sábado, 10 de abril de 2010

Ángeles y demonios

Con esto de los sueños me empiezo a sentir como Sísifo o, por ir situando el tema, como el niño del sueño de San Agustín, que pretendía vaciar el mar en un hoyo de la playa con una concha de vieira. Cuando me digo que ya está bien y que, aunque queden muchas cosas interesantes fuera, es inevitable por la amplitud del tema y la estrechez de un blog como éste, me doy cuenta de que hay algo que no he comentado y que me parece crucial o, al menos, que se merece unas palabras. O más de la que, hasta ahora, le he dedicado.

En esta entrada hablaré sobre un célebre ángel, «El Ángel Exterminador» de Luis Buñuel, quien ya apareció en la entrada sobre las teorías psicoanalíticas, y de unos demonios, quizá no tan famosos, los que aparecen en «El manuscrito hallado en Zaragoza», del gran director polaco Wojciech Jerzy Has.

Será la última entrada que, por ahora, dedicaré al mundo de los sueños en el cine, pero no digo que no vuelva más adelante, pues tengo en el «cargador» películas que sé que me van a pedir a gritos entrar aquí, como «La mujer en la playa», de Jean Renoir, o «Arcángel» de Guy Maddin, y hay muchos más cineastas que merecerían haber sido mencionados con más detalle en su estrecha relación con el mundo de los sueños, como Erice (en «El espíritu de la colmena»), Greenaway, Jeunet & Caro, Darren Aronofsky, Lars von Trier, Jodorowsky, Kustiruca, Tarkowsky, Bergman, Godard, Disney, Miyazaki, Oshii... entre los muchos otros con que podría llenar la larga lista de omisiones.

Luis Buñuel
Hace relativamente poco, en uno de esos entretenidos debates con amigotes, hablábamos sobre lo que son las innovaciones en el cine y las películas que más han cambiado las cosas. Y se me dio por soltar una de esas frases muy exageradas y radicales, con las que ni siquiera estoy del todo de acuerdo, pero que quedan muy contundentes… lo que se suele llamar «decir una gilipollez», vamos. La cosa es que venía a decir que desde «El nacimiento de una nación» y «El perro andaluz» realmente no se ha innovado nada y que sólo se han pulido cosillas técnicas.

Esta afirmación no sólo es injusta con otros cineastas que realmente han aportado mucho a la narrativa cinematográfica tras esas dos importantes películas, sino también con Germaine Dulac y Antonin Artaud y «La concha y el clérigo» —y sus varios precursores, como Rene Clair con «Entreacto» o Man Ray con «La estrella de mar»—, cortometraje surrealista de casi media hora y anterior al de Buñuel, si bien la fama de «El perro andaluz» lo eclipsó por completo.

Hay que reconocer que Buñuel, tras esa rompedora e influyente película, que instauró la influencia del surrealismo en el cine, no se quedó ahí, sino que se superó con una carrera brillante y muy coherente respecto a las claves estéticas y narrativas que ya asentó en ese proyecto inicial.
Aunque Buñuel seguramente no estaría de acuerdo con la anterior afirmación, pues él consideraba que sus únicas obras surrealistas eran «El perro andaluz» y, su siguiente cortometraje, «La edad de oro». Pero la influencia del surrealismo se deja ver en toda su obra, incluso en los trabajos de encargo, como en el tono y ambientación general —y ciertas escenas— de su versión de «Cumbres Borrascosas», «Abismos de Pasión», en la sobria lectura que da al «Robinson Crusoe» o en la inquietante adaptación que hizo de «Tristana», por citar unas pocas.

