Esta entrada tiene origen en una de Juan Polo, para vayatele, y en los comentarios que la siguieron. Vaya para él y los que sumaron esos comentarios mi agradecimiento.
Aunque ahora se ha puesto de moda usar el término «cliffhanger» (de origen literario y británico) para designar el que un capítulo de una narración seriada acabe con un giro inesperado, en nuestro idioma ya teníamos la expresión «gancho» que, desgraciadamente, se usa cada vez menos. Supongo que esto ocurre porque usar un término en inglés parece que da más empaque o hace parecer a uno más experto, cosmopolita o «técnico», cuando la realidad verdad es que lo único que se consigue es empobrecer el léxico.
Aquí abajo podemos ver a Lucille Ball parodiando uno de esos finales en «cliffhanger» para la revista Life, o sea, quedándose colgada de un risco; y también a un guionista preparando un gran gancho para el final de un capítulo.
Origen del concepto
El gancho no consiste en otra cosa que en partir un punto de giro a la mitad y dejar pendiente su resolución y consecuencias para el siguiente capítulo. Lamentablemente a veces se hace trampa y es un falso giro, que se resuelve con una tontería y no provoca consecuencias ni hace avanzar la acción. Por ejemplo, nuestro héroes entra a robar algo que necesita y es descubierto… chan, ¿qué pasará? Entonces, la siguiente semana, descubrimos que el que lo ha descubierto es un amigo y no pasa nada… pues vaya morro, eso no es un punto de giro ni es nada, es un truco sucio, una trampa ignominiosa que empeora la narración y cabrea al espectador o lector. También resulta bastante pobre situar al héroe en una situación de peligro y resolverla en el siguiente capítulo con una simple escena de acción, dejando que la acción continúe a partir de ahí en el punto donde ya estaba, sin que ese potencial giro haya afectado en nada. Aunque no es tan descaradamente pobre como lo anterior, anula el efecto dramático de ese acontecimiento y no es más que una distracción en la narración, una escena que no aporta nada ni hace avanzar la historia; una trampa un poco más sofisticada, pero igual de vacía, que la de continuar en falso.
Aristóteles, en su «Poética» ya teorizó sobre ello. La trama o «fábula», lo que él llamó mythos, se compone de una serie de elementos (que coincidirían con lo que hoy llamamos puntos de giro) y que podrían ser de tres tipos (para más y mejor información sobre el término «mythos», que en la primera versión de esta entrada explicaba mal, ver, más abajo, el interesantísimo comentario de Uralito):
-La anagnórisis, agnosis o revelación, que es cuando el cambio en la acción se produce por una información (o deducción) que hace que todo cambie para nuestro personaje. Un clásico ejemplo es el final de «El imperio contraataca», cuando Luke descubre que Darth Vader es su padre. Ahora, a raíz de esa película, a este tipo de giros finales tan fuertes y que dan un nuevo sentido a la historia, se le llama también un «Empire», lo que es una solemne gilipollez, pues, de referirlo a una historia, sería justo llamarle un «Edipo», pues es uno de los primeros y más potentes finales en anagnórisis de la historia de la narrativa.
-La peripecia o cambio de fortuna, que es cuando ocurre un hecho (lo ideal es que sea provocado por las acciones del personaje protagonista y no fortuito o causado por otros) que cambia el sentido de la acción y su tono, pasando de positivo a negativo o viceversa. Es el más usado y frecuente, y ejemplos habría mil. Por seguir con ese momento de «La Guerra de las Galaxias», por ejemplo, sería el momento en que Luke decide enfrentarse a Darth Vader para rescatar a sus amigos y es derrotado, aunque consigue huir gravemente herido.
-El pathos, o lance patético, que es cuando lo que ocurre es una muerte, daño, pérdida o sufrimiento. La muerte de Obi Wan Kenobi, en la primera parte, sería un buen ejemplo de ello, igual que la captura y congelación de Han Solo en esa segunda parte de la saga.
