sábado, 17 de abril de 2010

Hipnosis

Hace ya tiempo, con motivo de la segunda entrada relativa al mundo del sueño y los sueños, Majo me pidió que hablase un poco de la hipnosis. Así que, por fin, allá vamos.

Podría decirse que la hipnosis es un tema bastante relacionado con el anterior, pues la palabra tiene su origen en «Hipnos», personificación del sueño dentro de la mitología griega. Y así debió de ver este fenómeno James Braid, quien acuñó el término «hipnosis» a mediados del siglo XIX, considerándola un estado cercano al sueño, a medio camino entre éste y la vigilia, durante el que toda nuestra mente estaría focalizaba en una sola cosa —un pensamiento, una tarea, una sensación…—. Sin embargo, y pese a sus nobles intenciones de llevar a cabo una aproximación racional a algo que, hasta el momento, era terreno de la superstición y la charlatanería, erró un poco el tiro ya que la realidad de la hipnosis, como veremos, ha probado ir por otro lado.

Podemos rastrear el origen de la práctica de la hipnosis muy lejos en el pasado y en casi todas las culturas, en los estados de trance practicados por muchas religiones, vinculados a creencias mágicas y a explicaciones de corte sobrenatural. A finales del siglo XVIII, Franz Mesmer lanzó la hipótesis de que tras esos fenómenos se escondía una suerte de magnetismo animal. Para evocarlo, al principio, usó imanes, pero luego llegó a la conclusión de que le bastaba con pasar las manos cerca del cuerpo de la persona a «mesmerizar». Sus prácticas llegaron a tener tal éxito y popularidad que el rey Luis XVI encargó una investigación para ver qué había de cierto en ello.

El estudio experimental que se hizo sobre las técnicas de Mesmer es ejemplar en cuanto a su planteamiento y ejecución. A un grupo de personas se les aplicaban las prácticas de Mesmer, mientras que a otro se le decía que se le iban a aplicar, sin llegar a usarlas en ningún momento con ellos. Todas estaban en el mismo ambiente, recibían la misma información y tratamiento verbal, y no veían lo que ocurría a su alrededor. El resultado fue contundente, pues ambos grupos reaccionaban de la misma manera, con lo que los efectos del supuesto magnetismo animal eran debidos a la pura sugestión verbal.
Quizá eso llevó a Hippolyte Bernheim —considerado como el padre de la hipnosis moderna— a plantear la hipótesis de que la hipnosis, que había definido James Braid, no era un estado de la mente diferente a la vigilia, sino un proceso de sugestión inducido verbalmente, en un ambiente un tanto teatral que, así, potenciaba su eficacia.

A partir de ahí, y durante más de siglo y medio, el debate en torno a la hipnosis se ha mantenido alrededor de esos dos polos opuestos: de si realmente se trata de la inducción de un estado diferente a la vigilia o el sueño, o si es un proceso de sugestión.

Parte de las escuelas de psicoanálisis, al igual que muchas otras teorías más espiritualistas, esotéricas o «new age», apuestan fuerte por lo primero. Es necesario que exista ese otro estado, diferente a la vigilia, que nos permita acceder a estancias inexploradas, reprimidas o poco usadas de nuestra mente. Una especia de sueño controlado o dirigido. De otra forma, de tratarse tan sólo de una sugestión, como postula la otra teoría, buena parte de los resultados de esa hipnosis a la hora de desvelar los secretos enterrados en el inconsciente serían muy cuestionables, si no directamente falsos, al ser fruto de esa sugestión inducida por el hipnotizador.