En las películas de Buñuel todo parece dispuesto como para que nos sintamos en un verdadero sueño: apenas hay música extradiegética (o sea, la de fondo, la que no sale de algún instrumento o aparato que hay en escena); dentro de la secuencia no suele abusar del montaje y prefiere centrarse en planos generales y una cuidada puesta en escena, abundando los suaves y nada ostentosos planos secuencia; era muy escueto —hasta casi el mutismo— en la dirección de actores, para que estos transmitiesen ese desamparo de «sentirse arrojados» en medio de una realidad diferente, la de la película —ese sueño—; emplea las clásicas y extravagantes yuxtaposiciones surrealistas, a veces con cierto valor simbolista, como la célebre y cruel parodia de «La última cena» en «Viridiana»; busca lo inexplicable en los planteamientos, giros y resoluciones; juega con el tiempo y las perspectivas en el montaje, como esos planos repetidos de los protagonistas caminando por una carretera en «El discreto encanto de la burguesía»; etc.

Tras el inmenso éxito internacional de «Viridiana», Buñuel tuvo la libertad para hacer lo que quisiese en su siguiente película. Y así nació una de sus obras más oníricas:


El ángel exterminador
«El ángel exterminador» es la historia de un naufragio, pero en lugar de ocurrir en una isla desierta, tiene lugar en el salón de una lujosa casa de clase media alta.

Su punto de partida es plenamente onírico: un grupo de burgueses se reúne a cenar y, sin darse cuenta de que el servicio va abandonando la casa poco a poco —como si temiesen lo que va a ocurrir—, al término de esa cena se dan cuenta de que están solos y que no pueden salir del lugar en el que están sin que exista una razón lógica para ello. Sencillamente, no pueden salir.

A partir de ahí se va desarrollando una historia de supervivencia en la que las normas y el saber estar de esa gente se van viniendo abajo según se van alimentando de los restos, destrozando la casa para encender fuego, convirtiendo sus ropas en harapos o teniendo que lidiar con la incomunicación, la muerte y la desesperación. Al final será una de las mujeres la que dé con la clave para salir de allí, al caer en la cuenta de que, en un momento, ocupan lugares semejantes a los que tenían durante la noche de la cena. Reconstruyen ese momento y lo que hicieron y, así, consiguen salir.

Durante ese encierro, que parece soñado, los personajes tienen sus propios y angustiosos sueños, llenos de esas violentas e inquietantes imágenes que tanto gustaban a Buñuel, como la de un violín que es serrado como si fuese un tronco para, a continuación, ver como la cabeza sin rostro de un maniquí es serrada por la frente.

Tras su «rescate» acuden a la iglesia, donde tras la misa parece que se repite la historia y no pueden salir de allí. Suenan las campanas, se oyen disparos y vemos al ejército atacando a la gente en las calles. Un grupo de ovejas, en hilera, entran en la iglesia, contra el sonido de esos disparos.
Como se puede ver, la historia y la sucesión de los acontecimientos usan la lógica de los sueños. El tema que parece bucear bajo esa superficie tan extraña, es el de la desintegración de las normas sociales, morales y éticas ante una situación extrema. Esa aproximación surrealista también le permite la exploración de toda una serie de emociones y sentimientos (ira, desesperación, desamparo, amor, odio…) de una forma casi abstracta o pura, al desligarlos de unas causas lógicas o concretas. La trama principal no es el por qué están encerrados o cómo van a salir, como habría sido en una narración convencional, sino exclusivamente lo que provoca esa situación de aislamiento.

Además de emplear todas las técnicas y recursos de estilo comentados anteriormente, en esta película Buñuel experimentó con la ruptura de la continuidad en el montaje. De esa manera vemos entrar a los burgueses dos veces en la casa, hay personajes que salen de un lugar y siguen estando en su interior, o que entran dos veces, y situaciones que se repiten de forma casi seguida con ligeras variaciones. Este innovador recurso, que contribuye a crear esa sensación de misterio e irracionalidad, ha sido usado con posterioridad por algunos cineastas, como David Lynch, y ha acabado por ser relativamente común en la realización de videoclips o de escenas en las que se trata de reflejar los sueños de un personaje. Sin embargo, en su momento, resultó tan radicalmente nuevo que algunas distribuidoras pensaron que eran errores en la copia y la «corrigieron», eliminando todas esas repeticiones y mutilando la obra original.

