lunes, 27 de diciembre de 2010

Atracción y repulsión I – El Valle Inquietante

Tron Legacy… inquietante

En la reciente película «Tron Legacy» se puede ver, y de forma muy presente, la imagen de un Jeff Bridges rejuvenecido digitalmente. Y aunque el trabajo es encomiable y su resultado sorprendente, por momentos resulta irreal y, entonces, su impacto en el espectador es negativo e inquietante. Comparen sino estas imágenes de Olivia Wilde, muy humana ella, y la recreación digital del rostro de Bridges. No es lo mismo.

«Me resultan sumamente desagradables todas esas figuras porque no tienen un aspecto realmente humano y en su imitación del hombre tienen toda la apariencia de una vida en muerte o de una vida mortecina. Me recuerda a cuando en mi tierna infancia echaba a correr cuando me llevaban a ver las figuras de cera, y todavía hoy no puedo entrar en esos lugares sin que me sobrecoja un sentimiento horrible y siniestro. Tendría que gritar las palabras de Macbeth “¿Qué miras con esos ojos que no ven?” cuando contemplo en mí esas miradas muertas (…) En resumen, me causan una impresión fatal los movimientos mecánicos de esas figuras que imitan a los vivos.»

Las anteriores palabras, que bien podrían referirse a esa desapacible sensación de falsedad que crean las imitaciones digitales del ser humano, fueron escritas hace casi dos siglos por E.T.A. Hoffmann en su relato filosófico «Los Autómatas», si bien se refería a las figuras mecánicas que durante el siglo XVIII y XIX aparecieron por toda Europa intentando imitar al ser humano e incluso confundir al espectador con su apariencia de realidad. Lejos de conseguirlo, el resultado, como nos transmite Hoffmann, solía ser inquietante.

E.T.A. Hoffmann
El abogado, músico, dibujante y escritor E. T. A. Hoffmann, pese a algunos excesos románticos, es uno de los grandes genios dentro de la historia de la literatura, tanto por la calidad de su narrativa como porque es un autor seminal, de los que se adelantan a su tiempo e inauguran un estilo y una temática que, hasta el momento, nunca había sido explorada.
Sus relatos se mueven en la frontera entre lo racional y lo fantástico, y siempre parece existir una posible lógica, y no por ello menos terrible, para los acontecimientos más sorprendentes. Los demonios y monstruos de Hoffmann viven en la mente de sus personajes y son evocados por un mundo sacudido por los avances científicos y un constante estado de cambio. Sus cuentos son los primeros en plantear y estudiar en profundidad temas como el del doble, los autómatas, la personalidad múltiple, la psicosis, los mundos paralelos de fantasía, los límites de la identidad y de lo humano, etc.

La influencia de su obra es enorme, tanto en escritores y artistas como en el mundo de la ciencia y la tecnología. En concreto, dentro de la psicología, ha inspirado toda una serie de estudios y reflexiones acerca de un concepto tan elusivo como «lo inquietante».

Lo Inquietante
El psicólogo alemán Ernst Jentsch, a partir de la lectura y el análisis de Hoffmann, fue el pionero en el estudio de lo inquietante. En su ensayo de 1906, «Sobre la psicología de lo inquietante», postuló que algo será inquietante («unheimlich», en alemán) si nos genera incertidumbre intelectual, tanto porque no sabemos cómo se comportará en determinada situación, como porque no estamos seguros de su verdadera naturaleza.

El ejemplo que usó Jentsch fue el personaje de Olympia en «El hombre de arena», de Hoffmann, una mujer de la que se enamora el protagonista y que, durante buena parte del relato, no está claro si se trata de una verdadera persona o de un autómata. Esa situación no solo genera una potente tensión narrativa en el lector, sino que también es la que arrastrará al protagonista de la historia hacia el abismo de la locura.
En 1919 Sigmund Freud publicó «Lo Inquietante», en donde continuaba la labor de Jentsch al analizar ese aspecto de la obra de Hoffmann, a quien Freud también consideraba como el gran maestro de lo inquietante. Sin embargo, Freud se centra en otro elemento de «El hombre de arena»: la obsesión de su protagonista con que, de pequeño, una especie de demonio, llamado precisamente el Hombre de Arena, le había robado los ojos, y como ese elemento, los ojos, se va repitiendo en diferentes momentos y contextos de la historia puntuando el camino hacia la locura de su protagonista. Para Freud lo inquietante tiene que ver con algo, un objeto o una apariencia, que nos revela de forma alarmante algún elemento de nuestro inconsciente, en concreto las pulsiones más reprimidas de nuestro «Ello»: impulsos sexuales considerados como tabú, pulsiones de autodestrucción y de muerte, complejos de castración o edípicos…

