martes, 16 de febrero de 2010

Post especial de carnaval II – máscaras en el cine

Martes, el día grande del carnaval —mi entroido—, y aunque a estas alturas de la vida tengo un mayor interés en el lacón con grelos (de Lalín uno, de Monfero los otros), las orejas y filloas, creo que continuar con las máscaras será más propio de este blog.

Además, he de reconocer que la idea de continuar con la anterior entrada se la debo en buena parte de A Través del Espejo e Il Gattopardo, y los interesantísimos comentarios que me dejaron en ella. También he de recomendar la entrada de Daniel Domínguez en su escuela de los domingos (por su nivel sería más bien una universidad), pues volvemos a coincidir en un tema, algo natural en estas fechas, y sus profundas reflexiones y conocimientos amplían el limitado horizonte de éstas.

Esta entrada, de hecho, no deja de ser más que un comentario a la anterior, una especie de adenda en la que tan sólo me propongo poner unos pocos ejemplos cinematográficos a lo ya comentado, especialmente a esa peculiar técnica teatral griega en la que, gracias a la máscara, un actor podía representar a varios personajes y un personaje podía ser representado por varios actores.

Un actor para varios personajes…
… o lo que es lo mismo, un actor que a lo largo de la narración llevará varias máscaras.

Seguramente el primer ejemplo que nos viene a la memoria es el de Peter Sellers en «Teléfono Rojo: volamos hacia Moscú», en el que interpreta 3 papeles realmente muy diferentes, compartiendo dos de ellos escena varias veces. Aún así ni es el primer actor en hacer eso, ni la primera vez que lo hacía, pues es un recurso bastante típico en los cómicos que se han formado en el vodevil y la televisión (en un programa u obra hecha a base de pequeños episodios independientes los actores interpretarán a un personaje nuevo en cada uno de ellos).

Más recientemente Eddy Murphy ha emulado a Peter Sellers y todo este tipo de actores en la nueva versión de «El profesor chiflado», en la que interpretaba a ocho personajes diferentes. En estos casos la repetición de tantos personajes por parte del mismo actor no era realmente necesaria, y su razón suele ser la de mostrar el virtuosismo del actor a la hora de representar varios papeles a lo largo de una misma historia. Una razón completamente diferente a la que existía en el teatro griego; allí el actor desaparecía tras la máscara y sólo quedaba el personaje, aquí el actor se eleva sobre esa máscara para hacer patente su calidad de interprete. Signo de los tiempos: de aquellas los ídolos eran los dramaturgos y sus personajes, hoy lo son los actores.

El extremo llega al caso de ciertas representaciones teatrales en que un solo actor lleva adelante la historia, interpretando a todos los personajes. Y no se suelen enfrentar a historias sencillas y con pocos personajes. Son (justamente) célebres las representaciones de las obras completas de Shakespeare comprimidas en dos horas y con un solo actor, o incluso una versión teatral de «El Señor de los Anillos» para un único intérprete. En estos casos se da una curiosa paradoja, pues por una parte tenemos el ego de un actor que nos muestra, en toda su gloria, lo que es capaz de hacer, y por otro la humildad de dejar bien claro que lo que importa es la grandeza de la historia y que toda la parafernalia, escenografía, vestuario, efectos y actores que suelen tener detrás son secundarios a ésta.
De todos modos esto nos devuelve a la esencia de la máscara: hacer sonar la voz, y esa multitud de máscaras que se suceden sobre el mismo rostro, al saber nosotros que él está ahí, no dejan de recordarnos a quién pertenece esa única, potente y virtuosa voz… ¡mirad, oh, mortales mis obras y desesperad!