Buñuel no quedó del todo satisfecho con el resultado, sobre todo por la pobreza de los medios de que dispuso para retratar el ostentoso lujo de la burguesía. De hecho, comentaba que para un plano corto donde debía notarse que las servilletas eran de una gran calidad, sólo dispuso de una, y eso gracias a que se la prestó una de las maquilladoras.

Años después pudo resarcirse de esa limitación al realizar la que algunos consideran la continuación temática de «El ángel exterminador»: «El discreto encanto de la burguesía», producida esta vez en Francia y con muchos más medios. Aquí la situación es contraria, pues el grupo de burgueses se reúnen para cenar pero, por una u otra razón, a cada cual más extraña e irracional, nunca son capaces de celebrar esa cena.

Una frustrante sensación que, seguro, nos remite a muchos sueños que habremos tenido. Esto se debe al carácter fragmentario y aleatorio de estos, donde el comienzo de un curso de acción o deseo se suele ver interrumpido al pasar, de repente, a otra cosa o acción. Y si, como postulaba Calderón, la vida es sueño, creo que lo sería sobre todo respecto a esto, a esa suma de deseos no cumplidos y desplazados por otros, y a esa continua irrupción de lo inesperado. Y Buñuel, retratando sus sueños, nuestros sueños, fue uno de los autores que mejor ha retratado este particular rostro de la vida.

El manuscrito hallado en Zaragoza
Luis Buñuel adoraba la filmografía de Wojciech Jerzy Has y en alguna ocasión dijo que «El manuscrito hallado en Zaragoza» era una de sus películas favoritas. Otros importantes cineastas, como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, David Lynch o Lars von Triers, también han citado esa película entre sus predilectas. De hecho, Scorsese y Coppola, junto a Jerry García (el cantante de «Grateful Dead», también gran fan de la película), financiaron la recuperación del negativo de la versión íntegra de la película, que había sido recortada para su exhibición internacional. Gracias a ellos hoy podemos disfrutar de ella al completo y con una calidad bastante buena.
 W. J. Has estudio artes en una escuela clandestina de Cracovia durante la ocupación nazi, algo especialmente peligroso si tenemos en cuenta que era judío. Y precisamente de esa forma, juntando el horror de la guerra y la magia del arte, comienza su genial adaptación de la novela de Jan Potocki, «El manuscrito hallado en Zaragoza».

En plena lucha por la ciudad de Zaragoza, en las guerras napoleónicas, dos soldados enemigos se encuentran alrededor de un manuscrito bellamente ilustrado. Ambos, enseguida, se quedan prendados de esas ilustraciones, especialmente el español, al descubrir que el texto del manuscrito habla de su abuelo. Ambos se ponen a leerlo mientras la batalla arrecia fuera y la ciudad es arrasada por el bombardeo.
La historia también tiene algo de naufragio, el de un hombre, su protagonista, cuando se extravía en las serranías de Andalucía camino de Madrid. Allí se encontrará con todo tipo de curiosos personajes: cabalistas, inquisidores, soldados, nobles extravagantes, monjes eremitas, mendigos poseídos, bandoleros (vivos y muertos), posaderos, hechiceros, jeques árabes, gitanos… y un par de bellas y enigmáticas princesas, si bien nunca quedará muy claro si son realmente eso que dicen ser o dos súcubos, demonios del sueño que arrastran a nuestro protagonista a todo tipo de enredos y tentaciones. Y no serán las únicas bellas mujeres que pueden ser, o no ser, demonios, pues en un momento se plantea la posibilidad de que el propio protagonista sea hijo de uno de esos atractivos demonios femeninos que pueblan la sierra. Estos demonios no son retratados como fuerzas del mal, sino más bien como fuerzas de la naturaleza, el destino y el misterio, más cercanos a las hadas del folklore pagano (no a las de los cuentos infantiles) que a los súcubos del cristianismo.

