Imaginaros qué vais al cine a ver una película sobre un escape radioactivo en una central nuclear y la peli está bien, como «El Síndrome de China» o aún mejor; buena dirección, buenos personajes, conflictos interesantes, bien llevados y bien resueltos, puntos de giro sorprendentes y coherentes… una maravilla, vamos. Pero entonces, en el clímax, el héroe o heroína, para resolver el escape radioactivo, ponen un montón de cactus cerca de la central pues, como todos saben, los cactus absorben las radiaciones malas.
Menuda gilipollez, ¿no? Dan ganas de matar a alguien. Ya no sólo porque la peli se haga eco de una leyenda urbana especialmente estúpida —para que un cactus pudiese absorber las radiaciones que irían directas a nosotros desde una pantalla de ordenador u otro electrodoméstico tendría que tener tal masa que se tragaría todo el planeta, la luna y posiblemente unos cuantos asteroides— sino porque un elemento tan crucial de la historia como el clímax se deje en manos de semejante tontería. Pues bien, eso es lo que siento cada vez que aparece la memez de que sólo usamos el 10% del cerebro.Phenomenom
La película de John Turtletaub «Phenomenom», que aquí recibió el sobrio y austero título de «Phenomenom: algo extraordinario más allá del amor», no usa ese disparate como clímax pero sí como punto de partida. Y después vuelve a eso, una y otra vez, de una forma quizá un tanto interesada pues John Travolta, su protagonista, es miembro de la Iglesia de la Cienciología, grupo que defiende que si bien sólo usamos parte de nuestras capacidades mentales podemos implementarlas, previo pago de cuantiosas cantidades a su iglesia, mediante el uso de una maquina que parece salida de una serie B de los años 50.
Volviendo a la película, en ella se nos cuenta la historia de un humilde y simple mecánico de pueblo que, tras ser iluminado por unas misteriosas luces que parecen venir del espacio, aumenta su capacidad mental… pasando a usar mucho más del 10% de su cerebro. Eso le confiere todo tipo de poderes paranormales —como la telequinesis— aparte de convertirlo de la noche a la mañana en un genio. El problema viene cuando se le descubre un tumor en el cerebro que, dicen, quizá sea el causante de ese aumento de su capacidad. Si lo del 10% era un disparate, esto ya es de traca. Es como si nos quisiesen contar la historia de un tipo de metro cincuenta de altura al que la perdida de una pierna le provoca una mejoría repentina en sus habilidades para jugar al baloncesto. Pero bueno, el caso es que el buen hombre, tras contarnos un montón de obviedades —como que hay que cuidar el planeta o que hay que ser buena persona—, muere rodeado de sus amigos.
Sin entrar en su calidad artística o narrativa, pues esta no es una página de crítica, he de reconocer que hay dos cosas que me incomodan bastante.
La primera es que es una copia un tanto descarada de «Charly», la adaptación cinematográfica de «Flores para Algernoon», un impresionante relato corto de Daniel Kayes que siempre está entre los primeros puestos de todas las listas de mejores cuentos de ciencia ficción —o ficción científica, para el pelotón de los listos— de la historia.
La segunda es que todo lo que cambian de esa fuente, en lugar de actualizarla o darle una nueva lectura, hace que la historia original pierda fuerza, intensidad y credibilidad. Charly es un hombre con retraso mental y llega a convertirse en un genio. El mecánico de Phenomenom es un tipo normal: menor distancia y menor conflicto, pues. Charly es un cobaya humano sobre el que se experimenta un medicamento y al otro la cosa le cae del cielo y luego, encima, meten lo del 10% del cerebro y lo del tumor. Y, para más, Charly lucha activamente por curarse y, tras su fracaso, a lo que se enfrenta no es a la muerte del cuerpo, sino a algo mucho más dramático: pierde su inteligencia y a la chica a la que había conquistado para volver a ser el chaval con retraso mental del principio… y vemos como se va diluyendo poco a poco. Terrible. El plano final, con la chica viendo como Charly, el amor de su vida, perdido para siempre, juega con unos niños pequeños en el jardín, es estremecedor. No me extraña que a Cliff Robertson le diesen el Oscar por ese papel.