Por supuesto, estos tres tipos o elementos que pueden componer un giro pueden darse en conjunto, ordenándose de uno u otro modo. Esto, para Aristóteles, era lo más adecuado. Por ejemplo, en ese final de «El Imperio contraataca» vemos como la acción (enfrentarse a Darth Vader) provoca la peripecia de la derrota y, ésta, la revelación o anagnórisis de que su peor enemigo es su padre, que le ofrece unirse a él. Esto causa un intenso sufrimiento o pathos (físico, al perder la mano, y anímico al ver que tu enemigo es el padre a quien creías un héroe), que será la semilla de las futuras acciones y resoluciones por parte del personaje.
Pues bien, crear un gancho, sería dejar ese giro en suspenso en alguno de sus puntos clave. En medio de la derrota sin conocer cómo será su salvación; justo después de la revelación, sin saber qué implicará eso (si se unirá a su padre o se enfrentará a él): o en medio del sufrimiento del sufrimiento que suponen sus heridas (o la reciente pérdida de su amigo Han Solo) sin saber cómo saldrá de eso o qué consecuencias tendrá ello en el personaje.
Aunque Aristóteles y los dramaturgos griegos no teorizaron sobre el gancho, pues sus narraciones se presentaban como un todo, en una única sesión, sí sabían la importancia de esos pequeños momentos de suspenso, de la necesidad de crear esa tensión en el espectador sobre qué es lo que va a pasar a continuación para que, así, continuase pendiente de la historia. Estas ideas —y las muchas otras que encierra la Poética de Aristóteles—, con el paso de los siglos, han sido ampliadas y refinadas por otros estudiosos y narradores, pero en el filósofo estagirita ya está el germen de toda nuestra moderna teoría narrativa.
Primeros usos
En las «Mil y una noches” la princesa Scheherezade se casa con el Sultán Shahriar. Este poderoso monarca tenía la cruel costumbre de casarse con una virgen cada día y decapitarla al día siguiente, para así casarse de nuevo y estar siempre «de estreno». Pero no contaba con que nuestra heroína debía de saber algo de los principios rectores de la narrativa, pues la buena mujer, tras la debida sesión de sexo, comienza a contarle una historia que al llegar el amanecer queda inconclusa, justo en medio de uno de esos potentes puntos de giro o revelaciones, dejando al sultán terriblemente intrigado. Ante su necesidad por saber cómo continúa la historia le perdona la vida para que siga con esos relatos. Y así, noche tras noche, Sheherezade va enredando al rey en todo un cúmulo de historias, siempre finalizando cada una con un gancho, y cuyas lecciones van sembrando poco a poco la moralidad y la compasión en el tirano, haciendo que finalmente renuncie a su salvaje costumbre. Toda una gran metáfora sobre el poder de la ficción sobre el espíritu humano.
Pude disfrutar en mi infancia estas historias en la edición de tres volúmenes de Aguilar, traducida directamente del árabe por Rafael Cansinos; todo un mundo de historias que realmente enganchan y transforman. Thomas Pynchon homenajeó a Sheherezade de una forma un tanto paródica en esa otra obra maestra que es «Mason&Dixon», siendo su princesa un pastor anglicano gorrón que intenta prolongar su estancia en casa de unos parientes a base de contarles historias a sus hijos y, así, mantenérselos entretenidos.
El término «cliffhanger» aparece en el siglo XIX, cuando este tipo de finales en suspenso eran muy típicos de los seriales literarios que se publicaban en los periódicos o en folletines. Dickens, Dostoievski, Tolstoi, Wilkie Collins o Poe (la «Narración de Arthur Gordon Pym» es ejemplar en el uso de ganchos finales en cada capítulo), entre muchos otros, publicaron así algunas de sus grandes obras.
Sería Thomas Hardy, en 1873, quien crearía el término en la novela seriada «A Pair of Blue Eyes» (podéis encontrarla en castellano como «Unos ojos azules», editada por Mondadori), cuando una de las entregas finalizaba con el héroe en peligro, literalmente colgando del risco de una montaña —que es lo que significa «cliffhanger», quedar colgando de un risco—.