Al final no tendremos claro si ese naufragio ha ocurrido en el mundo real, un mundo lleno de magia y hechicería, eso sí, o en el mundo de los sueños, pues el relato arranca cuando el protagonista queda dormido bajo el cadáver de unos ahorcados… y finaliza con el despertándose en ese mismo lugar, si bien, de su largo periplo se trae el grueso volumen donde escribirá el manuscrito que será hallado por su nieto y el otro soldado.

El mundo de los sueños no sólo está presente en esa ambigüedad, sino también en la abigarrada y barroca escenografía surrealista que inunda toda la película: elementos tomados de la realidad pero dispuestos de una forma que resulta sorprendente, inesperada y evocadora. La planificación recuerda a la de Buñuel, con amplios y elegantes planos generales, complejas puestas en escena y algunos recursos de cámara o de montaje realmente originales, como el narrar un duelo a través de primeros planos de sus participantes, con las sombras de las espadas flotando alrededor de sus rostros. Esto último fue imitado por George Lucas en uno de los mejores momentos de «El ataque de los clones», durante el duelo entre Anakin y el Conde Dooku.
La banda sonora de Penderecki, compuesta específicamente para la película y en la que demuestra que, además de su habitual música experimental, domina perfectamente los registros más clásicos, contribuye a crear ese el tono de ensoñación que impregna toda la película.

Las tramas no se disponen de forma continua o en paralelo, sino que forman un complejo juego de muñecas rusas. Empezamos viendo una escena de batalla a principios del siglo XIX y, dentro de ella, un personaje comienza a leer ese manuscrito que nos lleva a la historia del protagonista, que por momentos deambula por la sierra y por momentos se duerme y sueña (y sueña que está en la sierra, claro) y se vuelve a despertar. Y, por si fuera poco, nuestro protagonista se encuentra a personas que le cuentan historias, y en esas historias otras personas cuentan historias que también vemos y dentro de las cuales aparecen nuevos relatos… cuyos personajes y acontecimientos se van entrecruzando unos con otros creando un complejo laberinto narrativo en el que, al final, todo acaba estando relacionado con todo...

Por ese barroquismo y esa complejidad narrativa, por su uso del humor y por la importancia que le da a la mujer y al sexo, se ha considerado a W. J. Has el «Fellini polaco», si bien también podría llamársele el «Buñuel polaco»… o de ninguna de esas formas, pues es un autor a la altura de los anteriores, con su propio estilo y temas.

La filmografía de Wojciech Jerzy Has parece moverse entre dos extremos aparentemente muy diferentes: películas como ésta o «El reloj de arena», oníricas y barrocas, u otras como «La muñeca» o «Despedidas», más realistas y que destacan por el preciso y penetrante análisis psicológico de sus personajes y el entramado social que les rodea. Quizá la distancia no sea tan grande, y sólo varíe el camino que W. J. Has emplea para entrar en las complejidades de la mente del ser humano: su conducta o sus sueños.

11 comentarios:

La navaja en el ojo dijo...

Pues sí que da para mucho este tema, todo muy interesante. No he visto 'El manuscrito encontrado en Zaragoza', pero me da un poco de "miedo", jeje. Es de las típicas que siempre tienes pendientes, pero que no se encuentra fácilmente el momento de verlas.

Elperejil dijo...

Mucha gracias por el comentario y por el ánimo...

Que no te de miedo "El manuscrito encontrado en Zaragoza", porque es muy entretenida y divertida, con un humor muy sutil que, sin buscar la carcajada, lo impregna todo. Hay un gag de "La vida de Brian" que, de hecho, está sacado de esta peli (el de los tarados gangosos que, de repente, entre ellos, hablan bien... como aquí sucede con el poseido -que en el fondo da la impresión de que está engañado por el cura que, supuestamente, le está haciendo un exorcismo y que realmente lo tiene como criado-)

Eso sí, mi consejo es ver las dos partes en que se divide la peli (son casi tres horas en total) separadas, porque en la tele, al estar muy pensada para la gran pantalla de cine y en panorámico, puede hacerse un poco fatigosa de seguir. Además, al ser muy episódica, se presta fácilmente a ser vista en varias partes.