Frente a la fabulosa historia creada por Daniel Keyes, que usaba una misteriosa medicación como desencadenante y se olvidaba de ella para centrarse en el drama de su protagonista, la película de Travolta le da un montón de bombo al tema del 10% del cerebro, a la superioridad de ese hombre «iluminado» y a todo su mensaje «new age» y cienciológico que quiere transmitir, ahogando bastante el drama personal y restándole credibilidad y fuerza. El cine está para contar historias y emocionar, no para sermonear.El mito del 10% del cerebro
Parece ser que este mito se origina a principios de siglo y que viene más de la mala interpretación de un comentario que del comentario en sí mismo. No está muy claro si dicho comentario se refería a que sólo conocíamos el 10% del cerebro, a que sólo estaba activo un 10% a un mismo tiempo o a que sólo un 10% son neuronas —el resto son las células de «glía» o soporte, sin funciones nerviosas pero fundamentales para que el resto del cerebro funcione—. El caso es que se tomó por donde no era y acabó cayendo en la cultura popular como de que sólo usamos el 10% del cerebro. Todos los creyentes en fenómenos paranormales y cosas por el estilo se abrazaron de inmediato a ese error, pues sustentaba la hipótesis de que aquellos que había conseguido superar esa barrera del 10% eran quienes podían hacer cosas tan increíbles como doblar cucharas, caminar sobre las brasas o adivinar que una persona es sensible y no se siente suficientemente valorada en su entorno.
Ese mito pasó a las revistas, los libros, el cómic, la televisión y el cine… y no es raro ver cada cierto tiempo alguna película en que un supuesto científico cacarea ese mito como si fuese algo de lo más obvio y probado por la ciencia.
Luria ya dijo, hace más de medio siglo, que si cada neurona fuese una lucecita, el cerebro sería como una inmensa ciudad en que esas luces estarían continuamente parpadeando, encendiéndose y apagándose. Desde entonces la ciencia ha avanzado mucho y, con los medios que tiene para investigar el cerebro, puede afirmar con rotundidad que no es que se use más del 10%, es que se usa el 100%. Las pruebas que se pueden aportar, desde las de pura lógica a las más técnicas, son realmente abrumadoras, con lo que resulta sorprendente la resistencia de ese ridículo mito del 10% a desaparecer.
El consumo de energía del cerebro es enorme y trabaja, siempre, incluso cuando dormimos, al máximo. No tenemos suficiente sangre ni procesamos suficientes nutrientes como para aumentar ese ritmo de rendimiento. Como ejemplo citaba la modorra o mareillo que nos entra tras una copiosa comida, pensando que sería porque el sistema digestivo necesita un poco más de sangre, y ese ligero decremento de flujo sanguíneo ya se notaría en el cerebro. Sin embargo esto, como bien que corrigió Aralf, tiene que ver con el aumento de la glucosa en la sangre, algo que demostró Denis Burdakov en el año 2006.
Alguno podría decir que el mito no habla de la materia, del uso de la totalidad de las neuronas del cerebro, sino de las potencialidades, de que sólo lo usamos al 10% de las posibilidades de nuestro cerebro. Ante semejante afirmación habría que preguntarse, entonces, cómo se calcula ese número, ¿cuál es el 100% de las posibilidades y cómo saben que es ese? Evidentemente es una afirmación tan gratuita como decir que las gaviotas sólo vuelan al 10% de su velocidad o capacidad.
Evidentemente los logros literarios de un tipo que manda un SMS a los comentarios de una tertulia del corazón —algo tipo «Belen k wapa eres. Haber si gnas»— y los de Shakespeare distan mucho… pero ambos usan el 100% de su cerebro, sólo que uno para cosas sublimes y el otro para cosas un poco menos sublimes.