A partir de ese celebrado gancho se comenzó a llamar así, en inglés, a ese tipo de finales de los capítulos de publicaciones seriadas. Wilkie Collins definió muy bien la esencia de ese arte al definir el trabajo del novelista como: «Hacerles llorar, hacerles reír… y hacerles esperar»
En castellano no sé quién sería el primero en usar la expresión «gancho» para ese tipo de finales, pero es evidente su sentido de «enganchar» al lector para que continúe con esa historia en el siguiente número de la publicación.
Con la llegada del siglo XX el cine (y el comic, dentro de las artes gráficas) fue desplazando en popularidad a esas publicaciones seriadas y la gente comenzó a acudir a los cines a ver series de cortos («Fantomas», «Los peligros de Pauline», «Flash Gordon»…) que continuaban de una semana a otra, jugando con ese tipo de finales en gancho.
Luego el relevo se lo tomó la radio y la televisión, que ya desde muy pronto jugaron con esos ganchos que aún se siguen usando hoy en día con el mismo objetivo que cuando nacieron: conseguir ganar el interés del espectador para que acuda la siguiente semana a ver cómo continúa esa historia.
Incluso se llegan a usar en el interior de un capítulo, para dejar algo colgando antes de ir a publicidad y mantener al espectador pendiente de lo qué va a pasar, intentando evitar que cambie de canal y se pase a otro programa. Personalmente viví esa experiencia, pues en una de las series en las que trabajé teníamos control sobre el lugar donde iban los cortes publicitarios (tenían que ser dos) y estructurábamos cada capítulo en función de ellos, dejando potentes ganchos antes de irnos a publicidad.
De fracasar en esto, en nuestra tarea de «enganchar» al público, a guionistas, actores, productores y demás técnicos, nos espera un destino (metafóricamente) similar al de todas las antecesoras de la bella y astuta princesa Sheherezade…
¿Por qué funcionan tan bien los ganchos? Explicaciones neurológicas
En GenCiencia daban una torpe explicación de por qué funcionan los ganchos, según la que estos provocan que nuestro cerebro suelte dopamina y que, cómo la dopamina está relacionada con el placer (nuestro «juez del placer» la llamaban), pues por eso nos da gustirrinín que nos dejen en ese suspenso.
Bueno, algo de eso hay, pero es como decir que el coche acelera porque el oxígeno entra en el motor. Pues sí, que el oxígeno se mezcle con la gasolina es importante para que el motor funcione y así el coche acelere, pero hay mucho más metido por medio, como que el conductor pise el acelerador y que entren en juego otro montón de elementos relacionados con el coche y la carretera. Pues en el caso del cerebro, infinitamente más complejo que un coche, imaginaos…
Aparte de reduccionista, esa explicación centrada en la dopamina pecaba de falaz, en concreto caía en una falacia de «petición de principio», trampa lógica en la que la causa se convierte en el efecto. Sería como decir que algo es placentero porque nos provoca placer al soltar dopamina y, ¿por qué suelta dopamina?, pues porque es placentero; un razonamiento circular que realmente no explica causa alguna.
De estudiante trabaje un tiempo en el departamento de psicobiología como colaborador. Estos temas de neuropsicobiología siempre me fascinaron y por eso me cabrea la tendencia al reduccionismo facilón que se ve en algunas publicaciones generalistas de divulgación, tanto online como en papel. Es algo que pasa en este área de la ciencia y en muchas otras; un amigo, biólogo, cada vez que lee lo de «hallado el eslabón perdido de» en un periódico de gran tirada, se sube por las paredes. Pero vayamos con lo de la dopamina.
La dopamina es un neurotransmisor del grupo de las monoaminas, uno entre las decenas y decenas de diferentes neutransmisores que hacen funcionar nuestro sistema nervioso. Está implicado, en interacción con muchos otros, en varias funciones como el control del movimiento, el sistema endocrino, la lactancia, la memoria, la motivación... y la búsqueda de placer, sí. Ciertos sistemas dopaminérgicos (o sea, grupos de neuronas que funcionan con dopamina) se disparan ante las recompensas primarias (comida, sexo, relajación; todas ellas cosas placenteras de por sí) o ante los estímulos asociados con ellas. Y la clave está en esto segundo: los estímulos asociados a las recompensas primarias, o sea, lo aprendido. Para que algo, como un gancho narrativo, produzca ese disparo dopaminérgico ha de estar previamente asociado al placer, debemos de haber «aprendido» que eso es placentero o bueno. Con lo que la dopamina NO provoca que nos gusten los ganchos, sino que es más bien lo contrario: que nos gusten los ganchos provoca que se dispare la dopamina de esos sistemas.