Elperejil dijo...

Por cierto, yo también le tenía ese miedo... polaca, tres horas, sale en muchas referencias culturetas... no es para menos; pero resulta que está muy bien.

Lola Mariné dijo...

Pues mira, me gustaria volver a ver peliculas como el perro andaluz o el angel exterminador; cuando las vi era una criaja que iba de intelectual y seguramente no entendi nada, jeje. Supongo que ahora las veria con otros ojos.
Saludos.

Elperejil dijo...

Jaja, Lola, tu comentario me recuerda que mi primera aproximación al Angel Exterminador fue siendo, literalmente, un crío. No creo que tuviese más de 12 años. La anunciaron por la televisión y, al ver ese título, el ángel exterminador, me entraron unas ganas locas de verla, pensando que sería de terror, o que habría mucha acción o algo así... y, claro, no aguanté más de la mitad... jeje...
La he vuelto a ver un par de veces desde entonces, ya con otros ojos, y sí la he disfrutado.
Lo que te pasa con estas pelis me pasa también con un montón de cosas que vi (o lei) hace muchos años y que creo que ahora vería con otros ojos, seguramente disfrutándolas más... pena de que el tiempo no sea más generoso, cachis. Tantas cosas por ver, leer, hacer...

Uralito dijo...

Casualmente esta entrada tuya me ha coincidido con que estaba echándolo un ojo últimamente a la filmografía de Wajda (vaya, aún hace muy poco que vi “Katyn” y ya ves lo que les ha pasado a los polacos, así que ándate con ojo, je, je...), y el protagonista de la peli de Has era un habitual suyo.

Y como en ya habías comentado que hablarías de Has, me hice con una copia de “El manuscrito...” y la estuve viendo ayer. La verdad es que ya la había visto de crío allá cuando en la segunda cadena ponían pelis en versión original en prime time (todo un lujo que ahora parece inconcebible en una tele en abierto) y recuerdo que me había flipado bastante, aunque después de tanto tiempo ha sido como si la hubiese visto casi por primera vez. Y me ha vuelto a encantar.

Casualmente, también, este fin de semana me leí “Homenaje a Cataluña” de Orwell y fíjate lo que escribe casi al final de la obra:

“Resultaba extraño comprobar hasta qué punto durante seis meses yo no había tenido ojos para esas
particularidades del lugar. Con mi certificado de licencia en el bolsillo me sentía de nuevo un ser humano, y también casi un turista. Por primera vez tuve plena conciencia de estar realmente en España, en el país que toda mi vida ansié conocer. En las tranquilas callejuelas apartadas de Lérida y Barbastro me pareció tener una visión fugaz, una especie de lejano rumor de la España que vive en la imaginación de todos. Sierras blancas, manadas de cabras, mazmorras de la Inquisición, palacios moriscos, hileras oscuras y ondulantes de mulas, verdes olivares, montes de limoneros, muchachas de mantillas negras, vinos de Málaga y Alicante, catedrales, cardenales, corridas de toros, gitanos, serenatas: en pocas palabras, España, el país de Europa que mas había atraído mi imaginación. Era una pena que, habiendo logrado por fin llegar aquí, sólo hubiera conocido este rincón del nordeste, en medio de una guerra confusa y la mayor parte del tiempo en invierno.”

¿No se habría leído Orwell la obra de Potocki?...
Y ya que esto va también de psicología, páginas antes Orwell escribe:

“Pasó algún tiempo antes de que pudiéramos descubrir por qué lo habían arrestado. Smillie estaba incomunicado, de modo que ni siquiera su abogado podía verlo. En la
práctica jurídica española no hay habeas corpus y un individuo puede estar en la
cárcel durante varios meses sin que se concrete ninguna acusación y mucho menos
se lo juzgue. Por fin supimos, a través de un prisionero liberado, que Smillle había
sido arrestado por «portar armas».