Pero el poder de la sugestión no debe tomarse a la ligera y es muchísimo más poderoso de lo que nos podemos figurar de buenas a primeras. En un sencillo experimento se usó un escáner para monitorizar las áreas del cerebro responsables de dar respuesta ante el incremento de calor sobre nuestra piel. A dos grupos de sujetos experimentales se les colocó una almohadilla hinchable alrededor del cuello y se les dijo que se iba a llenar de agua caliente para registrar la respuesta cerebral a ese calor. El experimentador les iba informando verbalmente de cómo el agua iba entrando en la almohadilla y elevando el calor. La diferencia entre los dos grupos es que a uno se le metió agua caliente y, al otro, agua fría. Sin embargo, por la sencilla sugestión verbal inducida por el experimentador, casi todos los sujetos de ambos grupos dijeron sentir calor. Sus respuestas cerebrales también fueron las correspondientes al calor, incluso cuando en la almohadilla había agua fría. En otros grupos, de control, no había sugestión verbal alguna, y los sujetos experimentaron calor o frío en función de agua. Tal es el poder de una sencilla sugestión verbal en el, casi teatral, ambiente del laboratorio.

El famoso efecto placebo, de hecho, es una sugestión beneficiosa. Hay gente que para no marearse se pone una tirita en el ombligo… y les funciona. Lo de la tirita es una chorrada sin base alguna, evidentemente, pero lo que sí es poderoso y efectivo es la autosugestión a que esa persona se somete. Lo mismo pasa con los famosos medicamentos sin principio activo alguno que se dan para ciertos trastornos de base psicológica, los provenientes de la homeopatía (el agua mineral más cara del mundo), ciertos remedios caseros que no deberían funcionar, o algunas prácticas de santones y curanderos, que acaban teniendo resultado en ciertas personas para ciertas cosas gracias a la enorme fuerza de la sugestión. El peligro es cuando se pretende aplicar eso en casos no susceptibles a la sugestión, como las enfermedades infecciosas, traumatismos, cánceres, etc.
Igualmente poderoso es el efecto contrario, denominado por Walter Kennedy, en 1961, reacción «nocebo». Consiste en sufrir efectos negativos e indeseados a través de la sugestión. Aunque Kennedy se refería a los efectos secundarios de ciertos medicamentos, que parecían ser extremos y muy exagerados en ciertos pacientes a los que se había prevenido de ese riesgo, también se podría aplicar a nuestra vida diaria. Recuerdo el caso de una compañera de escuela que se «emborrachó» al tomar, sin querer, una Coca-cola y una aspirina... una especie reacción nocebo basada en una tonta leyenda urbana.

Eso sí, no todas las personas son igualmente sugestionables. Existen escalas para medirlo. Están basadas en la presentación de una serie de sugestiones, dentro de un marco de hipnosis, que van de la más sencilla a la más compleja y potente, en una escala del 1 al 12. Las más usadas son las escalas de Stanford y de Harvard. En ésta última, durante un estudio realizado en mi facultad cuando era estudiante, puntué un «1». O sea, que no soy nada sugestionable. Nunca disfrutaré de las bondades del efecto placebo, pero también me ahorraré las molestias del nocebo. E, igualmente, no soy hipnotizable… pues la ciencia ha acabado por dar la razón a los teóricos que, con Bernheim, defendían que la hipnosis es una forma de sugestión.

Con la llegada de la investigación neurológica a través de electroencefalogramas, escáneres y demás, se ha podido ver cómo reacciona nuestro cerebro ante la hipnosis. Todos los estudios han sido contundentes a la hora de negar la hipótesis de un estado diferenciado. La respuesta del cerebro a la hipnosis es idéntica a la respuesta del cerebro a la sugestión.

Dentro de la ciencia, hoy, la hipnosis se define por las siguientes características:

—Es un estado de la vigilia.

—La atención está focalizada en algo.

—Se disminuye la percepción de la periferia.

—Se aumenta considerablemente la capacidad de sugestión.

Esto no desacredita en absoluto los potenciales de la hipnosis para ciertas terapias o investigaciones, sino que lo delimita y aclara, facilitando que se use con mayor efectividad y honestidad. Aparte quedan los espectáculos de mentalismo, que se suelen basar en la complicidad de los participantes, estudiados efectos cinéticos, rápidas fórmulas de sugestión y elaborados trucos de ilusionismo. Nada que ver con la verdadera hipnosis.
Hipnotizar, y lo sé por experiencia, pues fui (malamente) hipnotizado e hipnoticé a otras personas, es un proceso verbal, largo y complejo, que lleva bastante tiempo y requiere formación, entrenamiento y una base previa de psicología y/o medicina. No todas las personas responden igual a la hipnosis. Y realmente puede ser útil para acercarse e intervenir en cierto tipo de trastornos, —como algunos somatoformes, las antiguas neurosis de conversión, por ejemplo— en las personas fácilmente sugestionables. Pero también puede ser muy perniciosa para otras cosas en ese mismo tipo de personas, como la recuperación de recuerdos o traumas de la infancia, como veremos más adelante.

