martes, 20 de abril de 2010

El aprendizaje no asociativo

Casi todo el aprendizaje se basa en asociaciones. Respuestas reflejas con estímulos condicionados, conductas con refuerzos y castigos, conceptos con objetos, palabras con conceptos, unos conceptos con otros... Así, desde la simple campana que el perro de Pavlov acabó asociando a su comida, hasta las más complejas teorías filosóficas y científicas.

Sin embargo existe un tipo de aprendizaje que no es asociativo y que se basa en un cambio en nuestra respuesta ante un estímulo que se presenta de forma continua y repetida. Ante ese persistente estímulo no solemos permaneces impasibles y, o bien generamos una respuesta de «habituación» o una de «sensibilización».

Habituación
La habituación consiste en la atenuación e incluso desaparición de nuestra respuesta ante un estímulo repetido. Suele darse ante estímulos sencillos y poco molestos, que forman una especie de telón o ruido de fondo de nuestra vida.

Un ejemplo clásico y muy intuitivo es la ropa. Cuando nos la ponemos, la sentimos: el pantalón (o la falda) rozando nuestras piernas y ajustándose a la cintura, la camisa o la camiseta cayendo sobre nuestra piel y en los brazos, los calcetines, los zapatos… pero en cuanto ya llega un rato sobre nosotros, al ser su contacto continuo y poco molesto, nuestro cerebro genera una respuesta de habituación y bloquea toda esa información redundante para poder centrarse en otras cosas de interés. Dejamos de percibir la ropa y su ligero peso sobre nosotros hasta que, por alguna razón (como leer este blog y que se os ocurra probar a «sentir» la ropa conscientemente) el cerebro da la orden intencionada de buscar esas percepciones, o la ropa se mueve al cambiar de postura o ser retirada de nuestro cuerpo. Entonces volvemos a notar todas esas sensaciones.

Otro ejemplo, que aparece en algunas películas, es el del tren que pasa junto a una casa. Su ruido nos molesta al principio, pero a base de pasar un día tras otro nos acostumbramos y casi llegamos a ignorarlo. Lo sé bien porque los dieciocho primero años de mi vida pasaron relativamente cerca de una vía del tren. En algunas películas se ha usado este efecto para generar comedia, haciendo que los personajes, ante un ensordecedor tránsito del tren, que lo hace temblar todo, continúen con sus cosas como si no pasase nada. Lo del tren ha llegado al extremo de que muchas personas que vivían al lado de vías de ferrocarril o de metro ligero, al modificarse el trayecto de éstas, sentían una sensación de molestia, como si les faltase algo, a las horas que antes pasaba ese tren y que ahora ya no pasaba. Afortunadamente, al cabo de unos días, también se «habituaban» a esa tranquilidad.

Algo parecido les pasa a los que están habituados, en la ciudad, a dormir con el ruido de tráfico. Cuando viajan y duermen en un lugar muy silencioso, les cuesta conciliar el sueño sin ese continuo ronroneo del tráfico, hasta que consiguen habituarse a ese silencio. Todo esto es consecuencia de nuestras respuestas de habituación.

En el cine, si nos fijamos atentamente, en cada escena de una película (o serie), de fondo hay pequeños ruiditos y sonidos que acompañan la acción (el fondo del tráfico, conversaciones, objetos, viento, agua, árboles, un ligero zumbido, etc.) y que nos pasan por completo desapercibidos al centrarnos en la acción y los diálogos. Sólo las percibimos claramente al principio de la escena o cuando se produce un cambio significativo en ese fondo sonoro, o cuando intentamos percibirlo intencionadamente, claro.

Un uso muy astuto e intencionado de esa respuesta de habituación puede verse en la película «Hasta que llegó su hora» («Once Upon a Time in the West») de Sergio Leone. Cerca del principio vemos a una familia, un padre y sus hijos, que preparan la llegada de la nueva esposa del hombre. Hablan del futuro y de sus expectativas mientras, de fondo, se oyen el continuo canturreo de los grillos y cigarras del lugar. Ese ruido, poco a poco, va pasando desapercibido al centrarnos en el contenido del diálogo, hasta que, de repente, cesa por completo; se hace el silencio más absoluto alrededor de esa familia. Eso genera una poderosa respuesta de alerta en el espectador (y, al poco, en la familia), y esa ruptura de la respuesta de habituación nos avisa de que algo raro pasa. Y, efectivamente, así es. La aparición de Henry Fonda y sus secuaces, que asesinan a la familia, dará la razón al repentino mutismo de los grillos y las cigarras, y satisfará las expectativas creadas por el repentino cese de esa repuesta de habituación.