Volviendo a la película «El profesor chiflado», que no deja de ser una reinvención en clave de comedia del clásico de Stevenson «El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde», nos encontramos con que ahí sí reside una verdadera necesidad de que un actor interprete a dos personajes. Cuando éstos representan una dualidad, una personalidad escindida que en la historia comparte el mismo cuerpo y se manifiesta de una u otra manera. Ahí el actor ha de cambiar de máscara de forma coherente y siguiendo el propio cambio de máscaras del personaje. Aunque requiera una buena capacidad interpretativa, ya no es una cuestión de virtuosismos, es la propia historia la que exige ese juego de máscaras.
Este tema de las personalidades escindidas, que realmente nace con Stevenson, ha tenido numerosas versiones en el cine y la televisión, tanto directas como indirectas, tomando sólo el tema original de esa dualidad (o, a veces, diversidad) para luego desarrollar la historia por otras líneas. Por citar sólo un par de ellas, dos extremos, la fiel versión de 1931 dirigida por Robert Mamoulian con un extraordinario Frederick March, y la reciente serie «Los Estados Unidos de Tara», completamente alejada del original y que, al igual que otras (como la muy superior «Las tres caras de Eva» de Nunnally Johnson) explora como nuestra identidad no es más que la suma de una serie de seres que reaccionan de una u otra manera en función de las circunstancias, quizá necesarios para sobrevivir a un mundo tan cambiante y exigente como el nuestro; lo que pasa es que, en estos casos tan extremos, el «yo» cae y las máscaras se adueñan por completo de la personalidad.

Un caso muy especial de escisión es cuando no se produce en un solo cuerpo, si no en dos, como es el caso de los hermanos de caracteres opuestos (Caín y Abel, Rómulo y Remo... y mil posibles ejemplos más), que llega a un extremo de fuerza metafórica cuando son gemelos. Hay muchas películas con gemelos muy diferentes, desde la simpática comedia de Preston Sturges «The Palm Beach’s Story» (donde, por cierto, nace el estilo rápido y moderno de escribir e interpretar los diálogos) al sórdido drama de Cronenberg, precisamente titulado «Gemelos».
Uno, que tiene su puntito mitómano, se queda con la curiosa y poco conocida película de Robert Siodmark «The Dark Mirror», en que una guapísima Olivia de Havilland interpreta a dos gemelas, una buena y otra malvada. La malvada comete un crimen y ambas se declaran inocentes… y el juez, pese a los numerosos testigos, al no poder condenar a una persona inocente y no poder determinar cuál cometió el crimen debe dejar libre a las dos. El problema llega cuando el detective del caso se enamora de una ellas… y nunca puede estar seguro de si está con la bondadosa mujer a la que ama, o con la psicópata asesina de su hermana.

Un personaje para varios actores…
… o lo que es lo mismo, una máscara que a lo largo de la narración es llevada por varios actores. Realmente esto va, además de contra el ego del actor, contra la lógica de la narración, pues ya que ahora se actúa sin máscaras el espectador se sentiría muy confundido si, de repente, un personaje aparece con el rostro de ese actor.

Evidentemente, si el personaje lleva una máscara, es posible que se haga ese juego sin que nadie se dé cuenta y continuar manteniendo el hechizo de la historia. Esta es la clave del trabajo de muchos especialistas que, en planos generales y muy arriesgados, sustituyen al actor para las escenas de riesgo sin que se pierda la continuidad de la historia.

También hay una sucesión de actores sobre el mismo personaje en el caso de que exista un largo paso de tiempo y este tenga que crecer. Un caso muy simpático es el de «Conan el bárbaro», donde Jorge Sanz interpretaba a un joven Arnold Schwarzenegger; el paso del tiempo nos ha demostrado que Jorge Sanz, si bien acabó siendo un gran actor, no ha tenido un físico demasiado parecido al del actor austríaco.

En otros casos, sobre todo en televisión y para personajes secundarios, se hace la sustitución por la cara, sin más ni más, cuando un actor no puede continuar en la serie. La mujer de Ross, en Friends, por ejemplo, fue interpretada por dos actrices diferentes… y nadie se quejó mucho.

Y en el caso de sagas cinematográficas también asumimos perfectamente que varios actores se pasen la misma máscara unos a otros, como el caso de las de James Bond o las de superhéroes como Batman o Superman.
No me puedo resistir a citar al personaje-máscara más popular de los últimos 30 años... En Darth Vader encotramos todo estoesto: llevaba una máscara, fue interpretado por varios actores (y especialistas), su voz no era la de ninguno de ellos y a lo largo de la saga pudimos observar cómo iba creciendo desde un niño hasta convertirse en un joven y, posteriormente, en el amargado y malvado adulto que llevaba esa máscara. Y si nos resultaba tan grande y misterioso quizá fuera por eso, porque tras esa máscara no podíamos saber qué había, podía ser la nada, alguien feo, bello, aterrador, deforme... o, quizá lo más aterrador de todo, alguien normal. Ningún actor nos podría haber dado todo lo que nos dío esa máscara.  