Yo interpreto esto como un lapsus de Orwell, motivado precisamente por esa visión mítico-romántica de España generalizada entre la intelectualidad europea del XIX. Al pasar de usar el pasado al presente parece dar a entender algo así como: “Es que en España es así; es la práctica judicial habitual detener a la gente sin formular acusaciones concretas y sin control judicial, y luego mantenerlos indefinidamente presos o incomunicados”... Al final es como si cayese en el tópico romántico de siempre...

Saludos.

Uralito dijo...

Casualmente esta entrada tuya me ha coincidido con que estaba echándolo un ojo últimamente a la filmografía de Wajda (vaya, aún hace muy poco que vi “Katyn” y ya ves lo que les ha pasado a los polacos, así que ándate con ojo, je, je...), y el protagonista de la peli de Has era un habitual suyo.

Y como en ya habías comentado que hablarías de Has, me hice con una copia de “El manuscrito...” y la estuve viendo ayer. La verdad es que ya la había visto de crío allá cuando en la segunda cadena ponían pelis en versión original en prime time (todo un lujo que ahora parece inconcebible en una tele en abierto) y recuerdo que me había flipado bastante, aunque después de tanto tiempo ha sido como si la hubiese visto casi por primera vez. Y me ha vuelto a encantar.

Casualmente, también, este fin de semana me leí “Homenaje a Cataluña” de Orwell y fíjate lo que escribe casi al final de la obra:

“Resultaba extraño comprobar hasta qué punto durante seis meses yo no había tenido ojos para esas
particularidades del lugar. Con mi certificado de licencia en el bolsillo me sentía de nuevo un ser humano, y también casi un turista. Por primera vez tuve plena conciencia de estar realmente en España, en el país que toda mi vida ansié conocer. En las tranquilas callejuelas apartadas de Lérida y Barbastro me pareció tener una visión fugaz, una especie de lejano rumor de la España que vive en la imaginación de todos. Sierras blancas, manadas de cabras, mazmorras de la Inquisición, palacios moriscos, hileras oscuras y ondulantes de mulas, verdes olivares, montes de limoneros, muchachas de mantillas negras, vinos de Málaga y Alicante, catedrales, cardenales, corridas de toros, gitanos, serenatas: en pocas palabras, España, el país de Europa que mas había atraído mi imaginación. Era una pena que, habiendo logrado por fin llegar aquí, sólo hubiera conocido este rincón del nordeste, en medio de una guerra confusa y la mayor parte del tiempo en invierno.”

¿No se habría leído Orwell la obra de Potocki?...
Y ya que esto va también de psicología, páginas antes Orwell escribe:

“Pasó algún tiempo antes de que pudiéramos descubrir por qué lo habían arrestado. Smillie estaba incomunicado, de modo que ni siquiera su abogado podía verlo. En la
práctica jurídica española no hay habeas corpus y un individuo puede estar en la
cárcel durante varios meses sin que se concrete ninguna acusación y mucho menos
se lo juzgue. Por fin supimos, a través de un prisionero liberado, que Smillle había
sido arrestado por «portar armas».

Yo interpreto esto como un lapsus de Orwell, motivado precisamente por esa visión mítico-romántica de España generalizada entre la intelectualidad europea del XIX. Al pasar de usar el pasado al presente parece dar a entender algo así como: “Es que en España es así; es la práctica judicial habitual detener a la gente sin formular acusaciones concretas y sin control judicial, y luego mantenerlos indefinidamente presos o incomunicados”... Al final es como si cayese en el tópico romántico de siempre...

Saludos.

Uralito dijo...

Lo siento, he repetido el comentario sin darme cuenta.