Sensibilización
La sensibilización es el caso contrario al anterior: nuestra respuesta se incrementa ante un estímulo repetido, algo que puede pasar en dos casos:

De forma natural, ante un estímulo que suele ser muy complejo, estridente o molesto de por sí, o uno que ocurre en un momento especialmente crítico. Esto es tanto para bien como para mal: por un lado tenemos el odioso «bipbip» del despertador, que nos arranca del sueño; pero por otro lado están las caricias o el contacto de alguien a quien deseamos, que nos resultaran cada vez más placenteras.

También puede ocurrir de forma antinatural, ante un estímulo que normalmente provocaría habituación. Esto puede deberse a un estado alterado de nuestro cerebro, bien sea a causa de alguna droga o su efecto posterior (como la resaca); por culpa del cansancio, la fatiga u otro estado transitorio; o motivado por alguna enfermedad física o psicológica.

Ernst Lubitshc nos da una simpatiquísima lección de lo que es la sensibilización en su película «El bazar de las sorpresas» («The shop around the corner»), cuando un viajante la propone al dueño de la tienda que venda unas elegantes cajitas de cigarros que, cada vez que se abren, hacen sonar la popular melodía «Ojos Negros». El dueño rechaza el invento alegando que para un fumador eso implicaría escuchar la cancioncilla unas 20 veces al día, lo que a la semana y al año haría un número enorme de veces. El fumador en cuestión, a base de oír una tras otra vez la canción, acabaría odiándola (o sea, sensibilizándose) y tirando la cajita a la basura.

Los que tenemos críos pequeños (terriblemente resistentes a la sensibilización) sabemos lo que es eso. Adoro el corto de Pixar de los pajaritos, pero tras verlo unas 20 veces seguidas, porque mi hijo no paraba de pedirlo, he comenzado a pillarle un poco de manía a los bichejos en cuestión. Por no hablar de esas metálicas melodías y cancioncillas que suenan cuando toca las teclas de ciertos juguetes. Abominables. Los padres sí que sabemos lo que es la respuesta de sensibilización…

Una buena aplicación práctica de la sensibilización en el cine se la debemos a Bernard Herrmann y ese impresionante ostinato de cuerdas que sustituye al sonido de las cuchilladas en la escena de la ducha de «Psicosis». Cada vez que se repite ese estridente sonido de violines se nos hace más molesto y nuestra respuesta se hace más extrema, aumentando la sensación de tensión, peligro y daño. Ese sonido también hace de bisagra (una bisagra ya anunciada en la anterior secuencia entre la chica y Norman, excepcionalmente comentada en esta entrada de laescueladelosdomingos) y cambia definitivamente la perspectiva con que está narrada la película: del punto de vista de chica al de Norman, de una mente sana, aunque haya cometido un delito, a una enferma, que comenta un atroz asesinato. Y esa respuesta de sensibilización, algo más propio de un estado alterado que de uno normal, más propio de Norman que de su víctima, es la que marca definitivamente el tono del resto de la historia. La historia de un loco, prisionero del recuerdo enfermo de su madre y de los traumas sexuales que eso le generan.

No era la primera vez que el cine intentaba representar las respuestas de sensibilización que una mente enferma o alterada tiene ante la realidad, cuando todo parece especialmente intenso y cualquier sonido o imagen se hace anormalmente molesta o placentera (o una combinación de ambas cosas). Algo así, y sin sonido, consigue transmitirnos Murnau, en «Amanecer», mediante la anárquica superposición de numerosísimas imágenes de tráfico, luces, personas, bailes, que de repente se agolpan en la cabeza del protagonista cuando es tentado por su amante para matar a su mujer. Placer, miedo, culpa, tentación… todo se agolpa en la mente de ese atribulado hombre.