Otro caso bastante extremo es el de «El imaginario del doctor Parnassus» en el que la muerte de Heath Ledger a mitad de rodaje obligó a cambiar la historia para que su personaje, de alguna manera, pudiese metamorfosearse y ser interpretado por varios actores. Si nos fijamos, en todos estos casos el cambio de máscara suele obedecer a necesidades de producción o de relanzar personajes y franquicias agotadas, no a una necesidad de la propia narración… aunque en este caso ese imperativo de producción llevó a cambiar la narración en sí misma, y la película salió ganando.

Dos ejemplos finales
Para acabar me quedo con dos películas, dos ejemplos que se levantan sobre los anteriores, pues en ellos el juego de máscaras actor/personaje no está por encima de la historia, sino que es la esencia de la historia.
En «Zelig» Woody Allen interpreta a un hombre que ha llevado al extremo nuestra capacidad y necesidad de adaptar nuestra conducta a las circunstancias hasta el punto de que cambia físicamente, habla nuevas lenguas y adquiere habilidades que no tenía. El problema, el gran problema, es… ¿quién es Zelig? ¿Y quién somos nosotros? ¿Hay alguien debajo de la suma de nuestras reacciones al mundo que nos rodea? ¿Somos un mero prisma de espejos que refleja la realidad? Quizá nos guste llevar máscara porque, de quitárnosla, desvelemos un profundo abismo o tan sólo la suma de las cicatrices que la vida ha dejado sobre ese espacio vacío que nos gustaría poder llamar nuestro yo.

En «Carretera Perdida» esto se lleva a un extremo patológico y aterrador cuando a mitad de película un hombre se despierta convertido en otra persona completamente diferente (y, por tanto, otro actor) en una historia oscura, aterradora e impregnada de sangre y sentimientos de culpa. Puede ser una psicosis vivida desde dentro, una pesadilla puesta en imágenes… o sencillamente otra forma de preguntarse lo mismo que Woody Allen, sólo que aquí el humor es sustituido  por el horror.

No es que quiera enmendarle la plana a los griegos, pero me da la sensación de que quizá las dos máscaras no son la risa y las lágrimas (extremos del mismo continuo: la emoción), sino la carcajada y el espanto.

15 comentarios:

Daniel Domínguez dijo...

Estupendo artículo. Por añadir dos ejemplos al apartado final que no los necesita, otra peli de Lynch, "Mulholland Drive" y "El club de la lucha" de David Fincher. Lo dicho, un comentario de texto brillante al tema de la máscara y la interpretación.

Elperejil dijo...

Muchísimas gracias Daniel... ya sabes lo mucho que valoro tus opiniones. Muy buenos los ejemplos que pones... especialmente el de "El club de la lucha", de las pocas pelis en que ese recurso del "era él" funciona muy bien. La verdad es que sí se merecería estar entre los ejemplos citados.

Lo de "comentario de texto" me ha devuelto por un instante a mi época de la Escuela de Imagen, a cuando nos dabas clases... y estos breves viajes al pasado, con los 40 recién estrenados, se agradecen un montón. ;)

La navaja en el ojo dijo...

Qué buenos los dos posts. En el primero he aprendido cosas que desconocía y que me parecen interesantísimas. Lo de que el actor se fundiese completamente tras la máscara hasta el punto de poder cambiar sin que nadie lo tuviese en cuenta es algo que se debería saber y que los actores tendrían que tener en cuenta. Se me ocurre que incluso podría ser un buen ejercicio para una escuela de interpretación y también un buen planteamiento para una obra de teatro experimental contemporánea.

Este artículo de ahora lo que me ha hecho es reflexionar. Existen también las películas de espías en las que la persona, por su profesión, está cambiando constantemente de rostro (un ejemplo bueno, con una película mala, sería el 'Chacal' moderno). Probablemente estas personas que se infiltran en lugares y fingen que son quienes no son, al cabo de un tiempo no saben ellas mismas quiénes eran, como lo que dices de 'Zelig'. Y quienes les rodean lo sabrán menos aún. Me contaba una amiga que salió con un hombre casado que era agente de una cosa de estas y cuya identidad entera (desde el nombre hasta la profesión) era falsa. Supongo que ni la verdadera mujer ni mi amiga podrían confiar jamás en nada de lo que les dijese un hombre que vivía de mentir, pero claro, eso no significa que otras personas con otras profesiones no puedan engañar con la misma facilidad y ante ellos no hay tanta precaución.