Otros psicoanalistas han continuado analizando lo inquietante por su relación con la angustia, un concepto central dentro de esta corriente teórica. Dentro de todas esas aportaciones post-freudianas resulta muy interesante la de Lacan. Él no parte de Hoffmann, sino de una imagen creada por Guy de Mauppasant, otro maestro de lo inquietante, en «El Horla»: un hombre que se mira en un espejo y, en lugar de ver reflejado su rostro, lo que ve es su espalda. Para Lacan es un ejemplo perfecto de lo que es inquietante: la pérdida de sentido de la realidad, un objeto cotidiano que, de repente, se comporta de forma ilógica. Esto, para él, supone un golpe a nuestro narcisismo y nuestra sensación de que podemos controlar el mundo que nos rodea. De esa tensión interna surgiría la sensación de que algo es inquietante.

Pesa a la importancia del psicoanálisis y la psicología en el estudio de este tema, su desarrollo más actual y popular viene de un campo bastante alejado: la robótica.

El Valle Inquietante
En 1970 el experto en robótica Masahiro Mori, partiendo de los estudios de Jentsch, acuñó el concepto del «Valle Inquietante». Ese valle no se refiere a un lugar geográfico sino al comportamiento de una gráfica que relaciona la semejanza entre el ser humano y su representación (de menos a más parecido) con la sensación de familiaridad que nos provoca, de atractivo a repulsivo. En el siguiente gráfico vemos la hipótesis de Mori y el valle del que habla.
Mori hipotetiza que según la representación se va asemejando más al ser humano, aumenta más nuestra familiaridad con ella, pero al sobrepasar cierto límite, muy cercano al propio ser humano, la situación cambia radicalmente y, de forma paradójica, se produce un profundo rechazo.

Es lo que sucede con los cadáveres, los zombis de las películas, los maniquís, los robots humanoides… y los muñecos de cera y autómatas de los que hablaba Hoffmann. Ese exceso de proximidad, ese parecerse sin llegar a ser realmente, hacen que experimentemos una profunda repulsión ante esas representaciones.

Teorías que intentan explicar ese fenómeno
Podemos agrupar las explicaciones que se han dado a este fenómeno en tres grupos:

El primero reuniría las de corte psicoanalítico, expuestas cuando hablamos de Freud y Lacan. Esas figuras tan inquietantes evocarían en nosotros pulsiones reprimidas del inconsciente o harían patente nuestra falta de control (quebrantando, así, nuestro narcisismo), siendo la inquietud y el desagrado las manifestaciones emocionales de esos conflictos internos.

En el segundo grupo estarían aquellas teorías que hacen énfasis en la morbilidad, en la semejanza de esas representaciones inquietantes a cadáveres o a personas enfermas. Esto está muy presente en la imaginería de los monstruos humanoides, como los vampiros, la criatura de Frankesntein, las momias o los zombis, todos ellos muertos en vida, y en los orcos, trasgos y demonios, donde podemos apreciar todo tipo de deformidades, pieles quemadas, ojos amarillentos y otros elementos relacionados con la enfermedad. Lo amenazador (colmillos, garras, púas) aún vendría a hacer más terrible al monstruo, si bien en el caso que nos ocupa no juega un papel tan relevante.

Según estas teorías los maniquís, los autómatas y las representaciones digitales resultarían inquietantes pues su falta de expresión y su poca naturalidad nos recordarían la muerte y la enfermedad.

Finalmente tenemos las teorías que centran su peso en la disonancia cognitiva. La perturbadora sensación de repulsión, lo inquietante, sería producida por la diferencia entre lo que algo pretende ser y lo que es realmente. En este caso, en lugar de una idea emergente, tendríamos una sensación emergente contraria a la buscada por esa representación: la imagen pretende parecer un ser humano real, y por poco no lo consigue, pero el resultado es que, lejos de potenciarse, esa extrema cercanía subraya su fracaso y su falta de humanidad. Si desde el principio se mantuviese claro que no pretende parecer un ser humano real (como un típico dibujo animado, Popeye, por ejemplo) no se produciría esa disonancia ni esa sensación de rechazo ante el resultado.

