradigma parece ambientarse mi historia favorita sobre el mundo de los sueños, aunque sea muy anterior a él: los cuentos escritos por Lewis Carroll para Alice Liddell (fotografiada por él mismo —un gran fotógrafo— en las siguientes imágenes que también parecen tomadas de un sueño), tanto el del «País de las Maravillas» como «A Través del Espejo». Ambas se consideran obras maestras del sinsentido y ambas son el relato de un sueño. En el primero la transición del mundo real al onírico se hace a través de una madriguera de conejo y, en el segundo, cruzando un espejo. Lo que se encuentra el otro lado son elementos de nuestro mundo pero reordenados y mezclados de forma anárquica y caótica, creando una nueva realidad. Pero para Carroll la función de esa historia es el puro juego, la diversión y la sorpresa, lo inesperado y lo extravagante, el crear por el crear. Y en eso fue un consumado maestro y consiguió crear una historia tan abierta, rica y compleja que cobró vida propia y, con el tiempo, ha ido cogiendo nuevos sentidos y significados. El propio Carroll dijo una vez que el significado que encierra un texto puede ir más allá de lo que pretendía poner ahí el autor.
Qué bien representó esto aquel pájaro de plomo, aquella falsificación, sobre el que Sam Spade (Humphrey Bogart en «El Halcón Maltés») dijo que estaba «hecho con el material con que se fabrican los sueños».
La frase no era suya. Fue Shakespeare quien la puso en boca de Prospero en su última obra escrita en solitario, y la más onírica y extraña de su producción: «La Tempestad».
«Ahora, nuestro juego ha terminado. Estos actores, como les dije, eran sólo espíritus y se han fundido en el aire, en la levedad del aire; y, al igual que la ilusoria visión que representaban, las torres que coronan las nubes, los lujosos palacios, los solemnes templos, el gran globo mismo, sí, con todo lo que contiene, se disolverán y, como estos desvanecidos pasajes sin cuerpo, no dejarán rastro. Estamos hechos de la misma materia de los sueños y nuestra breve vida cierra su círculo con otro sueño.»
Se refiere a los personajes que, al finalizar la narración, se desvanecen para devolver al espectador a su vida diaria. A su propio sueño. Un genial monólogo que, de alguna manera, el clásico de culto alemán «Die Feuerzangenbowle», comentado anteriormente en este blog, reutiliza para cerrar de forma magistral la película.
Y esto añade un nuevo detalle a la fascinación que sentimos por los sueños. Como entreveía Shakespeare, son lo mismo que nuestra vida: frágiles, breves, incompletos, tantas veces incomprensibles… y rodeados por la profunda oscuridad del sueño.
Pero creo que quién mejor y más brevemente expresó lo que son los sueños y su errático pero bello sentido fue Schopenhauer cuando dijo que «durante la vigilia leemos el libro de la vida; durante el sueño lo ojeamos».
Etiquetas:
Alice Liddell,
Etología,
Hobson,
Lewis Carroll,
McCarley,
sueños,
teorías neurológicas
Suscribirse a:
Entradas (Atom)