Como era de esperar, desde los círculos de algunas corrientes psicoanalíticas (no todas, claro), de terapias «new age» o de pensamientos vinculados al esoterismo, se hace oídos sordos a estos contundentes resultados y se sigue defendiendo la teoría del estado diferente. Desgraciadamente, mientras que la ciencia y el rigor se divulgan a través de publicaciones y medios que no tienen demasiada difusión o popularidad, la charlatanería y la superstición resultan mucho más atractivas y, con más frecuencia, se cuelan en los medios de gran tirada y, cómo no, en las películas.

Por su teatralidad y por esa concepción popular de que nos lleva a un estado a medio camino del mundo de los sueños y de la vigilia, la hipnosis posee unas enormes connotaciones de magia y de misterio, a las que se viene a añadir el hecho de que puede ser inducida por otros... con buenos o malos fines. Normal que algo tan sugerente tenga una fuerte presencia en el cine desde sus primeros tiempos.

Podríamos categorizar los usos que el cine ha hecho de la hipnosis en varios grupos:

Como herramienta de dominio. Uno de los aspectos que más he hecho volar la imaginación del público y de los narradores ha sido la supuesta capacidad del hipnotizador para controlar la voluntad de sus víctimas, incluso aunque ellas no quieran. Algo que, pese a no tener una gran base científica —pues el hipnotizado realmente no hará nada contra su voluntad ni se pondrá en peligro o romperá con sus principios—, posee un gran potencial dramático. Así Robert Wiene ya usó este mecanismo en «El gabinete del Doctor Caligari», película que, además, inaugura la influencia del expresionismo en el séptimo arte.
Fritz Lang también hizo uso de la hipnosis como mecanismo de poder en sus películas sobre el doctor Mabuse. A la segunda de ellas, «El testamento del doctor Mabuse», le dio un fuerte contenido crítico, y la hipnosis funcionaba como una metáfora de la manipulación que los líderes políticos hacen de las gentes para obtener sus fines, algo que tenía una aplicación muy concreta a la situación que vivía en aquel momento Alemania, con Hitler y el nazismo recién ascendidos al poder. La película fue censurada y tuvo serios problemas para exhibirse y, de hecho, por culpa de toda esa controversia, Fritz Lang acabó emigrando a Estados Unidos donde continuó su carrera. Muchos años después, acabaría por cerrar su larga y productiva filmografía, precisamente, con la tercera parte de la saga del doctor Mabuse.

Muchas otras películas de horror y misterio siguieron por la línea abierta por los doctores Caligari y Mabuse, con malvados personajes que hacían uso de la hipnosis y la sugestión para conseguir sus fines, bien con base científica o entremezclándose con historias de corte sobrenatural. Una mezcla de hipnosis, drogas y vudú se puede ver en la genial «Yo anduve con un Zombie» de Jacques Tourneur, y uno de los múltiples poderes que poseía el Drácula clásico era, precisamente, el de la hipnosis, especialmente efectiva en las mujeres jóvenes y bellas.

Con la llegada de la guerra fría y la captura de numerosos soldados americanos en la guerra de Corea, comenzaron a circular historias sobre los lavados de cerebro a los que estos eran sometidos por sus captores. El malo pasó de científico loco o brujo, a comunista.

En «El mensajero del miedo» vemos como los norcoreanos comunistas consiguen, mediante sugestión posthipnótica, que un prisionero americano, una vez liberado, atente contra un candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Algo tan sencillo como una llamada de teléfono en la que se dice la palabra que evoca esa sugestión, la famosa reina de diamantes, y el heroico patriota se convierte en un despiadado asesino programado por los comunistas. Afortunadamente, ahí estaba Frank Sinatra para impedirlo.