En contraste con esta escena, en que todos esos estímulos se clavan tan doloramente en la mente del protagonista, hay una escena análoga en que él y su mujer atraviesan la ciudad íntimamente abrazados. Pero ahora, con ella, que es buena y lo ama de verdad, todo ese ruido y ese caos que se concentra alrededor de ellos, no les afecta; lo coches ni les rozan, los gritos no les perturban, las paredes no les detienen; están impasibles, alejados, a salvo y, poco a poco, esa ciudad se va desvaneciendo alrededor de ellos hasta que llegan al campo y la luz del día les rodea. Se podría decir que el héroe de nuestro relato, con ella, es capaz de «habituarse» a ese ruido que lo amenaza. Será con la aparición de su amante cuando ese ruido se vuelva amenazador, cuando se «sensibilice» y esa tentación le lleve hasta las fronteras del crimen y la locura. Dos mundos, dos momentos, genialmente representados por Murnau a través de estas dos significativas escenas.
Esta segunda y breve escena podeis verla aquí, a partir del minuto 2:30.


Eso ha sido imitado muchas veces, añadiendo música disonante, extremando los efectos de sonido, y saturando la imagen y las luces, para representar, en multitud de películas, esa percepción alterada y excesivamente sensibilizada que tienen las personas que sufren de ciertos trastornos o intoxicaciones.

El poder de la habituación y la sensibilización es que, al no ser un aprendizaje asociativo, resulta casi intuitivo, primario, y su uso es especialmente poderoso al ir directamente a nuestras sensaciones y emociones antes que a nuestro intelecto. Por eso es tan efectivo su (buen) uso en el cine. Aunque, ojo, su mal uso, evidentemente, será percibido como especialmente tosco o chapucero. Así es el arte a veces, un ejercicio de todo o nada, y quien no se arriesgue a fracasar estrepitosamente, tampoco podrá obtener grandes logros.

8 comentarios:

La navaja en el ojo dijo...

Supongo que existirán ejercicios o prácticas para pasar a ser una persona más "habituable" y menos "sensibilizable". A mí me vendrían muy bien.

Daniel Domínguez dijo...

Magnífico texto. Resulta muy productivo el sesgo que con que atraviesas películas tan distintas (todas ellas estupendas) bajo la perspectiva del rendimiento que el cine puede extraer de los estímulos sensitivos en relación con la memoria del espectador.

Elperejil dijo...

Navaja, en general las técnicas de relajación y alguna terapia cognitica suelen servir para eso... aunque también está el tema de las diferencias interpersonales (hay personas más y menos nerviosas) y el momento o la edad, juegan lo suyo. Antes podía dormir en cualquier lugar y con el ruido que hubiese, pero ahora me he hecho más finolis y tengo un sueño más ligero.

Al tratar con respuestas de sensibilización, lo propio es tratar cada una de ellas como un caso, pues las hay de base biológica, secundarias a enfermedades u otros problemas, primarias, etc... y cada una requeriría un tipo de intervención diferente.

Elperejil dijo...

Muchas gracias por el comentario, Daniel. He citado las pelis que me vinieron a la cabeza el tratar esos temas, y he de reconocer que me acordé de Psicosis a última hora al leer el homenaje de le dedicaste en el blog. De esa escena de Amanecer llevaba tiempo deseando hablar, pues me dejó impactado la primera vez que la vi... casi la "oyes". Y es curioso como contrasta ese momento con el final, con el prota y su amada, cogidos y atravesando todo ese caos y ese ruido de forma mágica(¿ya habituado?, podría añadirlo, jeje), como si no fuese con ellos y estuviesen en otro universo, alejados del mal que eso puede hacerles. Impresionante, como toda esa película en general.

Elperejil dijo...

Pues, hala, añadido está el final de "Amanecer". Ahora le voy a poner el cacho de peliculita.

Elperejil dijo...

Ya está... y qué jugarretas hace la memoria; como es una escena tan potente y tan bella, la había situado como climax, cuando realmente está en medio de la película. Eso sí, el contrasta entre ésta (con su esposa y en paz en medio del jaleo) y la otra (con su amante y muy afectado por el ruido y la noche), funciona a la perfección.

Lola Mariné dijo...

Así tenian que haberme dado las clases de psicología, ilustrandolas con peliculas, seguro que me lo habría aprendido todo mejor, y sobre todo habría sido mas ameno.

Elperejil dijo...

Vaya, Lola, aún acabo de ver ahora tu comentario, pues llevó casi una semana desconectado de internet por unas obras en casa. Muchas gracias... y precisamente uno de mis profes en psicología era un gran amante del cine, y usó alguna que otra peli para ilustrar algún concepto. Una gozada, por supuesto...