Un efecto semejante al que se produce en una carrera. Llegar en el puesto 50 no molesta a nadie, pero llegar de segundo, rozando al primero, es terriblemente frustrante y seguramente ese corredor se sentirá más perdedor que el que ha llegado más atrás.

Si releemos con atención el texto de Hoffmann veremos como en él ya anticipa estos dos grupos de teorías explicativas: la morbilidad y la disonancia cognitiva.

Análisis de esas teorías a la luz del cine
Si la curva de Mori fuese completamente cierta, tal y como él la plantea, una muñeca infantil nos resultaría más familiar y atrayente que, por ejemplo, un oso de peluche. Y no siempre es así. En el cine tenemos decenas de ejemplos de seres muy lejanos al hombre y que, sin embargo, nos pueden resultar mucho más familiares y agradable que otras figuras más cercanas. El pato Donald suele resultar más simpático que Alicia o Peter Pan, Bugs Bunny que el cazador, y Winnie the Pooh que Christopher Robin, por poner unos pocos ejemplos.
Aunque la curva de Mori, basada en la semejanza, no se corresponde con el incremento de atracción o familiaridad hacia una figura (ese tema lo trataremos más a fondo en la siguiente entrada) sí pone de actualidad y reformula el clásico concepto hoffmanniano de que un exceso de similitud entre una representación con el verdadero ser humano puede llegar a resultar inquietante y desagradable.

De las teorías que lidian con el porqué de la aparición de ese valle inquietante, que con justicia podríamos llamar el Valle de Hoffmann, las psicoanalíticas me parecen un tanto pilladas por los pelos y que, al argumentarse, acaban cayendo dentro de la tautología: esto es inquietante porque manifiesta una pulsión reprimida y vemos que manifiesta una pulsión reprimida porque, precisamente, resulta inquietante.

Sin embargo, y pese a lo discutibles que sean sus argumentos, hay que reconocer que el psicoanálisis, sobre todo a través de la corriente artística del surrealismo, ha sido muy influente en el mundo de las artes, contribuyendo a que cineastas como Buñuel, Fellini, Wojciech Has, Guy Maddin o David Lynch, entre muchos otros, llenen nuestras pantallas y mentes de imágenes realmente inquietantes que parten de conceptos como la descontextualización de los objetos y personajes, la pérdida de control, la falta de lógica o las apariencias y movimientos antinaturales.
Respecto a la morbilidad me parece que, aunque juegue cierto papel a la hora de hacer una figura más inquietante, es más determinante a la hora de construir lo monstruoso, especialmente si lo unimos con elementos amenazadores.
De hecho resultan mucho más inquietantes y perturbadores los momentos de «Tron Legacy» en que percibimos a CLU o al personaje de Jeff Bridges joven como una creación digital, pese a que es un hombre sano, que cuando vemos al mórbido y horrible Gollum en «El señor de los anillos». En el caso de Gollum no se produce disonancia cognitiva alguna. Pretende ser un monstruo y realmente parece un monstruo, algo muy lejano a nosotros. CLU pretende ser un ser humano pero no siempre nos lo parece, y cuando lo notamos se desencadena la sensación de rechazo e inquietud.
Cuánto más se intente acercar una representación a la realidad del ser humano, más fácil será que se produzca esa disonancia entre la intención y el resultado. Y cuanto más se aleje el nivel de representación, menos probable es que eso ocurra. Por eso CLU nos resulta inquietante y el monigote que indica un paso de cebra, no.
Otro ejemplo muy claro de esta disonancia lo podemos ver en dos películas de Pixar. La primera es su pionero corto «Tin Toy». En él aparece un bebe que, por su enorme semejanza con uno verdadero resulta inquietante y casi aterrador.
Sin embargo, en «Los Increibles» podemos ver otro bebé humano. Pero esta vez se ha renunciado a la representación realista y es un bebé de dibujo animado, altamente estilizado y poco realista. El resultado es que nos parece encantador.
Pero si, como podemos ver, la disonancia cognitiva hace inquietante una representación, ¿qué es lo que la hace más agradable y familiar sino es el grado de semejanza?

En la siguiente entrada intentaré dar respuesta a esta cuestión.

11 comentarios:

Sr Nocivo dijo...

Muy interesante esta entrada. No puedo evitar cierta incomodidad ante las películas de animación de Robert Zemeckis, precisamente porque intentan ser muy realistas y al no conseguirlo me provocan una sensación muy extraña.