La realidad es que, por una parte, esa sugestión posthipnótica tiene mucho menos poder y efectividad de la que se le supone —y desaparece con el tiempo—, y que las técnicas de lavado de cerebro que usaron los norcoreanos iban destinadas a convencer a los prisioneros americanos de los errores del capitalismo, algo en lo que tuvieron muy poco éxito.

Otras películas de suspense, policíacas y de espionaje siguieron por esa línea de usar la hipnosis como parte del arsenal enemigo, como la entretenida imitación de los seriales de James Bond, «The Ipcress File». Y rara es la serie policíaca que no tiene algún capítulo en que la hipnosis sea usada por el criminal para manipular a sus inocentes víctimas.

E igual que la hipnosis puede ser usada para el mal, también puede ser usada para el bien, como herramienta de curación. En muchas películas podemos ver como psicólogos y psiquiatras la usan para ayudar a otros personajes. Así lo tenemos en la ya comentada «Recuerda»; en la simpática «Elemental, doctor Freud», donde el mismísimo Sigmund Freud hipnotiza a Sherlock Holmes; en «Donnie Darko», en «Zoolander», donde también se usa para hacer comedia, y en muchísimas más películas. Resulta interesante la aparición de la hipnosis en «El indomable Will Hunting», donde el protagonista finge ser hipnotizado cuando no lo está, mostrando que si una persona no quiere ser hipnotizada o es poco sugestionable, no puede serlo por mucho que el terapeuta se empeñe.
En muchas de estas películas el hipnotizador, además de ayudar a los personajes ayuda a los guionistas. De hecho, la mayor parte de las veces esas sesiones de hipnosis se usan para recuperar cierta información que está enterrada en la memoria o el inconsciente del personaje, con lo que se convierte en un mecanismo un tanto facilón y ya manido para ocultar y dosificar la información, haciéndola salir cuando conviene. Para que esa secuencia de hipnosis tenga de verdad brillo y no sea un tópico comodón ha de resultar realmente ingeniosa, bien planteada y original, revelando algo más que esa información tan comodonamente ocultada y provocando algún tipo de giro.

La realidad es que la hipnosis no es especialmente eficiente a la hora de ayudarnos a recordar cosas olvidadas y, de hecho, su uso para ello es peligroso y muy desaconsejable, pues al tratarse de un proceso basado en la sugestión, es muy posible que creemos falsos recuerdos en lugar de tener acceso a información fiable.

En 1990, George Franklin fue condenado por asesinato debido al testimonio de una persona que había evocado sus recuerdos, de 20 años atrás, mediante hipnosis. Fue la primera vez en que la hipnosis se usaba de forma legal. Sin embargo el caso continuó siendo revisado, tanto con análisis forenses más modernos como con el peritaje de neurólogos, psiquiatras y psicólogos. Y tras seis años se acabó demostrando la inocencia de Franklin, con lo que fue puesto en libertar tras perder más de media década de su vida en la cárcel. A partir de ahí se decidió prohibir el uso de la hipnosis para obtener testimonios legales, pues la probabilidad de que esos testimonios fuesen falsos e inducidos por el hipnotizador es muy alta.
Más extraño y denigrante fue el caso de Paul Ingram en 1988, adaptado en el telefilme «Forgotten Sins», donde un terapeuta que mezclaba psicoanálisis, hipnosis y prácticas religiosas pentecostales, acabó induciendo a las hijas de ese hombre a acusarlo de haber abusado sexualmente de ellas en el contexto de unos grotescos rituales satánicos. El pobre hombre, que no había hecho nada de eso, se sintió tan mal que accedió a someterse a un proceso de hipnoterapia, en el que acabó creyendo que realmente había cometido esos abusos. Y confesó, con lo que fue inmediatamente encarcelado. Y la cosa no quedó ahí, pues las niñas comenzaron a implicar a más y más personas, y a hablar del asesinato ritual de 25 bebés. La policía, al ver como aquello se comenzaba a desmadrar y que recordaba demasiado al vergonzoso proceso de las brujas de Salem, comenzó a investigar en serio. Las acusaciones contenían demasiadas contradicciones y las pruebas forenses y la investigación acabaron por demostrar que eran por completo falsas e inducidas por la hipnosis. Ingram, una vez libre de la terapia, se dio cuenta de que a él también le habían inducido esos falsos recuerdos pero, al haberse autoinculpado, la sentencia no se revocó y no fue puesto en libertad hasta el año 2003. Es curioso como ese sistema judicial funciona muy bien a la hora de demandar a una empresa porque te has tirado encima un café mientras conducías, pero que fracase estrepitosamente a la hora de poner en libertad a una víctima inocente del fanatismo religioso.