Así, el que un determinado elemento narrativo (como el gancho) nos produzca placer depende más de nuestra «historia de aprendizaje» respecto a él que del estímulo en sí mismo. Esos ganchos resultarán placenteros en las personas que así los juzguen y que, a base de verlos en uno o otro sitio, sepan que se lo pasan bien con ellos. Igualmente mediará que, por diferentes razones, la serie en su conjunto sea del agrado de esa persona, pues entonces es cuando sí le interesará saber cómo continúa y deseará saber qué les va a pasar a los personajes. Sin embargo, si ese recurso ha sido asociado a un «no me gusta» (como era el caso de Teresa, una de las comentaristas del artículo de vayatele, que odiaba los ganchos) no se producirá ningún tipo de respuesta dopaminérgica ante él. Igualmente el gancho nos traerá sin cuidado si la serie, en su conjunto, no ha conseguido interesarnos o entretenernos lo suficiente.
También es bueno tener en cuenta que en el placer, aparte de la dopamina, intervienen otros sistemas y neurotransmisores (como las endorfinas). De hecho, la respuesta placentera ante un estímulo primario es más o menos sencilla de interpretar y seguir (ante la comida o el sexo, por ejemplo), pero cuando se trata de algo tan complejo como un gancho, ese placer estará mediado por la cultura, la experiencia personal previa, el estado de ánimo del momento, la percepción y análisis de lo que nos cuentan, el enjuiciamiento de si nos gusta o no… Así pues, en la respuesta placentera o de desagrado ante un gancho, intervienen muchísimas estructuras del cerebro y están implicados decenas de neutransmisores diferentes.
Lo de hablar sólo de la dopamina y ponerla de protagonista va mucho con las modas (aparte de los estudios serios sobre ella, que los hay y muy buenos) pues el mal funcionamiento de sus sistemas está relacionada con temas tan interesantes como la esquizofrenia, el Parkinson o las drogas; aparte de que es un neurotransmisor fácil de seguir pues es relativamente escaso en el cerebro (por eso se estudia con más facilidad), pues otros, como el ácido glutámico, están muchísimo más presentes y no es tan fácil aislar su acción.
Así que para responder a la cuestión de por qué nos gustan los ganchos, quizá haya que abrir el foco y acudir a conceptos más globales y que recogen de forma conjunta procesos más amplios que las simples conexiones neuronales o su bioquímica.
¿Por qué funcionan tan bien los ganchos? Explicaciones psicológicas
Artgraffer, otro comentarista de vayatele, acudía al efecto Zeigarnik para explicar por qué funcionan esos ganchos. Este efecto, estudiado por la psicóloga Bluma Zeigarnik a partir de trabajos anteriores de Kurt Lewin, consiste en que nos resulta más fácil recordar tareas o hechos incompletos que aquellos que han sido finalizados. Lo comenzó a estudiar a raíz de una observación de Lewin, que comprobó como los camareros recordaban mejor los pedidos que aún no se habían pagado que aquellos que ya se habían pagado (y estaban, por lo tanto, completos). De sus trabajos se llegó a conclusiones tan útiles como que para estudiar es mejor hacerlo en periodos relativamente breves, con pequeños descansos entre ellos, que en grandes y largas sesiones de memorización sin esas rupturas.
Sin embargo, este fenómeno más bien explicaría que, de seguir varias series, nos acordásemos mejor de los detalles de aquellas que han cerrado el capítulo con un gancho (lo cual es cierto), aunque tampoco nos explica por qué el gancho funciona tan bien a la hora de mantener la atención y fidelidad del espectador.
Para eso podemos invocar otro principio rector de la psicología humana: nuestra tendencia y necesidad a apreciar las formas como enteras y los objetos como parte de un todo reconocible y cerrado.