Esta frase es la que más me invita al a reflexión: "¿Hay alguien debajo de la suma de nuestras reacciones al mundo que nos rodea?".

Se me ocurren 'Ese oscuro objeto del deseo' y la versión desquiciada de Todd Solondz: 'Palíndromos'. No sé si lo que se estudia ahí realmente es la dualidad de las personas y la máscara que puedan llevar o la percepción de los demás sobre alguien, es decir, que el cambio de las actrices podría responder al punto de vista del hombre. Por lo tanto, quizá no son ejemplos exactos de lo que estás tratando aquí.

Lola Mariné dijo...

Como de constumbre una entrada muy interesante y completa.
Saludos.

Il Gattopardo dijo...

Buen trabajo, sin duda. Es un placer leerte (y gracias por el cumplido). Para empezar diré que hoy he comido lacón con grelos por primera vez en mi vida y del empacho creo que voy a estar 3 días sin comer.

La verdad es que la dualidad identidad-máscara va siempre íntimamente relacionada. Si realmente somos una suma de las experiencias vividas, decisiones tomadas -que crean frustraciones en muchas ocasiones- (aunque Butler añadiese que también lo son las decisiones no tomadas) y estas las provocan las personas y situaciones que compartimos a diario, uno a veces e plantea si no hay algo de insano en todo esto. Me explico. Si utilizamos máscaras al igual que la gente con la que nos relacionamos, a veces la mentira puede ser contraproducente al no producir una sensación pura en nosotros, alimentando traumas o pulsiones reprimidas. ¿Realmente las convenciones son tan importantes como pensamos para que el mundo funcione? Aunque tal vez no sea eso lo que persigamos, por otro lado.

Siento un poco más sintético a partir de ahora (se que lo agradeceréis, jajaja), me parece un gran aporte la película 'The Dark Mirror' que aún no he visto pero pienso ver para poder comentarla a gusto. El ego en los actores es algo que muchas veces se convierte en su método de supervivencia. Carlos Iglesias me comentaba no hace mucho que no en vano es la profesión con mayor índice de paro (89% aprox. según datos que me facilitó). Por eso Jorge Sanz es nuestro macho español. No, ser freak no se considera una profesión aún. Con respecto a otros referentes de la máscara en el cine, creo que más importante son los aspectos psicológicos de los personajes, cómo se presentan en la escena en multiplicidad de formas aunque con una misma máscara. "American Psycho" (una apología del culto al cuerpo postmoderna), "Match Point" (del propio Allen e inspirada en la novela de Dreisser "An American Tragedy") o más cercanos al ejemplo de La Navaja como "Mentiras Arriesgadas" o los conflictos de personalidad de "The Moon", "El último gran Héroe", "La Rosa Púrpura del Cairo"... infinidad de ejemplos tenemos en el cine. Existen casos en los que el actor fue remplazado por necesidades de producción pero rozando lo absurdo, cómo el caso de "Plan 9 del espacio exterior" (cuando Bela Lugosi llevaba 3 años muerto se rodó la película tirando de imágenes de archivo entremezcladas con un actor que se hacía pasar por él tapándose la cara con una capa). Como contrapunto, "La transformación" de Kafka, donde existe un cambio físico del protagonista (Samsa) convirtiéndose en una especie de cucaracha gigante de la noche a la mañana. Los conflictos de personalidad se ven enfrentados a la preocupación de los padres de Samsa por el: "¿Y qué hacemos con el niño cuando vengan las visitas?" o más comúnmente reconocido como "el que dirán". Máscaras, máscaras y más máscaras para un mundo en el que todos somos avatares de nosotros mismos viviendo en una realidad proyectada. Un juego de rol online en el que participamos pasiva o activamente las 24 horas del día.

Como dije en el otro post, el arma de defensa más utilizada por el ser humano es la mentira. Y ante eso, nos ponemos un caparazón y una máscara para no llevarnos sorpresas desagradables. Es la pescadilla que se muerde la cola. Siempre nos quedará el lacón con grelos.

A través del espejo dijo...