Y no ha sido el único caso en que ese fanatismo religioso se ha confabulado con la hipnosis y el psicoanálisis para crear falsas memorias de abusos, prácticas satánicas, abducciones alienígenas y todo tipo de peligrosos disparates que ha acabado arruinando la vida de muchas personas. De las varias películas y documentales en que sale esto reflejado, sin duda, el mejor de todos ellos es «Capturing the Friedmans». En una posterior entrada espero tratar con un poco más detalle esta película y el tema de las falsas memorias.
Estos casos de falsos abusos son especialmente lamentables en un mundo donde los abusos reales existen y son terribles, y pocas veces, o ninguna, son enterrados en la memoria, si no que permanecen de forma dolorosísima en el recuerdo. Algo que queda muy bien reflejado en el espelúznate documental «Deliver us from Evil», que podría ser visto como la otra cara del anterior. Se condena a inocentes, como Ingram o Friedman, y se exonera a culpables, como el padre O’Grady y tantos otros abusadores. Qué mundo.

Lo que no se consiguió con las tácticas de ficción de Mabuse o Caligari, o con las reales de las brutales torturas y técnicas de lavado de cerebro de los norcoreanos, se logró con esa mezcla de perversas buenas intenciones, fanatismo religioso y mala ciencia aún peor aplicada. La gran diferencia estriba en que, al intentar usar la hipnosis y las técnicas de lavado de cerebro para arrastrar abiertamente a alguien de fuera de su mundo ideológico o contra sus convicciones y su voluntad, se genera una reacción defensiva que bloquea esos intentos. Sin embargo, cuando los pacientes son víctimas de las delirantes convicciones de pastores y terapeutas en quienes confían y con quienes comparten creencias, esas barreras defensivas no existen, y el poder de la sugestión se desata de forma poderosa, destrozando sus mentes y sus vidas.

En el cine, aparte de estas representaciones de la hipnosis para hacer el mal o hacer el bien (o hacer el mal a través de buenas y cívicas intenciones), también se han usado las técnicas de hipnosis de una forma que podríamos llamar meta-narrativa. En estos casos la hipnosis no aparece dentro de la historia, pero se usan, o se intentan usar, algunas de sus técnicas para conseguir un efecto creativo.

A veces va dirigido directamente contra el espectador. Luces estroboscópicas, sonidos monótonos o supuestamente sintonizados con nuestras ondas alfa (y ya vimos el disparate que era eso), efectos ópticos que pretenden focalizar nuestra atención… todo ello con la intención de crear una situación de pseudo-hipnosis en el espectador que, en el mejor de los casos, puede resultar estéticamente impactante (y David Lynch lo consigue con mucha frecuencia) y, en el peor, simplemente molesta y ridícula. La realidad es que el poder de sugestión o hipnosis de esas imágenes es muy pobre o casi inexistente, y cuando funciona se debe a otras cosas más sutiles. Por ejemplo, el ya comentado caso de «El sexto sentido», en el que al mencionar que la aparición de los fantasmas viene precedida de una sensación de frío, se está creando una sutil y poderosa sugestión. El espectador, al ver la película, por su tono, música, puesta en escena e historia, está en tensión, con lo que se incrementa la secreción de noradrenalina, lo que a su vez provoca una ligera constricción de los capilares… y la ligera sensación de frío. Una sensación que nos pasaría desapercibida si no hubiese sido subrayada por la película. Ahora, ante la inminente aparición de los fantasmas, nosotros también sentiremos ese frío. Genial uso de una sugestión casi hipnótica.