Anónimo dijo...

Fíjate también en el mal royo que da Jude Law en Inteligencia Artificial; tiene mucho que ver.

Kike dijo...

Sr. Nocivo: lo interesante sería que a usted le gustasen las cintas de animación de Zemeckis. Creo que es un hecho ya consumado que la totalidad de la raza humana las odia a muerte.

Elperejil dijo...

Muchas gracias por vuestros comentarios.

Efectivamente, como dice el Sr. Nocivo, las últimas películas de Robert Zemeckis provocan la repulsiva e inquietante sensación de la que se habla en este post. Al intentar ser demasiado humanos, resultan mucho más artificiales que cualquier otro dibujo animado.

Lo de Jude Law está muy logrado, pues consiguieron que un verdadero ser humano, a través de ese maquillaje cerúleo y sus movimientos tan artificiosos, pareciese una creación artificial, consiguiendo esta sensación de mal royo que dice Anonimo. Muy cierto y todo un logro, muy astuto, de Spielberg, a la hora de construir ese personaje.

Hombre, Kike, odiar, odiar... tampoco. No me gustan, pero al bueno de Zemeckis, con toda su anterior trayectoria, hay que tolerarle algún que otro desliz (aunque la racha ya va para largo, la verdad...)

La navaja en el ojo dijo...

Mira, ya estaba pensando yo en lo horrenda que resultó 'Polar Express' antes de que mencionases a Zemeckis.

No comento sobre el post hasta que lea los otros.

La navaja en el ojo dijo...

Preguntaba si habría tercera parte porque, mientras leía este artículo estaba pensando en las muñecas hinchables (no quería comentarlo hasta leer el siguiente, por si hablabas de ellas ahí). En realidad, con estos artilugios, el parecido a las mujeres reales en teoría no causa inquietud ni rechazo, sino todo lo contrario. O quizá sí lo causa y solo los hombres con un fetichismo que les haga superar o precisamente apreciar eso pueden tener relaciones con ellas, no lo sé. También se puede relacionar con el cine, que ha partido de esta inquietud de las muñecas varias veces para contar historias. Se me ocurren tres: 'Tamaño natural', 'Lars y una chica de verdad' y 'Air Doll', aunque seguro que hay más.

Elperejil dijo...

Vaya, pues me has pillado. No había pensado en el tema de las muñecas hinchables y las sensaciones y reacciones que pueden provocar en unas u otras personas. Además, las tres pelis que citas son, todas, muy interesantes.

Quizá su estasis (inmovilidad en jerga finolís) atenúe el efecto de ese valle inquietante (el movimiento, como indicó Mori, y antes Hoffmann, lo acentúa) y su clara función sexual amortigüe o sesgue (van dirigidas a gente que le va el morbo sexual... o que busca el cachondeo en una despediad de soltero) la disonancia cognitiva... Además, es un tema que entronca muy bien con "El hombre de arena" de Hoffmann.

Pues sí, chica, creo que te la debo. Habrá una tercera parte centrada en ese tema en cuanto acabe con lo de las bandas sonoras (dile a Vicisitud que esté tranquilo; no sólo va a salir Carpenter, sino que también citaré a Donaggio, Gregson-Williams e incluso al ente onvre Rick Wakeman).

Aún no sé qué contaré sobre este tema que planteas, pero me parece muy interesante para reflexionar sobre él... gracias.

Elperejil dijo...

Y me anoto aquí, para no olvidarme, que también salen androides hoffmannianos en"Metrópolis", "Las mujeres de Stepford" y "Almas de metal" (y seguramente en otras que por ahora no me vienen a la cabeza...) y que todo eso no sólo entronca con la Olympia de Hoffmann, sino con la Galatea del mito de Pigmalion (origen del mito/concepto), con la Hermione de Shakespeare e incluso con Pinoche... Joder si hay tema... muy interesante tu aportación, sí señor.

Elperejil dijo...

Por cierto, como me chincha que cada vez que se cita el nombre de Hermione, caso todo el mundo piense en la protagonista femenina de Harry Potter y no en la heroína del Cuento de Invierno (supongo que Rowling sacó de ahí el nombre)

La navaja en el ojo dijo...

Pues lo siento, no quería darte más trabajo. Es alucinante lo rápido que has encontrado cosas al respecto.

Elperejil dijo...

Qué va; si no me has dado trabajo, me has dado ideas. Además, son temas que me encantan y de los que me divertirá escribir...