Sobre esto teorizó mucho la Gestalt, una corriente dentro de la psicología (a la que pertenecían Lewin y Zeigarnik) que estudió los procesos cognitivos como un todo que no se podría explicar con la simple suma de una serie de procesos menores (vista, memoria, reconocimiento…) sino como un proceso superior en sí mismo. La famosa frase: «el todo es más que la suma de las partes» definiría muy bien su punto de vista.
Se hicieron muy populares por el uso de toda una serie de experimentos, ilusiones ópticas y problemas de lógica que ilustraban y demostraban varios de sus principios. Aquí abajo, en estas ilustraciones, vemos algunos de ellos.
Este primero muestra la «ley de la proximidad» o nuestra tendencia a considerar que los objetos cercanos forman parte del mismo todo o grupo.
Este segundo la «ley de la reificación» o nuestra tendencia a buscar figuras básicas y conocidas como ese triángulo, esa esfera y esa serpiente que se insinúan sin estar ahí.
Podría poner muchos más, pero el que más nos interesa es este tercero, la «ley de cierre» nuestra tendencia a cerrar y ver como completos objetos que no lo son.
Aparte de en estos dibujos, esto lo podemos ver en las diferentes culturas humanas. Así, por ejemplo, todas "agrupan" las estrellas en constelaciones (no siempre las mismas, claro), y ninguna queda fuera, pues esa es nuestra tendencia natural: categorizar, agrupar, cerrar, dar lógica y orden a todo lo que nos rodea.
Con las historias pasa lo mismo: queremos historias completas, acabadas, cerradas, en que sepamos lo que pasa... y por eso los finales incompletos, los ganchos, nos crean la necesidad de saber cómo se completa esa narración, o sea, de acudir a la semana siguiente a ver qué pasa y cómo continúa la historia. Más que un placer, es una necesidad… pues el placer ya nos lo han proporcionado a lo largo del resto del capítulo. Con sus giros, esos pequeños misterios y sorpresas (ya cerrados) que han hecho avanzar la historia, con sus personajes, conflictos, tramas… ahora nos dejan a medias, con la acuciante necesidad de volver para poder completar el dibujo, la forma de esa historia.
Pero, claro, para que eso ocurra primero hemos de estar implicados en ese proceso cognitivo, hemos de estar verdaderamente interesados de por sí en la narración, con lo que la serie, novela, película o relato ha de atraernos desde su principio hasta ese fatídico gancho que nos va a dejar con ganar de más.
Así, el gancho, más que placer generaría en nosotros la necesidad de completar la figura narrativa y esa sería la fuerza que nos impulsaría a volver, una y otra vez, como el sultán, a los brazos de nuestra personal Sheherezade.
Resumiendo
Los fenómenos muy sencillos, como la reacción placentera ante la inminencia de una comida que huele a gloria, son más o menos fáciles de explicar en función de sus elementos nucleares o bioquímicos. Pero cuando ya nos encontramos con un fenómeno tan complejo con una narración, en la que están implicadas decenas, quizá centenares, de estructuras y elementos de nuestro cerebro, lo más útil es abordarlo desde una perspectiva más general, acudiendo a conceptos y principios cognitivos que darán mejor cuenta de ello.
Aún así, y es algo que hay que tener muy presente, darán sólo una visión, una faceta más, sobre el fenómeno en cuestión. Es como si la narración fuese un inmenso poliedro con mil caras. La psicología puede dar cuenta de unas cuantas y revelarnos información y hechos interesantes, e incluso sorprendentes, pero aún dejará muchos fuera. La sociología, la historia, la teoría narrativa, el análisis artístico y otras disciplinas iluminarán otras facetas, diferentes o comunes con las anteriores, y así iremos teniendo una visión cada vez más compleja y amplia de todo el fenómeno. Pero nunca será total. Siempre habrá lados, lugares, que quedarán más allá de nuestra visión, de nuestra capacidad de análisis. Y, paradójicamente, esos son los más importantes, los que de verdad crean la magia que convierte una simple historia en una pieza de arte y nos emocionan de forma tan intensa como la propia vida.
Podemos agarrar el agua con la mano si la convertimos en hielo pero, entonces, ya no será agua…
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lunes, 30 de noviembre de 2009
El gancho o «cliffhanger»
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