La hipnosis también se puede usar con los actores. Los hay que ya por su cuenta utilizan técnicas de relajación o de autosugestión inspiradas en la hipnosis para entrar en el personaje, pero hay un caso realmente curioso, una película en la que casi todos los actores actuaron bajo hipnosis. Se trata de «Heart of Glass», de Werner Herzof. La historia, ambientada en el siglo XVIII, se centra en un pueblo que ha basado su existencia en la artesanía de un tipo peculiar de cristal. Cuando el artesano que guardaba el secreto de su elaboración muere, todo el pueblo, obsesionado por recuperar esa fórmula, entra en crisis. Entonces es cuando aparece un santón místico que, con sus profecías y revelaciones, va manipulando y arrastrando a todo el pueblo a la locura y el caos. Muy astutamente Herzog hizo que todos los actores actuasen bajo hipnosis con la excepción del maestro artesano y el santón, los que precisamente mueven los hilos de toda la trama. El resultado es realmente extraño, poético y fascinante.
En fin, hemos visto que el poder de la hipnosis no se basa en toda la compleja parafernalia que se nos vende a través de películas y mentalistas (que como espectáculo puede llegar a ser excelentes, aunque no sean ciencia), si no que se fundamente en la sugestión, una fuerza aparentemente más sutil pero que, usada correctamente, para bien o para mal, en ciertas personas puede resultar poderosa y devastadora.

Espero, Majo, que esto te haya servido de alguna ayuda y, si no, como decía el Puck de Shakespeare, que al menos te haya entretenido.

10 comentarios:

La navaja en el ojo dijo...

En 'El maestro y Margarita', por llevar esto al terreno de mi blog, se produce un momento de sugestión colectiva cuando les hacen creer que papelajos son billetes de rublos.

Aparte del tema de la hipnosis, que da para mucho y que, por supuesto, se ha utilizado en literatura y cine infinidad de veces, también me parece muy interesante lo de la sugestión y lo del placebo, ya que, para determinadas cosas como lo del mareo que dices, sí que creo que pueda tener efecto. Pero, si lo considerásemos posible en enfermedades más tangibles, quizá estaríamos rozando los terrenos de la creencia.

Elperejil dijo...

Lo de "El maestro y Margarita" comienza como esa sugestión colectiva... aunque luego, y dado el tono del libro, la cosa se va desmadrando bastante a través de la intervención de Satanás (personaje que, en el libro, pese a que tiene sus cositas, acaba resultando bastante majete).

Con lo del placebo estás en lo correcto. Es poderoso en personas sugestionables y en trastornos de tipo psicosomático, o para atenuar ciertas percepciones y sus consecuencias como el dolor, el mareo, las nauseas, la frío, etc... pero no tiene algún efecto sobre los traumas, infecciones y demás enfermedades más "serias". Por ejemplo, si tienes una herida muy infectada, un placebo o la sugestión te puede calmar el dolor e incluso atenuar la fiebre, pero como no tomes antibióticos y te la desinfectes... pues la cosa se va a grangrenar y acabarás muriendo de septicemia. En Estados Unidos ya existen algunas denuncias de familias de enfermos que se habrían curado fácilmente con antibióticos u otros tratamientos muy sencillos, pero los abandonaron por seguir el consejo de algún curandero... y, al principio, con el efecto placebo, les iba bien con los hierbajos, el reiki y todas esas cosas, pero en cuanto la cosa se puso seria, como es lógico, enfermaron gravemente y murieron.
Las creencias están bien en la iglesia o para cantar cumbayá en el parque... pero ante una buena septicemia o una enfermedad gorda de verdad, no tienen nada que hacer.

Majo dijo...

Me ha resultado fascinante.