Hola de nuevo,

Me parece que este comentario habría encajado igualmente bien en la entrada de Daniel.
De todos modos, lo dejo aquí por completar una impresión personal sobre la máscara y el amplio espectro (y nunca mejor dicho) de metáforas que es capaz de motivar. Os dejo la que tengo por más impactante [no hace falta que cite autor ni obra]:

"Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo."

Elperejil dijo...

He estado fuera unos días (y al regreso pesqué una buena gripe), y por eso aún no he respondido nada. Ha sido todo un gusto volver y encontrarme con tan amables e interesantes comentarios. Muchas gracias a todos. Iré uno a uno. Se lo merece.

Elperejil dijo...

Navaja, cuando descubrí eso mismo de los actores griegos y sus máscaras (hace bastantes años y aún me acuerdo) pensé lo mismo que tú: sobre los egos y sobre lo interesante que resultaría hacer algo así en una obra o una escuela.

Lo de los espías también resulta muy interesante. Todo un tema para un gran historia (creo que hay una peli que me recomendó Uralito hace tiempo, "Los espías", de Clouzot, que trata ese tema y lo ambienta en un psiquiátrico; a ver si le echo un vistazo) tanto por ese personaje que puede acabar perdiéndose en su juego de máscaras como lo de las personas que han de vivir con él. Muy interesante.

Por otra me has metido las ganas de ver, "Palindromos", que la tenía pendiente.

Jeje... de tu comentario salgo con "deberes". No te extrañe, más adelante, ver aparecer esas pelis por este blog. ;)

Elperejil dijo...

Muchas gracias, Lola. Tus comentarios siempre me dan ánimos. :)

Elperejil dijo...

Me alegra que Il Gatopardo haya descubierto los deliciosos excesos del lacón con grelos y que vaya a disfrutar de The Dark Mirror, una película menor pero muy interesante, entretenida y que da algo para pensar.

Por lo demás, muy interesantes tus comentarios y todos los ejemplos que citas. Realmente el tema de la máscara, de las dualidades y de la identidad daría para muchísimo, tanto para verlo en el cine como en nuestras propias vidas.

Un tema anexo, que viene a colación de lo que comentas, es que quizá gracias a esas máscaras, esas mentiras, a veces encontramos la fuerza o la forma con que vestir ciertas verdades sobre nosotros mismos que, de otra manera, no seríamos capaces de mostrar. Quizá, en algunos casos, las máscaras cumplan la paradójica función de hacer salir la verdad; en este caso sí serían "resonadoras" de esa verdad más profunda. Si bien es cierto que la mayor parte de las veces su función es más defensiva, como un escudo. De hecho, las puñeteras tiene forma de escudo. Un curioso híbrido de escudo y altavoz.

Tampoco deja de resultar paradójico que sobre la máscara, en mi caso, esté hablando un pingüino llamado "elperejil", jaja... quien, sin duda, no soy yo pero tiene muchísimo de mí.

Elperejil dijo...

También resulta muy adecuada la cita de Poe que nos trae "A través del espejo", sin duda una de las máscaras más célebres e importantes dentro de la literatura.

Il Gattopardo dijo...

Bueno, no seas duro contigo mismo,jaja. Yo también lo hago. Aunque nos ocultamos parcialmente, llamémoslo por un elegante alter-ego o pseudónimo, es fácil dar con nosotros. Lo del altavoz, puede darse, pero como dices es en un número más reducido de casos y aunque nos de valentía estar tras una máscara, siempre es fácil tergiversar las cosas y llegar a una completa falta identificación con lo representado (o proyectado). Pero ojo, aquí el psicólogo eres tú,jajaja. Es curioso, porque tras escribir mi comentario (no debería escribirlos a esas horas porque luego tengo lapsus -nota mental-) me acordé de "Persona". Y es que todos/as deberíamos probar alguna vez a ser Elisabeth Vogler.

Genial cita de Poe. No tengo más que añadir.

Elperejil dijo...

Muy bueno el ejemplo de "Persona"... y se puede decir que en esa película, entre muchos otros, se trata el tema de las más máscaras de carne y de la identidad. Y qué bellas máscaras, la Ullmann y Bibi Anderson. Otra gran película para revisar y considerar tratar aquí... qué de deberes me ponéis, jaja...

jordim dijo...

Peter Sellers era Dios.

Elperejil dijo...

Sí... y dada su capacidad para interpretar varios papeles, el dios de una religión politeista. ;)

Gracias por el comentario jordim