Saludos.

Elperejil dijo...

Iba a borrar el comentario repetido... pero casi lo dejo, que así abulta más, jeje...

Muy interesantes las frases de Orwell, y sí parecen reflejar el mundo del libro de Potocki. Y es curioso que en la peli también se traslada muy bien esa geografía imaginada de por el escritor. Evidentemente no se rodó es España, pues habría sido muy raro que permitiesen a un equipo de cine de un país comunista trabajar en un país con una dictadura fascista, como la España de la época. Todo se rodó en la propia Polonia, al sur, en zonas cercanas, curiosamente, a su Galicia polaca.

La peli la vi en dos tandas (con el crío por casa, disponer de casi tres horas para ver una peli de un tirón es imposible... salvo que tenga una noche de insonmio, claro) y se me hizo muy llevadera y entretenida (tiene puntos graciosísimos), además de muy brillante de estilo. No sé como habría sido verla del tirón, o en un cine con ese intermedio que se le ponía a las pelis tan largas.

Por cierto, creo que ya te había contado que conocí a Wajda cuando estuve en Polonia, en una de esas cenas en casa de Zanussi a las que acudían un montón de celebridades polacas (hasta había un Nobel y un par de ministros). Fue un encuentro muy frustrante, pues el tipo, al contrario que Zanussi (todo un políglota), sólo hablaba polaco... con lo que apenas pude comunicarme. Un poco a través del propio Zanussi, pero había mucha gente y el hombre tenía que atender muchas cosas, por lo que enseguida me quedé sin "traductor"...

Uralito dijo...

Sí, creo que me habías comentado lo de Wajda. Como te digo, estoy viendo ahora algunas de sus películas, algunas de las cuales creo que vi hace mucho. Intento seguir el orden cronológico y he completado la que creo que llaman su trilogía de la guerra (Pokolonie, Kanal y Cenizas y diamantes). Y me dio por ello a raíz de haber visto “Katyn”, ahora trágicamente de actualidad de nuevo: la verdad es que la secuencia final me puso los pelos de punta, y supongo que ya sabes que su padre fue uno de los oficiales ejecutados por la NKVD... Pero, de paso, me han entrado ganas de ver más cine polaco, así que pronto caerá alguna de Ford (Aleksander, claro), Munk, alguna otra que pueda encontrar de Has y algo del mismo Zanussi.

Supongo que puede ser casual, pero “El fantasma de la libertad” de Buñuel también arranca con una secuencia ambientada en la guerra de Independencia española y es una de sus películas más heterodoxas con respecto a la narrativa cinematográfica convencional. Pero creo que es “El discreto encanto de la burguesía” la que en a partir de un momento se convierte en una especie de aleatoria sucesión de sueños de diversos protagonistas (uno sueña que el otro sueña que...): y hay al menos tres sueños que deben de ser bastante frecuentes (yo por lo menos alguna vez he soñado con ello): tú cometes un crimen, alguien va a asesinarte y te encuentras de pronto en un escenario interpretando una obra y no recuerdas el texto... en fin, tres situaciones un tanto angustiosas, je, je...

Saludos.

Elperejil dijo...

Uralito, a ver cuando te decides a hacer tú un blog de cine... sería interesantísimo, en serio. Todas esas pelis de las que hablas tienen una pinta tremenda...

Cualquiera de las películas de Buñuel que citas habrían estado muy bien aquí, especialmente la del discreto encanto de la burguesía, sí... casi no me acordaba de esa concatenación de sueños. Pero lo del ángel exterminador me venía muy bien para el título, jeje... además de que es una de mis favoritas.

Y los sueños esos que citas son bien cierto... los he tenido los tres, y son los tres terriblemente angustiosos. Hay otro que es muy característico entre los que han finalizado una carrera (o sacado una oposición, jeje), y que es que te quedan cosas y tienes que volver a estudiar todo lo que pensabas que ya habías dejado atrás... ya lo verás ;)