Te diré que todo el tema de la sugestión me atrae como un imán, y asociado a publicidad, técnicas de venta, seducción (esta sería la palabra más adecuada), simplemente eso: me fascina.

Pude asistir a un curso gratuito que impartieron en mi pueblo sobre técnicas de PNL. Se nos mostró el famoso video de What the bleep do we know? (traducido aquí como "¿Y tú qué sabes?, que si no has visto, te recomiendo y os recomiendo ver. Al menos para contrastarlo con la información más fiable y menos esotérica que nos has recopilado aquí.

El tema para mí sigue siendo tan válido ahora que tengo más datos como lo era antes de corroborar que, efectivamente, es todo sugestión. Pero acaso ¿no es la sugestión interesantísima por sí misma?

Haciendo buen uso de ella, hace nada "quité" a mi hijo el malhumor duchándolo con una "pastilla de jabón que curaba las penas". Solo con voz suave, y mientras le iba diciendo que todas sus rabias se iban por el desagüe en forma de espuma, le cambió la cara.

Y ¿qué me dices del efecto tan simple por lo fácil como poderoso que tiene el detalle de usar el nombre de tu interlocutor cuando te diriges a él, entremezclándolo con las frases? No sin razón dicen que el nombre de cada uno es la palabra que más efecto nos causa en una conversación. Puedes estar más o menos distraído, pero en cuanto escuchas la palabra mágica "vuelves", por decirlo de alguna manera.

Bueno, esto daría para mucho rato, porque hay por donde tirar desde muchos lados, y ojo, no creo que fuera un tema que generara debate, porque no cabe la discusión; los hechos lo dicen: todo está en nuestra cabeza.

Gracias por todo :)

Elperejil dijo...

Majo, me alegra que te haya gustado la entrada y te haya resultado de interés.

La película que citas la conozco y, aunque tiene algunas cosas interesantes, también dice unas cuantas barbaridades que me pusieron los pelos de punta; todo lo que dice sobre el agua, la mecánica cuántica, el uso del 10% del cebrero, o la percepción de los barcos de los exploradores por los nativos es, en general, bastante erróneo -citas fuera de contexto, aplicaciones de la realidad microscópica a la macroscópica, fuentes no fiables, experimentos discutibles no replicados...- y se usa para razonamientos del tipo "non sequitur"... pero bueno, hay algunas otras cosas que sí resultan interesantes. Eso sí, al mezclarse todo en un gran batiburrillo que va bastante deprisa, el resultado es muy epatante y deja sorprendido al público en general... pero en un análisis más riguroso y detallado, la cosa no aguanta demasiado.

Pero como bien dices la sugestión en ciertas personas (y los niños son todos muy sugestionables, cierto) y para ciertos casos es muy útil y poderosa. El cómo la usaste con tu hijo es un buen ejemplo de su uso.

Eso sí, todas estas cosas, en personas poco sugestionables, no suelen dar fruto alguno. Te pierdes los beneficios del placebo y estas cosillas que pueden resultar muy relajantes, pero también eres más resistente a los trastornos psicosomáticos. Una cosa va por la otra.

Lo del nombre que citas también es un clásico recurso para ganar al atención del interlocutor... pero ha de ser usado con cierta prudencia, pues puede llegar a causar el efecto contrario... o a hacer pensar al otro cosas erróneas, como que le estás tirando los tejos, jajaja...
En esto del manejo de la comunicación también es clave atender al "feedback" que nos da el interlocutor y adaptarnos a él. Sobre este tema es muy aconsejable "La teoría de la comunicación humana" de Paul Watzlawick.

Y, bueno, lo de que todo está en nuestra cabeza es cierto hablando de percepción, sensación, memoria, etc... pero hay que tener en cuenta que esa realidad que representa es igualmente poderosa e inconmovible. Como comentaba lanavajaenelojo, si tienes una enfermedad seria, como el tifus, por ejemplo, por muchas técnicas de sugestión que uses, o por mucha medicina alternativa que te den, lo más probable es que como no uses algún antibiótico, acabes muerto o gravemente enfermo.

Pero bueno, lo dicho, Majo, me alegro un montón de que te haya resultado interesante la entrada y que te lo hayas pasado bien leyéndola. Para más debate, dudas o lo que quieras... por aquí andamos. :)

Uralito dijo...

Allá por la época en que yo era un tierno infante, creo que era motivo de sesudas discusiones altamente especulativas entre los críos sí era cierto o no y lo fácil o no, que era hipnotizar a algún animal, tipo conejo o gallina...

Algunos presumían de haber conseguido resultados asombrosos, como uno que contaba que había conseguido inducir un estado tal de sugestión en un pollo que el incauto fue conducido sin prestar ninguna oposición a un campo de esos de concentración de pollos, que solemos llamar "granja".
Otro sostenía que un conejo al que había hipnotizado había recordado unas 13 o 14 reencarciones anteriores, en una de las cuales había sido la papisa Juana.

Lo cierto es que nunca vi con mis propios ojos ninguno de estos maravillosos fenómenos, pero ahora que he leído un libro sobre física cuántica y un artículo sobre la teoría del caos no pasa un día en que no me arrepienta de ese fatal escepticismo que me privó de prácticas tan amenas e instructivas.

Namasté.

Elperejil dijo...

Jajaja... qué comentario más simpático, Uralito.

La famosa hipnosis de la gallina se basa en una especie de truco perceptual con el pobre bicho. Y lo del conejo que se creía una reencarnación de la papisa Juana es un clásico síntoma secundario de la mixomatosis ;)

La teoría del caos y la física cuántica están muy bien en sí mismas... pero a veces son usadas fuera de contexto para argumentar las cosas más disparatadas.

El célebre efecto mariposa, cuando se enunció, se hizo como un homenaje a un relato de Bradbury... y, además por aquí ya lo conocíamos de sobre, pero bajo la forma del "efecto huevos". Le das una docena de huevos a las Clarisas y provocas un anticiclón sobre una boda en Espasante.

El intruso cuenta cuentos dijo...

Hola. Vengo vinculado por Bloguionistas, por eso el retraso. Yo también empecé a estudiar psicología y actualmente soy (o trato de ser) guionista. Espero con ansia esa entrada sobre “Capturing the Friedman”. Porque no sé si será tu caso, pero en el mío la propia película formó una aureola hipnótica, haciéndome cambiar constantemente de opinión según la información se iba ofreciendo en uno u otro sentido. Ha sido la película (documental) que más ha podido jugar con mi criterio.
Saludos.
Enhorabuena por el blog.

Elperejil dijo...

Pues bienvenido... y no hay retrasos que valgan, pues en general el blog trata temas que no son muy dependientes de la actualidad... y respondo a todos los comentarios.

"Capturing the Friedmans" es una película que también me fascinó, un documental brillante, complejo y sobrecogedor; además trataba un tema que, de aquellas, me interesaba un montón, el de las "falsas memorias". Hablar en detalle de ello es otra de las entradas pendientes en el blog (se me amontonan... je).

Encantado de tenerte por aquí como lector... y ánimo con esa futura carrera de guionista.

Anónimo dijo...

Aunque ya le di mi enhorabuena en bloguionistas, elperejil, me he decidido a felicitarle directamente en su blog, por su gran cultura cinematográfica, que sabe fusionar perfectamente con la psicología. Una disciplina que compartimos y que me hace sentir menos intrusa, de lo que pueda ser en bloguionistas....donde reside uno de mis pasatiempos favoritos. De momento, claro. Mi curiosidad suele renovarse con frecuencia.
Le confieso que al final he conseguido habituarme a los estímulos molestos, intrusivos y repetitivos, sin problema.
Todavía me queda por leer en su blog, pero estoy en ello.
Un saludo.

Elperejil dijo...

Pues muchísimas gracias... y ya que veo que eres psicóloga (y tendrás más frescos y actualizados que yo sus contenidos) no te cortes a la hora de señalar errores, omisiones o simplificaciones excesivas que puedas encontrar. Cualquier aportación será bienvenida... igual que tu presencia por aquí. ;)